Males de nuestra sociedad: el hijoputismo

El hijputismo no es un término que haya acuñado yo pero me viene muy bien para escribir acerca de uno de los muchos males que aquejan nuestra maltrecha y patética sociedad. Las experiencias que uno vive en la vida le hacen ver que, sin duda alguna, es mejor estar solo que mal acompañado, y la verdad es que encontrar buena compañía es, a día de hoy, una quimera.

No hablo ya de pareja, qué va. Hablo de un concepto mucho más amplio, de amistad en todos sus espectros, en todos sus rangos, desde una amistad recién surgida y a distancia -quizás la más débil- a una amistad de varias décadas y forjada desde el trato personal en vivo, cara a cara.

Como no me gustaría explayarme contando todos y cada uno de los casos que he vivido, quiero centrarme en el último de todos y que me ha llevado a escribir esta reflexión. Amiga ella, de un país tan bonito como la República Dominicana, vino a parar a mi vida gracias a una de las muchas redes sociales que hay en internet y que no tienen tanto calado como Facebook. De ello hace más de 4 años, un tiempo más que suficiente para conocer a la otra persona y saber sus virtudes y sus defectos, sus alegrías y sus tristezas, sus gustos y sus disgustos.

Actualmente, y gracias a las nuevas tecnologías, es bastante sencillo tener una buena relación de amistad con alguien que vive a 6.000 kilómetros de donde estamos nosotros: chats en vivo, videoconferencias, mensajes de voz, fotos… Cualquier cosa es susceptible de ser enviada por internet menos nosotros mismos, que aún debemos desplazarnos en avión para cubrir distancias tan grandes.

Volviendo al caso en concreto, esta amiga dominicana, habría que trasladarse en el tiempo al verano de 2014. En aquel momento nos unía una muy buena amistad, fluida y alegre, con conversaciones diarias. Yo le dije mi intención de ir a República Dominicana de vacaciones en septiembre de ese mismo año, pero todo dependía de la salud de mi madre. Por situaciones ajenas a mi control, el viaje lo tuve que posponer hasta octubre de ese mismo año, y fue curiosamente el primer bache de esta amistad.

A priori nadie con dos dedos de frente vería el motivo, pero es entonces cuando topamos con el hijoputismo de la gente. Todo viene derivado de un egoísmo exacerbado tan característico del ser humano, y es que si yo dije en septiembre, ¿por qué fui en octubre? Hasta donde yo sabía, se trataba de mis vacaciones y ya aclaré que el viaje lo realizaría, esencialmente, cuando las condiciones de salud de mi madre lo permitieran. Luego fui en octubre porque era el momento en el que podía y quería ir. Pues eso le pareció mal a la señorita, y tan mal le pareció que no quiso verme ni un solo minuto. Insistí e insistí para que, al menos, pudiéramos vernos una tarde, pero fue un esfuerzo inútil. Se enrocó y dijo que nones, que yo dije que iba a ir en septiembre y punto final.

Evidentemente esto le sienta mal a cualquiera que planifica sus propias vacaciones y ve como alguien no entiende un concepto tan sencillo. Si hubiésemos cambiado las tornas, si el viaje lo hubiese realizado ella a España en otra fecha, yo habría hecho lo imposible para buscar tiempo y estar con ella. Quizás el raro soy yo, que también es posible.

Pero la historia, obviamente, no acaba ahí. Porque más tarde, un mes después de regresar del mencionado viaje, vuelve a retomar el contacto conmigo mostrando arrepentimiento por no habernos visto. Bueno, yo intenté por todos los medios que nos viéramos y tú no quisiste, así que no entiendo que te arrepientas -fue más o menos mi respuesta-. Se sorprendió de que yo le siguiera escribiendo, pero es que yo no tengo tan poca capacidad mental como la mayoría de la gente, y salvo que me claven un cuchillo por la espalda, intento valorar mucho cada amistad que tengo. Así que continuamos hablando como hacíamos anteriormente o incluso más.

Así fue hasta agosto de 2015. Recuerdo haber hablado con ella más de una hora por Facebook, y me refiero a llamadas IP, y me refiero a varias conversaciones por semana. Todo parecía ir genial, hasta que de repente todo cambia. Claro, todo cambia allí, en República Dominicana, porque mi vida sigue siendo igual que en los últimos años. ¿Qué es lo que cambia? Pues a ciencia cierta no lo sé y nunca lo sabré, pero intuyo que ella, mujer soberbia que alardea de su soltería… encuentra un novio. El problema realmente no es encontrar un novio, sino reconocer ante otras personas, como yo, que tiene novio cuando ha gritado a los cuatro vientos que no quiere tener novio. Y esa situación, para mí, no es nueva. He conocido a más de una chica que ha dicho que estando soltera se sentía muy bien y que no quería un novio, y a los pocos meses estaba saliendo con un chico. Pero claro, les puede el orgullo del “donde dije digo, digo Diego”. ¿Rectificar ellas? ¡Antes caerán rinocerontes desde el cielo!

¿Por qué intuyo que tiene novio? Porque, como decía, no es una situación nueva para mí. Cuando alguien te deja de hablar de sopetón puede ser por diversos motivos, pero los más lógicos son de salud (no era el caso), de trabajo (tampoco era el caso, puesto que mantenía su trabajo y era desde ahí desde donde me hablaba siempre), de dinero (no era el caso, puesto que mantenía su trabajo y su vivienda) o de pareja. Cuando alguien tiene pareja, se centra en la pareja y se olvida de los demás, a veces de forma natural, a veces forma forzosa. El primer caso es comprensible, es cuestión de prioridades, aunque hay que asumir las consecuencias, y el segundo caso es bastante más triste, puesto que hay gente que da acceso a su pareja a las redes sociales y de repente se aísla del mundo de manera artificial. En cualquier caso, eso a mí no me atañe.

Como comentaba, en agosto de 2015 todo cambia. Deja de escribirme por Facebook, deja de llamarme por Facebook, en Whatsapp empieza a leer mis mensajes pero no responderlos o responderlos pasada una semana, y siempre con respuestas escuetas, breves y bastante vacías de contenido. Me cuenta que su hermana, enferma de lupus, está recibiendo tratamiento de quimioterapia, cosa que le afecta pero que no es novedosa. Me cuenta que ella tiene problemas de salud con un par de hemorragias internas que han necesitado de intervención quirúrgica, pero que no le han impedido escribirme desde el hospital y mandarme fotos de dichas intervenciones. Y me cuenta que su padre se va a vivir a Estados Unidos, pero ella vive sola desde hace varios años. ¿Conclusión? Tiene novio pero no quiere reconocerlo.

Yo me quejo de que me lea y no me responda, de que si tiene tiempo para leer mis mensajes, tiene tiempo para responderlos, y le digo que creo que tiene novio y por eso no me hace caso. Ella me dice que no, pero tampoco me da una razón por la cual ya no me escribe. Me dice que en 2016 quiere ir de vacaciones y que está pensando en ir a España (esto fue en noviembre de 2015), pero que le tira para atrás el hecho de que el alojamiento sea tan caro, así que le ofrezco mi hospitalidad -a pesar del trato recibido por su parte en los últimos meses- y le digo que, si quiere, tiene una habitación y una cama para ella sola en mi casa. Además, siendo yo consciente de su situación de salud y familiar, le pregunto de vez en cuando por la salud de su hermana y por la situación de su padre. Es decir, que a pesar de sus múltiples zancadillas, yo sigo levantándome e intentando llevar esta amistad a buen puerto.

Pero el colmo de los colmos vino ayer, cuando me dice que últimamente he estado “muy antipático”. Y ahí estallo, porque eso es alcanzar el nivel 10 en la escala del hijoputismo. Después de varios meses aguantando sus desplantes, después de meses preocupándome por su salud y la salud de su hermana, habiéndole ofrecido mi hospitalidad a alguien que me había ignorado reiteradamente en los últimos meses… ¿me dice que he estado muy antipático? Claro, monté en cólera porque, como todos los seres humanos, tengo mis límites, y ahí se acabó lo que se daba.

Reconozco que si tuviera que sacar una conclusión, ésta sería la siguiente: ninguna amistad es para siempre, ni tampoco ninguna relación de pareja con un poco de sentido común. Hasta que esa relación social termine, disfruta, y cuando llegue a su fin, valórate mucho porque la otra persona nunca lo hará. Triste pero cierto.