La batalla de Qadesh (Kadesh).

A finales de mayo del año 1300 a.C. tuvo lugar la batalla de Qadesh (en territorio sirio), entre las fuerzas del faraón Ramsés II y Muwatallish, líder de los hititas. Dicha batalla pudo tener lugar de la siguiente forma…

Cuando la división Amón se afanaba en montar el campamento egipcio, se oyeron confusos y lejanos toques de trompetas y pronto fue visible la polvareda en el horizonte. En torno al faraón se suscitó un movimiento de inquietud. Ramsés ordenó de inmediato que fueran rescatados varios carros para averiguar lo que ocurría. Apenas unos minutos después, regresaron los observadores, atropellados por numerosos carros egipcios de la división de Ra que contaron congestionados cómo los hititas les habían sorprendido y dispersado a la altura de Kadesh.

De inmediato, el faraón mandó formar en orden de combate a su guardia e hizo sonar las trompetas anunciando el peligro y dirigiendo la inmediata formación de los carros y de la infantería. La confusión era enorme; millares de guerreros corrían de un lado a otro del campamento medio instalado recogiendo sus armas y tratando de incorporarse a sus unidades. Los arqueros de los carros no hallaban a sus aurigas y estos se aturullaban al aparejar los caballos… La polvareda levantada por los poderosos carros hititas se acercaba veloz; los cascos de millares de caballos golpeaban la tierra con pavoroso redoble; los dispersos carros de la división Ra penetraban en el campamento buscando la salvación y lo atropellaban todo, incrementando el desorden.

Los guerreros del rey hitita Muwatallish irrumpieron en el campamento egipcio arrollando toda resistencia. Los escuadrones de infantería no estaban formados ni los ligeros carros egipcios eran aptos para soportar un choque frontal tan violento. La falange de la guardia aguantó, sin embargo, la embestida de la caballería y rechazó a los primeros atacantes, que comenzaron a ser atrapados en el propio caos egipcio. Los hititas llegados tras el primer choque ni siquiera se ocuparon de perseguir a los egipcios, que se dispersaban como gallinas aturdidas; prefirieron saquear las ricas tiendas, los raros objetos, las vasijas, las armas, los alimentos y se disputaron fieramente entre sí el rico botín.

Ramsés se movía entre sus filas tratando de atraer a los que huían y demostrando tal valor que sus guerreros le siguieron contagiados. Al tiempo, volaban sus mensajeros tratando de alcanzar a sus divisiones Ptah y Seth para que acudiesen prestas al combate. Quiso su buena estrella que llegara entonces una columna de mercenarios, auxiliares y tropas egipcias en período de instrucción que se unió a la falange. Mientras, muchos carros volvieron al combate al observar que nadie les perseguía y Ramsés animaba a todos, y mientras trataba de organizarles, no dejaba de tensar su poderoso arco, cuyas flechas abatían a cuantos osaban acercarse.

Inesperadamente, las trompetas de Muwatallish ordenaron la retirada. Sus carros se alejaron y sus infantes retrocedieron a la carrera, encaminándose rápidamente los hititas y sus aliados hacia Kadesh, que les abrió sus puertas. Sobre el arrasado y pillado campamento solo quedaban los heridos y moribundos de uno y otro bando, mezclados con los restos del desastre, pero Ramsés dio gracias a Amón porque era dueño del campo, es decir, vencedor. Poco a poco regresaban sus carros dispersados y en lontananza se veían las densas nubes de polvo que levantaban sus divisiones Ptah y Seth. El ejército egipcio recompuso sus unidades y levantó un nuevo campamento ante Kadesh. La ciudad no caería en su poder, pero Muwatali había sido neutralizado.

“Los hice caer como caen los cocodrilos cuando se precipitan al agua uno sobre otro. Hice estragos en ellos a placer. Ninguno miraba atrás ni se daba la vuelta. El que caía ya no se levantaba. Hice que conocieran el sabor de mi mano. Los destrocé matándoles donde estaban. Los acuchillé sin reposo”. Así recordaba Ramsés II, Glorioso sol de Egipto, su intervención en la batalla de Kadesh o, al menos, así le gustaba que se contase aquel memorable hecho, por lo que Pentaur, uno de sus escribas, recogió la narración en un poema. Sin duda, el faraón exageraba su papel y la contundencia de su victoria, pero no resulta extraño porque Kadesh fue el acontecimiento crucial de su larguísimo reinado, de la historia egipcia en el siglo XIII a.C. y aun de la del pueblo hitita, frenado en seco en su avance hacia el sur.

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