La batalla de Cannas.

Miedo debieron tener en Roma al enterarse de la derrota de sus ejércitos a manos del cartaginés Aníbal Barca en el año 216 a.C. Posiblemente esta sea una de las batallas que más escuela ha creado entre los estrategas de todos los tiempos, pues nuevamente asistimos a la victoria del ejército de menor número por obra y gracia de un cerebro privilegiado, como fue el de Aníbal.

Dos de agosto del 216 a.C. Ocho de la mañana. A pesar de la hora hace un calor abrasador en la lanura de Cannas. Sopla viento del suroeste y levanta las capas rojas de los tribunos romanos y obliga a los soldados a entornar los párpados. No se oye una mosca. Solo el relinchar de los caballos. Dos ejércitos, extendidos como manchas de acero, se observan inmóviles. El romano, dirigido por los cónsules Publio Emilio y Terencio Varrón, tiene 80.000 infantes y 7.000 jinetes. El contingete cartaginés es mucho más pequeño (lo forman 44.000 infantes y 6.000 jinetes) pero su general es una leyenda. Se llama Aníbal y está considerado como el mayor genio militar de la Historia, tanto o más que Alejandro Magno.

El cartaginés ha mancillado el orgullo de Roma, llevando la guerra a su terreno, cruzando los Alpes, invadiendo Italia y destruyendo a las legiones de Tesino, Trebia y Trasimeno. Aníbal ha llegado a poner en un brete a la propia Urbe. Tan desesperada parecía la situación que los romanos destruyeron los puentes sobre el Tíber y se dispusieron a resistir. Pero en lugar de tomar Roma como una fruta madura, el caudillo púnico se dedicó a vagar por el centro de la península y a estorbar el abastecimiento de la ciudad. Su objetivo era atraer a las legiones fuera de la ciudad para una gran batalla, pero Roma, gobernada entonces por el dictador Fabio Máximo, no quería caer en la trampa. Hasta que Aníbal llegó a Cannas, al norte de la región de Apulia, a orillas del Adriático. Se trataba de un punto neurálgico de la economía romana porque constituía su gran depósito de trigo. Obstruido el suministro vital, Roma se veía empujada a la batalla.

Consciente de que su infantería doblaba a la cartaginesa, Varrón optó por lanzar un ataque frontal contra el enemigo. Dispuso a las tropas de la manera clásica: por delante los velites, unidades ligeras de vanguardia, y a continuación la infantería pesada, formada en tres líneas consecutivas. Esta masa compacta venía flanqueada por la caballería romana a la derecha y los jinetes aliados (itálicos) a la izquierda.

Con un criterio mucho más flexible e inteligente, Aníbal había optado por una táctica revolucionaria. La vanguardia de su ejército, integrado por mercenarios galos e íberos, tenía forma de media luna, con la parte convexa orientada hacia el enemigo. El flanco izquierdo estaba protegido por la caballería pesada y el derecho por la ligera, constituida por los célebres jinetes númidas. Esta unidad estaba bajo el mando de un veterano guerrero, Marhabal, hijo de Himilcón, uno de los generales preferidos de Amílcar Barca. La amistad de los padres se prolongó en los hijos. Aníbal y Marhabal fueron compañeros de armas durante la segunda guerra púnica.

La idea de Aníbal era atraer hacia el centro de la media luna al grueso del ejército romano. Y mientras la cuña enemiga chocara contra ese centro, la media luna se iría transformando, poco a poco, en una U alargada. Una vez que los romanos hubieran quedado empotrados, los cartagineses efectuarían una maniobra envolvente, cercando a sus enemigos en una gigantesca bolsa.

El plan del cartaginés se cumplió casi al pie de la letra. Manejando hábilmente la caballería, adivinando los movimientos del enemigo, la coreografía de hierro y sangre diseñada por Aníbal se fue ejecutando con precisión casi geométrica. Los romanos, formados en apretadas filas tras una muralla de escudos, marchando al son de sus tambores, se impusieron en un principio sobre las fuerzas íberas y galas y creyeron que la victoria estaba a su alcance. Así que concentraron toda su presión sobre el centro del dispositivo enemigo para partirlo en dos. Pero mientras tanto, las alas del ejército púnico se iban alargando e iban dibujando la figura de una bolsa. Simultáneamente, la caballería númida de Marhabal destrozaba a los jinetes itálicos.

Aníbal aguardó hasta que la infantería romana había penetrado profundamente en el seno del dispositivo cartaginés para cerrar las alas. Pronto los romanos se vieron metidos en un cerco de infantes y jinetes, amontonados en un espacio reducido y sin margen de maniobra. Resistieron a la desesperada, pero todo fue inútil. A mediodía, las huestes romanas estaban destrozadas y humilladas. La batalla había terminado.

Los cartagineses hicieron una verdadera escabechina con el enemigo. Según Polibio, los romanos tuvieron 70.000 bajas, aunque Livio y Plutarco estiman que las pérdidas fueron de 50.000, en tanto que el caudillo púnico solo perdió 6.000 hombres. Entre los muertos del ejército romano había 29 de los 48 tribunos; 50 centuriones y hasta 32 senadores, que habían participado en la batalla.

Aquélla fue la mayor derrota sufrida nunca por Roma. Y pese a que no sirvió para ganar la guerra, Cannas marcó un hito en la historia bélica. Aníbal obtuvo una sorprendente victoria sobre un ejército que le doblaba en número porque convirtió al suyo en un conjunto estratégico dotado de una extraordinaria flexibilidad, y en el que la caballería jugó un papel crucial.

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