La batalla de Poitiers.

La Batalla de Poitiers (conocida por la historiografía europea como Batalla de Tours para no confundirla con la Batalla de Poitiers de 1356) tuvo lugar el 10 de octubre de 732 entre las fuerzas comandadas por el líder franco Carlos Martel y un ejército islámico comandado por el valí (gobernador) de Al-Ándalus Abderrahman ibn Abdullah Al Gafiki cerca de la ciudad de Tours, en la actual Francia. Durante la batalla, los francos derrotaron el ejército islámico y Al Gafiki resultaría muerto. Esta batalla frenó la expansión islámica hacia el norte desde la Península Ibérica y es considerada por muchos historiadores como un acontecimiento de importancia macrohistórica, al haber impedido la invasión de Europa por parte de los musulmanes y preservado el cristianismo como la fe dominante durante un periodo en qué el islam estaba sometiendo los restos de los antiguos imperios romano y persa.

Los musulmanes, partiendo del noreste de la Península Ibérica habían sometido fácilmente Septimania, establecido Narbona como su capital (denominándola Arbuna), otorgando unas condiciones honorables a sus habitantes arrianos, y pacificado rápidamente el suroeste de lo que hoy es Francia, amenazando durante unos años los territorios francos. El Duque Odon de Aquitania (también conocido como Eudes el Grande) había derrotado decisivamente una importante fuerza de invasión musulmana en 712 en la denominada batalla de Tolosa, pero las razias árabes continuaron, llegando el año 725 a la ciudad de Autun en Borgoña. Amenazado por los árabes por el sur y por los francos desde norte, el 730 Eudes se alió con Uthman ibn Naissa, denominado «Munuza» por los francos, el emir bereber de lo que más tarde sería Cataluña. Como tributo, Eudes dio su hija Lampade en matrimonio a Uthman para sellar la alianza, y las razias árabes a través de los Pirineo (la frontera sur de Eudes) terminaron.

Aun así, el año siguiente Uthman se sublevó contra el valí de Al-Ándalus Al Gafiki. Sin embargo, éste acabó rápidamente con la revuelta, dirigiendo después su atención contra el antiguo aliado del traidor, Eudes. Según una fuente árabe no identificada, «Aquel ejército pasó por todas partes como una tormenta devastadora». El duque Eudes (denominado rey por algunos), reunió su ejército en Burdeos, pero fue derrotado y Burdeos saqueada. La matanza de cristianos en el río Garona fue especialmente terrible; según las crónicas de Isidoro Pacense (Incipit Epitome Imperatorum, Vel Arabum Ephemerides, Atque Hispaniae Chronographia Sub Uno Volumine Collecta) «solus Manantiales numerum morientium velo pereuntium recognoscat» (sólo Dios conoce el número de muertes). Las tropas musulmanas procedieron entonces a devastar totalmente aquella parte de la Galia, y sus propias crónicas afirmaron: «los creyentes atravesaron las montañas, arrasaron el terreno abrupto y el llano, saquearon hasta bien adentro el país de los francos y lo castigaron todo con la espada, de forma que cuando Eudes trabó batalla con ellos en el río Garona, huyó». Eudes pidió ayuda a los francos, una ayuda que Carlos Martel sólo le concedió después de que Eudes aceptara someterse a la autoridad franca. La derrota de Eudes le dio a Carlos Martel una oportunidad ideal para atacar a Al Gafiki, que había sufrido pérdidas en Burdeos.

En 732, una fuerza incursora árabe se dirigía en dirección norte hacia el río Loira, encontrándose fuera del alcance de sus líneas de suministro. Un posible motivo, según el segundo continuador de la Crónica de Fredegar, eran las riquezas de la Abadía de San Martín en Tours, la más prestigiosa y sagrada de aquel tiempo en el oeste de Europa. Al tener noticias de esta incursión, el Mayordomo de Palacio de Austrasia, Carlos Martel, reunío a su ejército, de unos 15.000 a 75.000 veteranos, y marchó hacia al sur.

Pese a la gran importancia asignada a esta batalla, el lugar exacto dónde tuvo lugar es desconocido. Muchos historiadores asumen que los dos ejércitos se encontraron en el punto dónde los ríos Clain y Vienne confluyen, entre Tours y Poitiers.

Carlos situó a su ejército en un lugar por dónde esperaba que pasara el ejército musulmán, en una posición defensiva. Es posible que su infantería conjuntada, armada con espadas, lanzas y escudos formaran una formación del tipo falange. Según las fuentes árabes, se dispusieron formando un gran cuadro. Ciertamente, dada la disparidad entre los dos ejércitos ?los francos eran casi todos soldados de infantería en tanto que los musulmanes eran tropa de caballería, ocasionalmente con armadura? Carlos Martel desarrolló una batalla defensiva muy brillante. En un lugar y en un tiempo escogidos por él, disponía de una fuerza muy superior a la de sus adversarios, derrotándola.

Durante seis días, los dos ejércitos se vigilaron con sólo escaramuzas menores. Ninguno de los dos ejércitos quería atacar. Los francos estaban bien equipados para el frío y tenían la ventaja del terreno. Los árabes no estaban tan bien preparados para el frío, pero no querían atacar a un ejército franco superior en número. La batalla empezó el séptimo día, puesto que Al Gafiki no quería posponer la batalla indefinidamente.

Al Gafiki confió en la superioridad táctica de su caballería, y la hizo cargar repetidamente. Sin embargo, esta vez la fe de los musulmanes en su caballería, armada con sus lanzas largas y espadas, que les había dado la victoria en batallas anteriores, no estaba justificada. En una de las raras ocasiones en las qué la infantería medieval resistió cargas de caballería, los disciplinados soldados francos resistieron los asaltos, pese a que, según fuentes árabes, la caballería árabe consiguió romper el exterior del cuadro franco varias veces. Pero a pesar de esto, la fuerza franca, numéricamente superior, no se rompió.

Según una fuente franca, la batalla duró un día ?según las fuentes árabes, dos. Cuando se extendió entre el ejército árabe el rumor de que la caballería franca amenazaba el botín que habían tomado en Burdeos, muchos de ellos volvieron a su campamento. Esto, al resto del ejército musulmán le pareció una retirada en toda regla, y pronto lo fue. Mientras intentaba frenar la retirada, Al Gafiki fue rodeado y finalmente muerto, y los musulmanes volvieron a su campamento.

Al día siguiente, cuando los musulmanes no volvieron a la batalla, los francos temieron una emboscada. Sólo tras un reconocimiento exhaustivo del campamento musulmán por parte de los soldados francos se descubrió que los musulmanes se habían retirado durante la noche.

El ejército árabe se retiró al sur, más allá de los Pirineos. Carlos se ganó su apodo Martel (martillo) en esta batalla. Continuaría expulsando los musulmanes de Francia en los siguientes años. Volvería a derrotar los moros en batalla cerca del río Berre y en Narbona.

La importancia de estas campañas, de la batalla de Poitiers y de las últimas campañas en 736-7 para eliminar las bases musulmanas en la Galia y eliminar la capacidad inmediata para ampliar influencia islámica en Europa, no puede ser menospreciada. Edward Gibbon y su generación de historiadores, así como la mayoría de expertos modernos convienen en que fueron indiscutiblemente decisivos en historia del mundo. Parece incuestionable que Martel dominó esta era de la historia de una manera pocos hombres hicieron. Sin embargo, a pesar de esta batalla, los árabes conservaron Narbona y la Septimania durante otros 27 años. Los tratados firmados anteriormente con la población local se mantuvieron firmes y se consolidaron incluso en 734 cuando el gobernador de Narbona, Yusuf ibn Abd al-Rahman al-Fihri, llegó a acuerdos con varias ciudades de la zona para defenderse contra las intromisiones de Carlos Martel, que se había expandido hacia el sur brutal y sistemáticamente a fin de ampliar sus dominios. Carlos falló en su intento de tomar Narbona en 737, cuando la ciudad fue defendida tanto por tropas musulmanas como por sus habitantes cristianos visigodos.

Contemporáneos cristianos, desde Beda el Venerable hasta Teófanes, el cronista bizantino, registraron cuidadosamente la batalla y fueron rápidos en extraer el que veían como sus implicaciones. Estudiosos posteriores tales como Edward Gibbon opinaron que, si Carlos hubiese sido derrotado, los árabes hubieran conquistado fácilmente una Europa dividida. Gibbon escribió que “Una marcha victoriosa se había extendido mil millas desde el peñón de Gibraltar hasta las orillas del Loira; la repetición de un espacio igual hubiera llevado a los sarracenos a los confines de Polonia y a las Tierras Altas de Escocia; el Rin no es más infranqueable que el Nilo o el Éufrates, y la flota árabe podría haber navegado sin una batalla naval hasta las bocas del Támesis”.

Algunas estimaciones modernas del impacto de la batalla se han apartado de la posición extrema de Gibbon, pero su conjetura recibe el apoyo de otros muchos historiadores. Aún así, dada la importancia que los registros árabes de la época dieron a la muerte de Al Gafiki y a la derrota en la Galia, y a la consiguiente derrota y destrucción de las bases musulmanas en los que ahora es Francia, es muy probable que esta batalla tuviera una importancia macrohistórica al frenar la expansión del islam en Occidente. Esta derrota fue el último gran esfuerzo de la expansión islámica mientras hubo todavía un califato unido, antes de la caída de la dinastía de los Omeyas en 750, sólo 18 años tras la batalla de Poitiers.

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