El ejercito perdido de Cambises.

Nada menos que 50.000 soldados del ejército de Cambises fueron devorados por las arenas del desierto egipcio. Su delito: haber subestimado el poder del oráculo de Amón en Siwa. Veinticinco siglos después, un grupo de arqueólogos parece haber descubierto restos de las milicias, comenzando a vislumbrar los entresijos de este enigmático suceso.

Los griegos poseían dos grandes divinidades relacionadas con el mundo de los oráculos. Se trataba de Zeus y de Apolo. Junto a ellos existían otros oráculos presididos por divinidades secundarias. Incluso Apolo era considerado un simple instrumento del poder de predicción de Zeus. Los principales oráculos de Zeus fueron los de Olimpia, el de Dodona, y sobre todo el de Amón (versión egipcia del Zeus griego) que se levantaba de forma espectacular sobre una colina rocosa del Aghurni en el oasis de Siwa. Este lugar se encuentra en pleno corazón del desierto libio de Egipto, a poco más de 560 kilómetros al oeste de la capital, El Cairo. Su máximo valuarte es el popular oráculo del dios Amón, el mismo lugar en donde Alejandro Magno fue reconocido en el año 332 a. C. por esta divinidad egipcia como sucesor de los persas en el trono de las Dos Tierras. Desde el siglo VI a. C. el oráculo de Amón en Siwa (la antigua tierra de Skhet-imit o Ammonium) desempeñó un papel de vital importancia para la historia de Egipto y de Grecia. No en vano los propios helenos prefirieron emplear los servicios de este oráculo durante las guerras del Peloponeso y que enfrentó a atenienses y espartanos entre el 431 y el 404 a. C.

El valor de sus predicciones no era puesto en duda por ningún mortal, y quien lo hacía, acababa sucumbiendo al poder de la venganza de la divinidad. Y aunque suene a leyenda, los hechos históricos así lo demuestran. En las últimas semanas un grupo de arqueólogos egipcios de la universidad de Helwan (El Cairo) acaba de descubrir lo que a todas luces parecen ser los restos del ejército de 50.000 hombres que el rey persa Cambises perdió en el famoso Gran Mar de Arena que se extiende al sur de Siwa. Un misterioso desastre cuya explicación está mucho más cerca y que hasta hace bien poco se había tomado como una simple superchería: la venganza del oráculo de Amón.

La conquista de Siwa

Cuando el rey persa Cambises II, hijo de Ciro II el Grande, decidió conquistar Egipto en el año 525 a. C., no calculó o no supo valorar las catastróficas consecuencias que esta campaña podían acarrear en su ejército. Tras la conquista de Asia por su padre, el único país que quedaba por caer dentro del saco persa era, precisamente, Egipto. Por ello, Cambises no tardó en planear una expedición hacia el Valle del Nilo. Y la verdad es que los hechos demuestran que no le costó mucho deshacerse del faraón que por entonces reinaba en Egipto, Psamético III, y llegar hasta Nubia, al sur del país. Pero Cambises anhelaba poseer hasta el último grano de arena del desierto faraónico. Fue entonces cuando el rey persa oyó hablar del oráculo que desde Ammonium lanzaban contra él. La estatua del dios era transportada sobre una barca dorada y dependiendo de la pregunta que se le hiciera movía la cabeza en un sentido o en otro, gesto que se encargaban los sacerdotes de interpretar. Según el vaticinio, el trágico final de Cambises estaba al llegar, así como la terminación de su gobierno sobre Egipto.

Haciendo gala de su carácter despótico y sacrílego, Cambises se rió del pronóstico del oráculo y, furioso, mandó un ejército de 50.000 hombres para destruir y someter a los habitantes del oráculo de Amón. El historiador Heródoto (s. V a. C.) relata con pelos y señales lo que le ocurrió al ejército de Cambises. Una vez conquistadas las grandes ciudades de las riberas del Nilo, Cambises mandó una triple expedición: contra los cartagineses, contra los amonios (lo habitantes del oasis de Siwa) y contra los etíopes. En concreto, Heródoto nos dice que hizo enviar contra los amonios lo más selecto de su infantería. Una expedición de casi 50.000 hombres que jamás llegarían a su destino debido a que el propio dios Amón vino desde su reino celestial para aplastarlos.

Marcha hacia la muerte

El historiador griego relata que “las tropas que habían sido enviadas para atacar a los amonios, después de haber partido de Tebas, poniéndose en camino con unos guías, llegaron, sin ningún género de dudas, a la ciudad de Oasis (la actual Kharga), ciudad que ocupan unos samios que, según cuentan, pertenecen a la tribu Escrionia y que distan de Tebas siete jornadas de camino a través de una zona desértica (…) Según cuentan, hasta ese lugar llegó, pues, el ejército; pero, a partir de allí, a excepción de los propios amonios y de quienes se lo han oído contar a estos últimos, nadie más sabe decir nada sobre su suerte, pues las tropas no llegaron al territorio de los amonios ni regresaron a su punto de partida. En concreto, la versión que, a título personal, dan los amonios es la siguiente: resulta que, cuando, desde la mencionada ciudad de Oasis (Kharga), se dirigían contra ellos a través del desierto y estaban, más o menos, a mitad de camino entre su país y Oasis, se desató sobre los persas, mientras estaban tomando almuerzo, un viento del sur sumamente violento, que, arrastrando torbellinos de arena, los sepultó, y así fue como desaparecieron” (Hdt. 3, 26, 1-3).

Recientemente, mientras realizaba prospecciones en busca de petróleo, el equipo geológico de la Universidad de Helwan descubrió en el desierto oriental, cerca de Siwa, fragmentos textiles perfectamente conservados, trozos de metal de armas antiguas y numerosos restos humanos. Tras avisar del increíble hallazgo al Dr. Mohammed al-Saghir del Consejo Superior para las Antigüedades de Egipto, de inmediato se organizó una expedición arqueológica. Según la ubicación del hallazgo y el relato de Heródoto, repetido siglos después por Plutarco en la Vida de Alejandro (26), todo parece indicar que se trata de los restos del ejército de Cambises. Un hecho que abandona el mundo de la leyenda para convertirse en realidad.

La maldición continúa

Sin embargo, los infortunios de Cambises no acabaron con el desastre de Siwa. Según relató el geógrafo griego Estrabón, que visitó Egipto en el siglo I antes de nuestra Era, el ejército que Cambises mandó para conquistar a los etíopes tampoco tuvo un buen final. El contingente en realidad estaba compuesto por un pequeño grupo de espías que pretendía encontrar la misteriosa Mesa del Sol, una extraña reliquia que se levantaba en el interior de un santuario cerca de la capital de Kush (la Etiopía de los autores clásicos), ciudad que podríamos identificar bien con Meroe o bien con la antigua Napata. Y hasta ese lejano lugar llegó la maldición de Amón.

Estrabón al hablar de las circunstancias que rodearon a las legiones romanas de Elio Galo en el sur de Egipto contra la mítica reina etíope Candace, una insólita mujer tuerta de comportamiento varonil, cuenta que “desde Pselchis fue hasta Premmis (dos poblaciones de Etiopía), una ciudad fortificada, después de pasar por las dunas de arena, en donde el ejército de Cambises fue aplastado cuando les sorprendió una tormenta de arena” (17, 1, 54).

Además, los persas no solamente tuvieron problemas con los oráculos egipcios sino que también se vieron derrotados por su soberbia al enfrentarse a los dioses griegos. Por ejemplo, en la antigua ciudad de Delfos existía el emplazamiento del famoso oráculo del dios Apolo, el segundo en importancia después del de Amón. Se encontraba en un lugar estratégico de la ladera suroccidental del monte Parnaso, en la región de Fócida, a casi 10 kilómetros del golfo de Corinto. Heródoto cuenta que los persas de Jerjes quisieron destruir el oráculo del dios griego, por lo que emprendieron el camino hasta el Parnaso. La razón era idéntica a la que les había llevado a destruir el oráculo de Siwa: un oráculo anunciaba la destrucción de los persas. Heródoto dice que (8, 35, 2) al llegar los persas al monumento se encontraron estupefactos que las armas sagradas de Apolo habían sido depositadas de forma sobrenatural frente a las puertas del templo. Además, “a la altura del santuario de [Atenea] Pronaia, de repente (estando el cielo totalmente despejado) unos rayos procedentes del cielo cayeron sobre ellos (…) aplastando a gran cantidad de soldados”. Los pocos efectivos del ejército persa pudieron contar que al mismo tiempo “dos hoplitas de una altura sobrehumana se lanzaron a por ellos y estuvieron matándolos y persiguiéndolos”.

No son casos únicos. La propia historia de las legiones romanas está plagada de acontecimientos similares en los que, burlándose de los poderes de los dioses egipcios, a los que llamaban bestias por su aspecto zoomorfo, acabaron sus días bajo las arenas del desierto.

Los pretextos de los dioses

Las tormentas de arena que se producen en el desierto egipcio pueden generar catástrofes como las que acabamos de contar. El prestigioso egiptólogo egipcio Ahmed Fakhry cuenta en su monografía sobre el oasis de Siwa a colación del misterio del ejército de Cambises, que en el año 1805 una caravana de 2.000 personas con sus camellos sucumbió a los efectos de la arena cuando estaban en ruta desde Darfur, al oeste del Sudán, hacia la ciudad de Asiut, en el Egipto Medio.

El espléndido viajero y perfecto conocedor del desierto líbico, Ladislaus E. Almasy, el mismo que inspiró la novela El Paciente Inglés llevada recientemente al cine, fue uno de los pioneros en buscar el ejército de Cambises. Este Padre del Desierto, tal y como era llamado por los beduinos egipcios, avezado especialista de todo lo que sucedía entre las espectaculares dunas del desierto, también aportó varias explicaciones a lo que podía haber sucedido al desafortunado despliegue persa. En sus diarios, escritos durante las largas noches de exploración por el Gran Mar de Arena, Almasy comentaba sorprendido si en ese mismo instante él no estaría descansando sobre alguna parte de las huestes sepultada. El explorador húngaro achacaba a la virulenta acción del quibli, el viento sur del desierto la formación de tormentas que eran capaces de acabar con todo lo que se interpusiera por medio. El quibli consiste en una serie de fortísimas e inesperadas ráfagas de viento acompañadas de una ola de calor insoportable. Algo que los antiguos egipcios muy bien pudieron haber interpretado como el aliento destructivo del dios Amón del oráculo de Siwa.

El rastro de Cambises

Existe un documento llamado el Manuscrito de Siwa en donde se recogen algunos de los acontecimientos más extraordinarios ocurridos a lo largo de la historia de este oasis. En él se puede leer cómo lo mismo que sucedió a Cambises pasó años después a dos ejércitos distintos. El primero era una tropa que salió del lugar con el fin contrarrestar la acción de los invasores musulmanes. Sin embargo, nunca pudo llegar a su destino porque, al igual que sucedió en el año 525 a. C., una tormenta de arena se tragó a todos los soldados.

El segundo hecho sucedió a un grupo de soldados de la tribu Tibbu, habitantes de los gigantescos oasis que se extienden al sur del Gran Mar de Arena, en el desierto occidental, y que se dirigían hasta Siwa con las mismas intenciones que Cambises: destruir el lugar y hacer prisioneros a todos sus habitantes. Pero al final corrieron la misma suerte que el rey persa. Los Tibbu perdieron todas sus huestes entre las dunas del tórrido desierto egipcio. El egiptólogo Ahmed Fakhry defiende que estos dos casos pueden ser perfectamente ciertos, si bien hayan recibido alguna influencia de lo sucedido con el ejército de Cambises a la hora de ambientar la historia.

A la caza del tesoro

La desaparición del ejército de Cambises ha desatado durante siglos la fantasía de los buscadores de tesoros quienes no ponen en duda el hecho de que bajo algún lugar del desierto puede encontrarse un tesoro arqueológico fascinante y sin precedentes que no solamente pondría fin al misterio de la venganza de Amón sino que aportaría una valiosa información sobre el ejército persa. Ahmed Fakhry en su monografía del oasis de Siwa cuenta cómo desde comienzos del siglo XX han sido numerosos los exploradores que se han acercado a las inmediaciones del Gran Mar de Arena, al sur del oasis, con coches o avionetas para intentar encontrar un tesoro incalculable de armas, trajes, mobiliario y demás enseres típicos del ejército persa que pudieran ser vendidos a las colecciones de los museos más importantes.

El que más cerca ha estado de descubrir el ejército ha sido Ladislaus E. Almasy. Éste aventurero y explorador llegó a encontrar al norte de Kharga (ciudad a la que Heródoto llamaba Oasis) una serie de alamat, es decir unos hitos de piedra que habían sido colocados allí por el ejército persa de Cambises. Pero nunca llegó a dar con el propio ejército, ni siquiera con sus restos.

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