La batalla de Granico.

Cuando pasó el Helesponto y llegó a Asia Menor en su camino en pos de los confines del mundo, el rey macedonio, Alejandro, tenían ante sí un reto crucial: acabar con el mito de la inexpugnabilidad persa. Es cierto que las compactas formaciones de los aqueménidas – sus cuerpos de caballería, sus unidades de elite, como los inmortales – ya habían sido derrotadas en suelo griego, pero nunca en territorio del imperio. Gránico le proporcionaba esa oportunidad, en el año 334 a.C.
Aquel río fue para el Magno lo que el Rubicón sería posteriormente para Julio César. Las tropas de Darío III lo habían convertido en un bastión, una especie de línea Maginot. En la otra orilla esperaba un ejército de cien mil hombres, armados hasta los dientes y con los arqueros en primer término, listos para comenzar a disparar contra los griegos. El río constituía una trampa, una ratonera. Y Alejandro fue derecho hacia ella, solo con sus 32.000 infantes y 7.000 jinetes, jugándose el todo por el todo.
Uno de los generales de Darío era heleno. Se trataba de Memnón de Rodas, un curtido soldado de fortuna que dirigía al abigarrado y multiétnico cuerpo de mercenarios que integraban la hueste persa. Fue él quien propuso practicar con Alejandro la política de la tierra quemada: destruir cosechas, cegar pozos, retirar el ganado. Pero los sátrapas rechazaron tal cosa y optaron por hacerse fuertes en el Gránico. Ponderaron la calidad del obstáculo y el reducido número del enemigo, y concluyeron que el invasor macedonio no tenía las más mínima posibildidad. Sin embargo, se equivocaban.
El joven conquistador cruzó el río, derrotó a los persas asestándoles un duro golpe moral y abrió así la puerta de Asia. ¿Cómo lo consiguió? Alejandro se apoyó en 3 factores: la velocidad, la falange macedonia y… la suerte. Lo tenía, a priori, tan difícil que sabía que su mejor aliado era el factor sorpresa. Debía actuar rápido. Y lo hizo, en contra de la opinión de su general, el veterano y prudente Parmenio. Cuando éste objetó que empezaba a atardecer, que sus hombres estaban cansados y que era preferible posponer la operación hasta el día siguiente, el macedonio replicó: “Mañana yo tendré el sol de frente, mientras que en este momento son los persas los que están deslumbrados”.
El plan del conquistador funcionó. Los persas no esperaban que fuera a cruzar el Gránico tan deprisa, y cuando quisieron reaccionar, ya tenían a los griegos en mitad del río. Dada la superioridad numérica y el carácter compacto que presentaba la vanguardia persa, Alejandro eludió el choque frontal. Le vino de perlas la utilización de la falange macedonia, formación oblicua que operaba como una cuña. La combinación de este avance oblicuo y la fulminante actuación de la caballería quebrantó el frente persa. Los griegos alcanzaron rápidamente la orilla y hendieron al ejército de Darío, que comenzó a deshacerse como una pared agrietada.
La batalla fue breve y reñida. Y nunca se puede decir con más propiedad que la fortuna sonrío a los audaces, porque el propio Alejandro se expuso al enemigo, metiéndose en sus filas y luchando cuerpo a cuerpo. Audaz y arrojado, el Magno no tenía reparo en hacerse notar e incluso en exhibir su escudo y el penacho de plumas del morrión. Durante el encarnizado combate le pasó de todo: se quedó sin caballo, saltando después sobre otro; recibió golpes en la coraza y en el casco; y se salvó de milagro gracias a la oportuna intervención de su amigo Clito el Negro, que estaba al frente de la caballería. Cuando cayeron los primeros jefes persas, cundió el pánico entre las tropas de Darío y huyeron en desbandada. También fue decisiva la actuación griega contra el cuerpo de mercenarios, que rápidamente se desbarató.
Casi más que táctico, el golpe de Alejandro Magno había sido psicológico. Según Plutarco, los persas perdieron más de 20.000 hombres. El rey de Macedonia mandó levantar un cúmulo con los despojos de las armas y la impedimenta enemiga, con esta inscripción: “Alejandro, hijo de Filipo, y los griegos, a excepción de los lacedemonios, han cobrado estos despojos de los bárbaros que habitan Asia”.
El efecto propagandístico que tuvo el éxito de Gránico fue fulminante. Solo se le resistieron las plazas de Halicarnaso y de Mileto, que tomó por asalto. Se sometieron al mando de Alejandro numerosas ciudades y la fama del conquistador se extendió por toda Persia como un reguero de pólvora, lo cual mermó considerablemente el prestigio del rey Darío y, en consecuencia, la autoridad de los sátrapas. El mito estaba en marcha.

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