Quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Quien pierde un amigo, sufre cierto retraso mental.

Empiezo a pensar que la humanidad ha sufrido un grave parón evolutivo desde hace tiempo. Quizás la tecnología tenga mucho que ver en ello, o quizás sea algo natural que quede más patente en los tiempos actuales. Antes de internet, las relaciones de amistad se ceñían a unos círculos cercanos que apenas se extendían más allá de los compañeros de colegio, universidad, trabajo, tal vez vecinos y poco más. Sin embargo, en la actualidad es muy sencillo conocer gente de cualquier parte del mundo gracias a las nuevas tecnologías.

Eso quiere decir que actualmente es más sencillo hacer amigos, aunque sea a distancia. Una amistad no es más fuerte porque las distancias sean más cortas o más largas, sino por el compromiso de la gente para con esas amistades. Sea como fuere, dicho compromiso es igual de débil porque las personas siguen siendo personas, seres egoístas incapaces de ver más allá de sus narices y de valorar lo que la otra persona le ofrece de manera desinteresada.

Ese retraso mental provoca que la gente rechace amistades fuertes, sinceras y basadas en el “dejar ser” a cada uno. Es decir, en mi caso particular, yo tengo mi forma de ser y mi forma de ver las cosas, y si a alguien no le gusta eso, pues está claro que la amistad es imposible desde el primer día. Si la otra persona no sufre de retraso mental alguno, verá eso y claudicará al primer instante. De lo contrario, se creerá que puede cambiarme y hacerme ver las cosas de la misma manera que ella, la otra persona, las ve.

Recientemente he tenido uno de estos casos, y no es el primero. Tampoco creo que sea el último. Una persona veleta, de esas que cambia de opinión según sople el viento, intentó que yo opinara lo mismo que ella porque de lo contrario nuestra amistad sería imposible. Evidentemente hay que ser miserable para querer algo así, yo no cambio por nada del mundo, y menos porque otra persona lo desee. Para empezar, querer cambiar a otra persona es bastante lamentable, impropio de alguien inteligente. Pero más penoso aún es creerse más inteligente que el resto de personas, pensando que uno tiene anulada la dignidad y la capacidad de decidir.

Quizás lo más patético del asunto, lo que roza el esperpento total, es cuando esa persona huye diciendo que en realidad se había enamorado de mí. Entonces me entra la risa floja, porque es tan frívolo intentar salir airoso con algo así… Ni Corín Tellado habría imaginado algo tan romántico y a la vez tan poco efectivo.

Afortunadamente algunas personas no buscan discutir ni enfadarse a diario. Tan solo quieren mantener una amistad saludable y lo más duradera y sincera posible. Qué pena que no todas las personas sean así y que haya tanto miserable suelto.