Viaje a Praga, marzo de 2008

La verdad es que no ha sido este viaje muy diferente a los demás, pero sí que han pasado cosas que me hacen plantearme mis viajes de futuro de otra manera. Cosas que no han tenido que ver conmigo, cosas que estaban fuera de mi control, pero cosas que se pueden prever, digamos.

El viaje de ida estuvo marcado por la clásica (e inesperada, al menos para mí) excursión de fin de curso de algún colegio de mediocres jóvenes españoles. Lo de mediocres lo digo sin acritud, creo que es la triste realidad de este país (como demuestra el informe PISA). Verles ya produce escalofríos, entre otras cosas porque uno se hace a la idea de que semejante pandilla de analfabetos y guarros (porque sus apariencias así lo dicen) será la que pagará mi pensión el día de mañana. Aunque puede llegar a ser peor, porque tal vez sea yo el que, con mis impuestos, tenga que pagar sus tratamientos de desintoxicación (recordemos que España es el país donde más cocaína se consume de todo el mundo). Como no podía ser de otra forma, dieron el viaje. No podían estar con sus boquitas cerradas, sobre todo teniendo en cuenta que no tienen nada interesante que decir. Ya al final, después de casi 3 horas aguantando sus estupideces, un señor de unos 50 años que viajaba con su familia, les pegó un grito, que no provocó el efecto deseado pues no se callaron. Yo creo que esas cosas les da aliento para seguir haciendo el anormal, porque es lo que son, unos anormales (y que me perdonen aquellas personas que sugran alguna deficiencia mental, no quiero compararles, ni mucho menos, con estos energúmenos). Lo único que yo esperaba, después del vuelo, era no tener que verlos ni en mi hotel ni en Praga, y así fue, gracias a Dios.

Centrándome nuevamente en el viaje, para no romper tampoco la tendencia, el vuelo de Air Europa con destino a Praga salió con una hora de retraso. Espero que algún día la Unión Europea tome cartas en el asunto y pare de una vez este cachondeo que sufren los clientes de las compañías aéreas. Uno puede entender retrasos en caso de problemas metereológicos, como cuando el año pasado volví de Barcelona en pleno mes de agosto y parecía que el cielo se nos caía encima, como el temor de los irreductibles galos Astérix y Obélix. Pero la sensación que da es que esos retrasos son fruto de no hacer bien el trabajo, de empezar mal el día y llegar tarde al primer destino y, por consiguiente, llegar tarde al resto. El cliente debe conformarse con las disculpas presentadas por el capitán del avión y ya… Si por cada hora de retraso las compañías tuviesen que pagar 50 euros de multa por pasajero, rápido se les iba la tontería…

Es curioso, y ya es la segunda vez que me pasa, que en algunos países del este usan la misma franja horaria que en el oeste europeo (salvo Portugal, manda huevos, y Reino Unido). Sin duda que se debe a alguna razón de su integración en Europa, pero hay que darse cuenta de que Praga, por poner un ejemplo, está a 2.300 kms de Madrid, con lo que allí empieza a atardecer antes de las 6, mientras que aquí, a esa hora, todavía es de día. Para más inri, tienen un horario muy europeo en lo que a las costumbres se refiere, así que desayunan pronto, comen pronto y cenan pronto. El caso es que llegamos al hotel a las 7 y media de la tarde, más o menos, y ya era noche bien cerrada. Para empezar, uno se da cuenta de que el Top Hotel Praga está en mitad de la nada, con lo que cenar fuera del hotel parece una misión imposible. Así que nos tocó gastarnos los dineros en cenar allí mismo… Luego fuimos a dormir pronto porque el desayuno empezaba a las 6 y media de la mañana y si uno llega un poco tarde, se queda sin nada. Aver, es un hotel de 4 estrellas, lo que uno quiera, pero los hoteles con encanto medianos funcionan así, eso lo he visto en España también. Fue algo complicado dormir bien porque el hotel, de más de 900 habitaciones, estaba infestado de niñatos italianos, que son como los españoles pero visten con ropa muy cara. Son igual de gilipollas y anormales, y por la noche, ya de madrugada, estuvieron dando la brasa por los pasillos hasta que les hicieron callar. Además, como sucede cuando uno sale de España, las persianas brillan por su ausencia, y como estábamos tan al este, pues a las 6 de la mañana ya había luz diurna. Un horror. Bajamos a desayunar y el zumo de naranja ya escaseaba, y eran las 7 y media… Otro horror. Luego fuimos a coger el autobús para llear al centro de Praga. Solo teníamos que coger el 115, delante del hotel, y bajar a la boca de metro de Chodov, para luego llegar al Muzeum (el Museo Nacional). A partir de ahí, lo que tocaba básicamente era andar y empezar a ver todas las cosas que ofrece la ciudad, que son muchas y muy bonitas, como se puede ver en las fotos.

El primer día visitamos el lado que está al este del río Moldava, la parte vieja de la ciudad. Así, bajamos por Vaclavske namesti en dirección a la ciudad vieja, pasando antes por la torre Jindrisska, una de las muchas torres que son tan características de la ciudad de Praga. Desde ahí, a pocos minutos andando, había que llegar hasta el nuevo Ayuntamiento de la ciduad y la famosa torre de la pólvora, una de las 13 torres que entonces tenían las murallas de la más antigua de las ciudades praguenses. Atravesando dicha torre o puerta, y yendo por Celetna, una típica calle del centro de la ciudad vieja de Praga, se llega a Staromestske namesti, donde se celebraba el mercado desde la Edad Media, y donde se gestaba la vida política de la ciudad. Dos cosas hay que destacar de esta plaza: la torre del viejo Ayuntamiento, donde se encuentra el famoso reloj astronómico, y la iglesia de nuestra señora de Tyn. La torre del Ayuntamiento, de 60 metros de altura, fue construida en el siglo XIV aunque recibió su aspecto actual de estilo gótico tardío, alrededor del año 1500. El reloj Astronómico de la torre fue construido en 1492, y se caracteriza porque cada hora desfilan los Doce Apóstoles por las pequeñas ventanas y un gallo sacude las alas mientras su canto atraviesa el aire. La iglesia de nuestra señora de Tyn, de estilo gótico, fue construida durante el siglo XV aunque el interior es de estilo barroco y fue construido en el siglo XVII. Desde Staromestske namesti, el próximo destino era el puente Carlos (Karluv most), el puente más característico y conocido que pasa por encima del río Moldava. Lo primero que se ve al llegar al puente es la Torre del puente de la ciudad vieja, construida en el primer pilar del puente Carlos en el siglo XIV. La torre tiene 57 metros de altura sobre el nivel del río y 47 sobre el nivel del puente, y se puede subir hasta la parte de arriba por sus 138 escalones. Desde la parte superior, las vistas son muy bonitas, como se puede ver en las fotos. Queríamos dejar la parte del castillo para el día siguiente, pero decidimos cruzar el puente y dirigirnos luego al puente paralelo al puente Carlos para visitar el barrio judío. Antes de entrar en este barrio, vemos el Rudolfinum, que es la sede de los conciertos de música clásica más importantes en Praga. Justo al lado encontramos el cementerio judío, donde se calcula que hay unas 12.000 tumbas. La más antigua data de 1439 y pertenece al poeta Avigdor Karo. Un poco más adelante se encuentra la Viejo Nueva sinagoga, que fue construida en la segunda mitad del siglo XIII. Algo más lejos podemos encontrar la sinagoga española, nombre adquirido a principios del siglo XVI cuando en Praga se asentó una nutrida comunidad de sefardíes tras huir de la inquisición española. La Sinagoga Española fue quemada en varias oportunidades y posteriormente reconstruida. Después de eso, ya solo quedaba volver a la estción de metro para ir de nuevo al hotel, porque allí la noche, en invierno, cae demasiado pronto.

El segundo día tuvimos que hacer el mismo recorrido desde el hotel al centro de la ciudad. Esta vez, el objetivo era cruzar de nuevo el río Moldava cruzando el puente Carlos y llegar a la parte del castillo, donde se encuentran, entre otras cosas, la catedral de San Vito. Sin duda alguna, esta catedral, que fue terminada de contruir en el siglo XIV, es una de las cosas más impresionantes de Praga. Sin embargo, cabe destacar un par de cosas que no me gustaron. En primer lugar, la suciedad exterior, lo que implica que el edificio necesita un profundo lavado de cara, es decir, una restauración. No es posible ver todos los contrafuertes negros como el carbón, eso es algo que no debería ser así. En segundo lugar, aunque eso ya tiene poca solución, no entiendo que una catedral gótica tan impresionante esté rodeada de unos edificios tan horteras y cursis. El problema no es tanto que la catedral esté rodeada, sino que en alguno casos estos edificios son colindantes… Es algo difícil de entender, es como intentar mezclar la coca cola con los churros. Pero claro, estamos hablando de unos edificios del siglo XVIII que, en su momento, pensaron que quedarían bien en esa ubicación. En cualquier caso, el conjunto es bastante impresionante, aunque creo que del resto del castillo tampoco cabe destacar mucho. Las vistas desde una de las murallas que dan al río Moldava son bastante bonitas, eso sí. Tras dar una vuelta por allí, luego decidimos deshacer el camino bajando hasta la iglesia de San Nicolás, en donde tuvimos intención de entrar pero, al descubrir que era de pago, pensamos que mejor en otra ocasión. Dimos un paseo por la parte baja del castillo, donde predominan las calles estrechas y con suelo empedrado, además de casas de múltiples colores. Volvimos a cruzar el puente Carlos, esta vez abarrotado de gente, y dimos una vuelta junto a la orilla del río Moldava. Más tarde, volvimos de nuevo a la zona del Museo Nacional (cerquita se estaba quemando un edificio) y volvimos al hotel con evidentes signos de dolor en los pies (yo pasé una semana bastante dolorido).

El tercer día, por la mañana, apenas tuvimos tiempo para hacer unas compras y dirigirnos más tarde al aeropuerto, puesto que el avión salía a las 4 de la tarde y llegar en transporte público hasta allí no es sencillo.

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