Gibraltar inglés (Arturo Pérez Reverte)

Los guardias civiles son inocentes como criaturas. Tanto golpe de tricornio y bigotazo clásico, y luego salen pardillos vestidos de verde. A quién se le ocurre pedir instrucciones
concretas al Gobierno español sobre cómo actuar en aguas próximas a
Gibraltar, donde la Marina Real británica lleva tiempo acosándolos
cuando sus Heineken se acercan a menos de tres millas del pedrusco,
pese a que la colonia no tiene aguas jurisdiccionales. Cada vez que una
lancha picolina anda por allí persiguiendo a narcotraficantes y demás
gentuza, los de la Navy salen en plan flamenco a decirle que o ahueca
el ala o se monta un desparrame, mientras la embajada británica
denuncia «inaceptable violación de soberanía». Para más choteo,
la marina de Su Graciosa usa boyas con la bandera española en sus
prácticas de tiro, a fin de motivarse. Cada vez, nuestros sufridos
guardias, «para evitar males mayores y siguiendo instrucciones»,
no tienen otra que dar media vuelta y enseñar la popa. Y claro. Como el
papel es poco gallardo, algunas asociaciones profesionales de
Picolandia piden que esas instrucciones se den de forma clara, para
saber a qué atenerse. Porque hasta ahora, la única recibida de sus
mandos es la de «seguir patrullando por las mismas aguas, pero evitar conflictos mayores».O sea, largarse de allí cada vez que los ingleses lo exijan. Que es cuando a éstos les sale del pitorro. 
La verdad. No he hablado últimamente con el ministro
Moratinos, ni con el ministro Pérez Rubalcaba. Ni últimamente, ni en mi
puta vida. Pero eso no es obstáculo, u óbice, para que desde esta
página me sienta cualificado –como cualquiera de ustedes– para despejar
la incógnita que atormenta a nuestros picolinos náuticos. ¿Cuándo el
ministerio español de Exteriores va a dar un puñetazo en la mesa?,
preguntan. Y la respuesta es elemental, querido Watson. Nunca. Suponer
a un ministro español dando puñetazos en una mesa inglesa, o somalí,
requiere imaginación excesiva. Las instrucciones a la Guardia Civil
puedo darlas yo mismo: obedecer toda intimación británica y no buscarle
problemas al Gobierno, a riesgo de que los guardias chulitos acaben
destinados forzosos en Bermeo, o por allí. Porque si insisten, y los
detienen los ingleses, y se les ocurre resistirse a la detención, para
qué le voy a contar, cabo Sánchez. Sujétese la teresiana. La
instrucción, que ya regía en pleno esplendor cuando gobernaba el Pepé
–a ése también se la endiñaban bien–, vale para todo incidente
imaginable: desde ametrallamiento de bandera, a copita y puro de la
Navy con las zódiacs de los narcos, pasando por submarinos nucleares
con tubo de escape chungo y paradas navales con banda de música y
majorettes. Por el mismo precio también incluye la opción de desembarco
de los Royal Marines de maniobras en las playas de La Línea, como
ocurrió hace unos años, y la sodomización sistemática de los agentes
del servicio marítimo de la Guardia Civil o de Vigilancia Aduanera a
quienes la marina inglesa, al mirarlos con prismáticos, encuentre
atractivos. Todo sea por evitar conflictos mayores.

Y ahora, una vez claras las instrucciones –luego no digan
que no son concretas–, una sugerencia: podríamos dejarnos ya de
mascaradas. De teatro estúpido que ofende la inteligencia del personal,
guardias civiles incluidos. Gibraltar no va a ser devuelto a España
jamás, y ninguno de los gobiernos pasados, presentes ni futuros de este
país miserable, con el Estado sometido a demolición sistemática y los
ciudadanos en absoluta indefensión, está capacitado para sostener
reivindicación ninguna, ni en Gibraltar ni en Móstoles. Y no es ya que
los gibraltareños abominen de ser españoles. En esta España incierta y
analfabeta, desgobernada desde hace siglos por sinvergüenzas que han
hecho de ella su puerco negocio, lo que desearíamos algunos es ser
gibraltareños, o franceses, o ingleses. Lo que sea, con tal de escapar
de esta trampa. Huir de tanta impotencia, tanta ineptitud, tanta
demagogia, tanto oportunismo y tanta mierda. Largarnos a cualquier
sitio normal, donde no se te caiga la cara de vergüenza cuando ves el
telediario. Lejos de esta sociedad apática, acrítica, suicida,
históricamente enferma.

Podrían dejarse de cuentos chinos. Reconocer que España
es el payaso de Europa, y que Gibraltar pertenece a quienes desde hace
tres siglos lo defienden con eficacia, en buena parte porque nadie ha
sabido disputárselo. Y porque la Costa del Sol, donde los gibraltareños
y sus compadres británicos tienen las casas, el dinero y los negocios,
se nutre de la colonia; y sin ésta esa tierra sería un escenario más,
como tantos, de paro y miseria. Así que declaremos Gibraltar inglés de
una maldita vez. Acabemos con este sainete imbécil, asumiendo los
hechos. La Historia demuestra que la razón es de quien tiene el coraje
de sostenerla. Nunca de las ratas cobardes, escondidas en su albañal
mientras otros tiran de la cadena.

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