Viaje a Japón, julio de 2005. Días 1, 2 y 3. Shinjuku y Shibuya.

Ya se sabe que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, muchas veces hay que aprovechar las circunstancias para hacer cosas que no nos hemos planteado con anterioridad. Y eso fue lo que, en gran medida, sucedió con este viaje, pues Japón siempre me había llamado la atención pero tampoco como para hacer un viaje hasta allí. ¿Y qué circunstancias aproveché? Pues que mi amigo Fernando se encontraba haciendo un curso de 3 semanas de japonés, ese idioma tan complejo y que, al final, ha terminado por no aprender. En cualquier caso, fui allí durante 9 días, los que van desde un sábado hasta un domingo con toda su semana, pero teniendo en cuenta que en la ida se pierde un día y en la vuelta, prácticamente otro.

Así pues, el primer día lo empleé, básicamente, en ir de Madrid a París en avión, hacer una escala de un par de horas y volar desde ahí a Tokio. Saliendo sobre las 2 de la tarde, lo normal es llegar unas 24 horas más tarde, aunque el viaje en sí dura unas 15 horas: 2 horas de Madrid a París, 2 horas de escala y 11 horas de París a Tokio. Se hace algo pesado y tedioso, sobre todo teniendo en cuenta que JAL (Japan Airlines) apenas cuenta con clientes de habla hispana, o eso parece, pues las películas estaban en inglés o japonés, en chino con subtítulso en inglés o incluso en portugués (Constantine la vi en inglés y portugués, vaya). Ese tipo de experiencias son las que me han hecho replantearme cómo hacer los viajes, con qué tipo de tecnología viajar para hacerlos más amenos, y una consola es uno de esos aparatos. En cualquier caso, saliendo un sábado de Madrid, llegué un domingo a Tokio, al aeropuerto de Narita, que no está precisamente cerca de la ciudad (a unos 60 kms). Por suerte, y para evitar sorpresas, allí me estaba esperando Fernando, pues aunque el sistema de transportes japonés no sea excesivamente complicado, pues todo está en japonés e inglés, es preferible no arriesgar en la primera ocasión. Mi alojamiento estaba en el barrio de Ikebukuro, concretamente en este riokan, y es que Fernando se alojaba en casa de un amigo español a las afuertas de Tokio (en Saitama, concretamente) y yo no cabía. En cualquier caso, no podía quejarme porque el alojamiento estaba bien en cuanto a calidad, precio y situación. Así que fuimos al riokan, yo dejé mis cosas, con algo de desorientación temporal (el llamado jet lag) y nos fuimos a ver un poco la zona y a cenar, pues allí los horarios son algo diferentes a los españoles y, además, habíamos quedado con el amigo de Fernando y con un matrimonio japonés que, al parecer, se sentían atraídos por la cultura española. Yo no me negué, pero para mí había sido un día muy largo, así que aguanté lo mejor que pude en la postura tradicional japonesa para comer, es decir, sentado en el suelo, y luego me fui a dormir, no sin antes hacer alguna foto nocturna del lugar.

Ikebukuro
Ikebukuro 
Después de dormir 12 horas, distribuidas en dos tandas de 6 horas cada una (estos cambios horarios me afectan así), me levanté con ganas de ver la ciudad. Para eso, quedé con Fernando cerca de la escuela donde estudiaba español, que por suerte estaba cerca de la estación de tren de Ikebukuro, que a su vez quedaba cerca del riokan donde yo estaba alojado. Es decir, tenía que andar unos 15 minutos. El problema que me encontré y que no me esperaba (esta vez la vestimenta era la adecuada) fue el calor y, sobre todo, la terrible humedad de Tokio. Con razón entendí que hubiera tantas máquinas expendedoras de bebida en la calle, y es que uno se deshidrata fácilmente caminando por esa ciudad en verano. Además de ducharme 2 veces al día, una por la mañana y otra por la noche, yo hice el cálculo y creo que bebía unos 6-7 litros al día de agua, Coca Cola, Aquarius o cualquier cosa que se pudiese beber. El caso es que yo tenía que subir por Meiji Dori para llegar al cruce de calles en el que me esperaba Fernando. No sin cierto miedo, pues es una ciudad complicada por el idioma, avancé por esa calle y no tuve problema alguno en encontrarle, lo cual fue un alivio. La idea, como siempre, era ver la ciudad andando, porque es imposible ver nada si uno va en el metro. Y eso fue lo que hicimos, ir por Meiji Dori hasta el cruce con Koshu-kaido, muy cerca de la estación de tren de Shinjuku. Un poco antes, tuvimos oportunidad de ver un templo, el Hanazono jinja, bastante sencillo pero muy bonito en conjunto.

Hanazono jinja
Hanazono jinja

Una vez en Koshu-kaido, avanzamos por la calle y pasamos por encima de las vías del tren. Me llamó la atención que, justo ahí, encima de las vías, habían construido un centro comercial bastante grande, no me parecía la zona más adecuada, pero estaba lleno de gente. Ya en el otro lado, y para llegar al edificio del Ayuntamiento (también conocido como Tocho, jajajaja, y me río porque mide 243 metros de altura), hicimos un primer giro a la derecha y acto seguido un giro a la izquierda para tener la siguiente vista:


Ayuntamiento de Tokio

Esa zona de Tokio se caracteriza por sus edificios, la gran mayoría son oficinas ubicadas en grandes rascacielos. Lo peculiar del Ayuntamiento de Tokio, y la principal causa de la visita, fue que en la parte superior se encontraba un observatorio de acceso gratuito y desde el cual las vistas eran, sencillamente, espectaculares.



Desde el Ayuntamiento bajamos hasta Koshu-kaido y fuimos hasta Yoyogi por una calle que iba paralela a las vías del tren. Allí nos encontramos con uno de esos lugares que terminan resultando tan típicos gracias a las películas, y es un paso de peatones múltiple, por calificarlo de alguna manera, y que yo al menos no conozco en España.


Yoyogi

Nuestro siguiente objetivo era el parque Yoyogi, al cual pudimos acceder desde un punto cercano a la estación de Harajuku (hara, campo; juku, posada), que es el nombre de la zona donde se encuentra dicho parque, y en el cual cabe destacar el Meiji-jingu shrine, que es un templo sintoísta reconstruido en 1958 y que cada año visitan más de 3 millones de personas. Eso sí, antes de llegar a él, hay que atravesar una parte del parque y la puerta de Ichi-no-torii, realizada con cipreses de 1.700 años de antigüedad.


Ichi-no-torii

Tras andar un pequeño rato, llegamos a las puertas del templo, donde uno puede seguir las tradiciones o no, pero siempre con respeto. Eso me recuerda un episodio algo grotesco que sucedió en 2007 cuando yo trabaja en Rumbo, la agencia de viajes. Resulta que en la cena de empresa, allá por noviembre, fuimos a Sevilla y, antes de eso, al Rocío, el famoso pueblo. Camino del mismo, y en el autobús, el director general de la empresa, un rufián de cuyo nombre no quiero acordarme, y andaluz de pro, dijo por la megafonía las siguientes palabras (más o menos): “Si entráis en la ermita de la Virgen del Rocío, sed respetuosos porque allí son un poco talibanes”. Yo pensé inmediatamente en la visita que realicé 2 años a Japón, y sobre todo recordé cómo entré en el templo de Meiji-jingu, porque antes de acceder al templo propiamente dicho, a ambos lados hay unas pilas llenas de agua y con varios cazos colgando a disposición del público para que, quien lo desee, se limpie las manos y con ello purifique su alma. Yo no recuerdo tener a nadie a mi lado que me dijera que fuera respetuoso con las costumbres religiosas de los demás y menos aún en esos términos tan despectivos. Sin embargo, a sabiendas de que la mayoría de la gente que me rodeaba no había pisado un suelo sagrado en su vida, entendí que el aviso dado por dicho personaje tenía su fundamento.


Meiji-jingu shrine

Ya para terminar el día, porque estaba anocheciendo y había que volver, fuimos hasta la zona de Shibuya, un poco más al sur de Harajuku y nos dimos una vuelta por la zona, que como se puede ver en las fotos, estaba llena de gente y los edificios cubiertos de luces de neón y anuncios. Una de las cosas más peculiares que se pueden encontrar en esta zona es la estatua dedicada a Hachiko, un perro akita de pedigrí que acompañaba a su dueño todos los días a la estación de tren y allí lo esperaba a su regreso, pues era profesor de universidad. Sin embargo, un día su dueño sufrió un infarto mientras impartía clase y murió. A pesar de ello, y a pesar de que la familia del profesor se hizo cargo del perro, todos los días acudía a la estación de Shibuya a esperar a su amo. Esa historia de lealtad, que ya le gustaría a cualquier ser humano, fue traducida con una estatua hecha en bronce e inagurada con Hachiko aún vivo. Actualmente, el cuerpo disecado del perro se exhibe en el Museo Nacional de la Ciencia de Tokio.


Shibuya
Hachiko y yo

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