La importancia del lenguaje dentro de los prejuicios de la sociedad

Desde tiempos pasados se viene haciendo un mal uso del lenguaje que provoca que los prejuicios de la sociedad se asienten o vayan en aumento. En particular, hay dos palabras de nuestro diccionario cuyo uso se ha convertido en cotidiano y habitual pero cuyo significado, creo yo, no termina de comprenderse exactamente.

El primero de ellos, antiguo como la humanidad misma, es el célebre “puta”. Ojo, no como adjetivo (el puto coche se ha estropeado) sino como sustantivo (eres una puta, eres un puto). Resulta curioso, en primer lugar, que la palabra tiene una acepción masculina apenas usada y mucho menos conocida. Sucede igual con la palabra de la cual deriva, prostituta, cuyo origen es el latín y que también posee una variante masculina: prostituto. A saber, una prostituta o prostituto, y por ende, una puta o un puto, es aquella persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero. Ese significado lo da el diccionario de la lengua española (DRAE), no es algo que yo me esté inventando por conveniencia o gusto. De esta manera, el problema que existe con esta palabra viene cuando se califica como puta a una mujer que mantiene relaciones sexuales pero no a cambio de dinero sino por gusto, placer, desahogo o llámese X. Fruto de una sociedad atrasada, paleta, antigua y con un marcado analfabetismo, se tiende a calificar a la mujer (que no al hombre) como puta cuando es promiscua y disfruta de su vida sexual con quien quiere. Esa mujer no ejerce de manera alguna la prostitución, pues no cobra por practicar sexo, sino que lo hace libremente y por gusto, porque en pleno siglo XXI hay que asumir que las mujeres pueden hacer con su vida lo que les dé la real gana.

Por contra, un hombre promiscuo, un hombre que cada día se acueste con una mujer distinta, no es considerado bajo ningún punto de vista como un prostituto o como un puto. Más bien al contrario, es casi considerado como un ídolo, un genio, un afortunado, un hombre de buena vida y es envidiado por quienes no pueden gozar de esa misma vida. ¿Por qué sucede esto? Como comentaba anteriormente, la sociedad apenas evoluciona en ninguno de sus aspectos, salvo quizás en aquellos países cuya educación raya la excelencia, y que normalmente se encuentran en el norte de Europa. Es evidente que hay una evolución tecnológica constante, cada vez más palpable en nuestras vidas, pero la mayoría de los aspectos culturales de la sociedad (hablo de la occidental) apenas han cambiado.

Hay que intentar hacer un poco de memoria histórica para comprender qué sucede. Por ejemplo, hasta hace un siglo la mujer ni siquiera tenía derecho a votar en unas elecciones, y su entrada en el mercado laboral ha sido lenta y costosa, y aún hoy, año 2015, sigue habiendo muchos casos de discriminación sexual que hacen que una mujer cobre menos dinero que un hombre en el desempeño de las mismas labores. Hay ciertos cambios que invitan a pensar en un giro sobre las tendencias sociales, como el hecho de que cada vez haya más divorcios porque la mujer depende menos del hombre para sustentarse económicamente. Sin embargo, creo que tienen que cambiar más cosas para que lleguemos algún día a la igualdad de sexos y ambos, hombres y mujeres, seamos considerados de la misma manera.

Servidor, que escribe esto en calidad de hombre, cree que el machismo es una aberración histórica y que el feminismo es un invento aberrante del reciente pasado que no conduce a ninguna parte. He sido educado en una casa donde mi padre trabajaba y mi madre criaba hijos y cuidaba de la casa, pero siempre bajo el concepto de igualdad de género, así que he limpiado la casa como el que más, he sacado lavaplatos, cocinado, sacado lavadoras e incluso, malamente, planchado. Siempre he visto a mis hermanas como iguales, a mis compañeras de estudio como colegas, a mis socias de trabajo como una parte importante más de la empresa. Sin embargo, debo ser un caso excepcional. Y desgraciadamente, aún sigo conociendo mujeres que creen que la situación actual de la mujer es justa.

Si la primera persona que cree que la promiscuidad y la prostitución van de la mano es una mujer, hay poco más que hacer al respecto. Yo hablo de libertad vital y sexual, sin hacer daño al prójimo y sin engañar a nadie. Unos tienen que asumir que las mujeres no son un objeto sexual que solo pueden acostarse con un hombre mientras él se acuesta con 100 mujeres; otras tienen que asumir que son iguales que los hombres, para lo bueno y para lo malo, y que cuando ellas cambien el chip, al hombre no le quedará más remedio que aceptarlo.

El segundo término que tiene un uso bastante ligero es la palabra “facha”, palabra que proviene del término fascista, que a su vez deriva del fascismo y cuyo significado es “movimiento político y social de carácter totalitario que se produjo en Italia, por iniciativa de Benito Mussolini, después de la Primera Guerra Mundial”. En definitiva, un facha es un defensor del movimiento de Mussolini. Pero claro, en un país de ignorantes e intolerantes, la palabra facha se usa alegremente para definir a aquella persona que piensa lo contrario de lo que pensamos nosotros, máxime si tenemos (no es mi caso) tendencia a pertenecer a la “izquierda política”.

No soy amigo de las generalizaciones pero es que no puedo ir caso por caso, así que no me queda otro remedio. Lo digo porque a mí me han llamado facha por defender ideas implantadas por el PP, cuando también he defendido ideas del PSOE, de IU y, recientemente, de Ahora Madrid (marca blanca de Podemos en el Ayuntamiento de mi ciudad). Yo no me caso con nadie, tengo mis ideas y no van ni por la izquierda ni por la derecha, sencillamente son las cosas que creo justas y lógicas, aunque sé que no todo el mundo opina igual. Cuando Gallardón era Alcalde de Madrid e intentó, en vano, prohibir los botellones, mi novia por aquel entonces me dijo que era una medida fascista, yo dije que estaba de acuerdo con el entonces Alcalde y me calificó como facha, con dos huevos bien grandes. Claro, acto seguido le pregunté que si le gustaría que hicieran botellón debajo de su casa, dejando el portal lleno de orina y botellas de vidrio, plásticos y demás porquerías y me dijo que no, lo cual provocó una enorme carcajada en mi interior.

Yo no soy un facha por criticar a Pablo Iglesias (actual líder de Podemos) y no soy un rojo/comunista/anarquista por defender actuaciones puntuales de Manuela Carmena, a la cual no voté y eso tampoco me convierte en un facha. Entre otras cosas porque tampoco voté a Esperanza Aguirre, que para la izquierda más dura debe de ser la reencarnación de Benito.