La Torre Eiffel cumple, sin fastos, 125 años

La Torre Eiffel, símbolo indiscutible de París desde que inaugurase la Exposición Universal de 1889, cumple hoy su 125 aniversario enfrascada en un proceso de rehabilitación que no le devolverá hasta después del verano su aspecto de antaño.

Las reformas, que comenzaron en 2008 y mantienen fuera de servicio dos de sus tres ascensores, son el motivo principal de que la sociedad que explota y gestiona el monumento, SETE, esgrime para justificar una efeméride sin conmemoraciones.

La puesta a punto de la “Dama de hierro”, como se conoce a esta estructura de 330 metros de altura, terminará “en torno a septiembre u octubre”, y será entonces cuando, según indica a EFEuna portavoz de la sociedad, lleguen los festejos.

El Museo Arqueológico reabre sus puertas tras las obras de remodelación

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha inaugurado este lunes el Museo Arqueológico Nacional (MAN), que este martes abre sus puertas al público general tras haber permanecido en obras durante los seis años, tiempo en el que ha sido sometido a una gran reforma que ha afectado tanto a su morfología como a su recorrido expositivo.

En su discurso, el presidente ha destacado que este es el “museo que mejor representa la historia de España”, una institución pública que tiene por objeto “ofrecer a sociedad una interpretación rigurosa atractiva y critica del pasado”. En palabras de Rajoy, este museo realiza una “interpretación de la cultura material” que perteneció a los distintos pueblos de la actual España y del ámbito mediterráneo desde la antig~edad hasta épocas recientes en “una síntesis compleja y dinámica” de la historia.

“Los bienes arqueológicos de los diferentes yacimientos y monumentos que han jalonado el territorio español construyen lentamente el relato de nuestra historia hasta completar una narración fascinante de lo que fuimos de los que somos y servir de ejemplo de lo que juntos podemos alcanzar”, ha subrayado el presidente del Gobierno.

Asimismo, ha recalcado que este museo es “el lugar de Iberia, Hispania, España, de sus mitos de sus ritos y de sus creencias” y sus colecciones representan “un lugar común donde reencontrarnos con nuestro pasado, museo donde todos nos vemos reflejados en el espejo de nuestra historia”.

Toledo exhibe la exposición más importante realizada nunca sobre El Greco

La exposición más relevante e importante que ha habido nunca sobre El Greco, presentada en el Museo de Santa Cruz y en otros cinco edificios de Toledo que conservan sus cuadros, muestra 125 de las alrededor de 300 pinturas del griego que hay en todo el mundo.

Madrid destina 350.000 euros para hacer de Las Ventas un centro taurino de referencia

El Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid ha aprobado invertir casi 350.000 euros en las obras de ampliación del museo de la plaza de toros de Las Ventas, con el objetivo de ampliarlo y convertirlo en el centro cultural taurino de referencia de España.

Cazadores de nazis

“Cazadores de nazis” es un documental de varios capítulos producidos por Discovery Channel y que últimamente estaban siendo emitidos en La 2 de Televisión Española.

Esta serie cuenta la historia de los llamados “cazadores de nazis”, un extraordinario y tenaz grupo de gente que buscó sin descanso a algunas de las personas más odiadas y rechazadas de la Tierra. En algunas ocasiones lo hicieron por grandes motivos pero en otras utilizaron métodos que podrían horrorizar incluso a todos aquellos que los apoyaban.

Buscaban a hombres cuyos crímenes de guerra habían sido tan horrendos que exigían una retribución. De hecho, muchos de ellos estaban totalmente preparados para perseguir a los autores de estos crímenes hasta que la justicia hiciese su trabajo. Estas historias de búsqueda y de lucha que intentaban balancear las escalas de la justicia, están llenas de drama, intriga y tragedia. ¿Quién debería ser perseguido? ¿Debería la muerte ser la única pena infringida a los acusados de crímenes de guerra nazi? En algunos casos se alegó que los perseguidores habían perdido su sentido de la decencia y de la proporción. He aquí algunas de las grandes historias de venganza de los últimos cien años.

Es muy recomendable para aquellas personas que, como yo, sienten gran interés por todos los acontecimientos que tuvieron lugar antes y especialmente durante la Segunda Guerra Mundial.

Más información aquí: http://www.tudiscovery.com/web/cazadores-de-nazis/

El ejercito perdido de Cambises.

Nada menos que 50.000 soldados del ejército de Cambises fueron devorados por las arenas del desierto egipcio. Su delito: haber subestimado el poder del oráculo de Amón en Siwa. Veinticinco siglos después, un grupo de arqueólogos parece haber descubierto restos de las milicias, comenzando a vislumbrar los entresijos de este enigmático suceso.

Los griegos poseían dos grandes divinidades relacionadas con el mundo de los oráculos. Se trataba de Zeus y de Apolo. Junto a ellos existían otros oráculos presididos por divinidades secundarias. Incluso Apolo era considerado un simple instrumento del poder de predicción de Zeus. Los principales oráculos de Zeus fueron los de Olimpia, el de Dodona, y sobre todo el de Amón (versión egipcia del Zeus griego) que se levantaba de forma espectacular sobre una colina rocosa del Aghurni en el oasis de Siwa. Este lugar se encuentra en pleno corazón del desierto libio de Egipto, a poco más de 560 kilómetros al oeste de la capital, El Cairo. Su máximo valuarte es el popular oráculo del dios Amón, el mismo lugar en donde Alejandro Magno fue reconocido en el año 332 a. C. por esta divinidad egipcia como sucesor de los persas en el trono de las Dos Tierras. Desde el siglo VI a. C. el oráculo de Amón en Siwa (la antigua tierra de Skhet-imit o Ammonium) desempeñó un papel de vital importancia para la historia de Egipto y de Grecia. No en vano los propios helenos prefirieron emplear los servicios de este oráculo durante las guerras del Peloponeso y que enfrentó a atenienses y espartanos entre el 431 y el 404 a. C.

El valor de sus predicciones no era puesto en duda por ningún mortal, y quien lo hacía, acababa sucumbiendo al poder de la venganza de la divinidad. Y aunque suene a leyenda, los hechos históricos así lo demuestran. En las últimas semanas un grupo de arqueólogos egipcios de la universidad de Helwan (El Cairo) acaba de descubrir lo que a todas luces parecen ser los restos del ejército de 50.000 hombres que el rey persa Cambises perdió en el famoso Gran Mar de Arena que se extiende al sur de Siwa. Un misterioso desastre cuya explicación está mucho más cerca y que hasta hace bien poco se había tomado como una simple superchería: la venganza del oráculo de Amón.

La conquista de Siwa

Cuando el rey persa Cambises II, hijo de Ciro II el Grande, decidió conquistar Egipto en el año 525 a. C., no calculó o no supo valorar las catastróficas consecuencias que esta campaña podían acarrear en su ejército. Tras la conquista de Asia por su padre, el único país que quedaba por caer dentro del saco persa era, precisamente, Egipto. Por ello, Cambises no tardó en planear una expedición hacia el Valle del Nilo. Y la verdad es que los hechos demuestran que no le costó mucho deshacerse del faraón que por entonces reinaba en Egipto, Psamético III, y llegar hasta Nubia, al sur del país. Pero Cambises anhelaba poseer hasta el último grano de arena del desierto faraónico. Fue entonces cuando el rey persa oyó hablar del oráculo que desde Ammonium lanzaban contra él. La estatua del dios era transportada sobre una barca dorada y dependiendo de la pregunta que se le hiciera movía la cabeza en un sentido o en otro, gesto que se encargaban los sacerdotes de interpretar. Según el vaticinio, el trágico final de Cambises estaba al llegar, así como la terminación de su gobierno sobre Egipto.

Haciendo gala de su carácter despótico y sacrílego, Cambises se rió del pronóstico del oráculo y, furioso, mandó un ejército de 50.000 hombres para destruir y someter a los habitantes del oráculo de Amón. El historiador Heródoto (s. V a. C.) relata con pelos y señales lo que le ocurrió al ejército de Cambises. Una vez conquistadas las grandes ciudades de las riberas del Nilo, Cambises mandó una triple expedición: contra los cartagineses, contra los amonios (lo habitantes del oasis de Siwa) y contra los etíopes. En concreto, Heródoto nos dice que hizo enviar contra los amonios lo más selecto de su infantería. Una expedición de casi 50.000 hombres que jamás llegarían a su destino debido a que el propio dios Amón vino desde su reino celestial para aplastarlos.

Marcha hacia la muerte

El historiador griego relata que “las tropas que habían sido enviadas para atacar a los amonios, después de haber partido de Tebas, poniéndose en camino con unos guías, llegaron, sin ningún género de dudas, a la ciudad de Oasis (la actual Kharga), ciudad que ocupan unos samios que, según cuentan, pertenecen a la tribu Escrionia y que distan de Tebas siete jornadas de camino a través de una zona desértica (…) Según cuentan, hasta ese lugar llegó, pues, el ejército; pero, a partir de allí, a excepción de los propios amonios y de quienes se lo han oído contar a estos últimos, nadie más sabe decir nada sobre su suerte, pues las tropas no llegaron al territorio de los amonios ni regresaron a su punto de partida. En concreto, la versión que, a título personal, dan los amonios es la siguiente: resulta que, cuando, desde la mencionada ciudad de Oasis (Kharga), se dirigían contra ellos a través del desierto y estaban, más o menos, a mitad de camino entre su país y Oasis, se desató sobre los persas, mientras estaban tomando almuerzo, un viento del sur sumamente violento, que, arrastrando torbellinos de arena, los sepultó, y así fue como desaparecieron” (Hdt. 3, 26, 1-3).

Recientemente, mientras realizaba prospecciones en busca de petróleo, el equipo geológico de la Universidad de Helwan descubrió en el desierto oriental, cerca de Siwa, fragmentos textiles perfectamente conservados, trozos de metal de armas antiguas y numerosos restos humanos. Tras avisar del increíble hallazgo al Dr. Mohammed al-Saghir del Consejo Superior para las Antigüedades de Egipto, de inmediato se organizó una expedición arqueológica. Según la ubicación del hallazgo y el relato de Heródoto, repetido siglos después por Plutarco en la Vida de Alejandro (26), todo parece indicar que se trata de los restos del ejército de Cambises. Un hecho que abandona el mundo de la leyenda para convertirse en realidad.

La maldición continúa

Sin embargo, los infortunios de Cambises no acabaron con el desastre de Siwa. Según relató el geógrafo griego Estrabón, que visitó Egipto en el siglo I antes de nuestra Era, el ejército que Cambises mandó para conquistar a los etíopes tampoco tuvo un buen final. El contingente en realidad estaba compuesto por un pequeño grupo de espías que pretendía encontrar la misteriosa Mesa del Sol, una extraña reliquia que se levantaba en el interior de un santuario cerca de la capital de Kush (la Etiopía de los autores clásicos), ciudad que podríamos identificar bien con Meroe o bien con la antigua Napata. Y hasta ese lejano lugar llegó la maldición de Amón.

Estrabón al hablar de las circunstancias que rodearon a las legiones romanas de Elio Galo en el sur de Egipto contra la mítica reina etíope Candace, una insólita mujer tuerta de comportamiento varonil, cuenta que “desde Pselchis fue hasta Premmis (dos poblaciones de Etiopía), una ciudad fortificada, después de pasar por las dunas de arena, en donde el ejército de Cambises fue aplastado cuando les sorprendió una tormenta de arena” (17, 1, 54).

Además, los persas no solamente tuvieron problemas con los oráculos egipcios sino que también se vieron derrotados por su soberbia al enfrentarse a los dioses griegos. Por ejemplo, en la antigua ciudad de Delfos existía el emplazamiento del famoso oráculo del dios Apolo, el segundo en importancia después del de Amón. Se encontraba en un lugar estratégico de la ladera suroccidental del monte Parnaso, en la región de Fócida, a casi 10 kilómetros del golfo de Corinto. Heródoto cuenta que los persas de Jerjes quisieron destruir el oráculo del dios griego, por lo que emprendieron el camino hasta el Parnaso. La razón era idéntica a la que les había llevado a destruir el oráculo de Siwa: un oráculo anunciaba la destrucción de los persas. Heródoto dice que (8, 35, 2) al llegar los persas al monumento se encontraron estupefactos que las armas sagradas de Apolo habían sido depositadas de forma sobrenatural frente a las puertas del templo. Además, “a la altura del santuario de [Atenea] Pronaia, de repente (estando el cielo totalmente despejado) unos rayos procedentes del cielo cayeron sobre ellos (…) aplastando a gran cantidad de soldados”. Los pocos efectivos del ejército persa pudieron contar que al mismo tiempo “dos hoplitas de una altura sobrehumana se lanzaron a por ellos y estuvieron matándolos y persiguiéndolos”.

No son casos únicos. La propia historia de las legiones romanas está plagada de acontecimientos similares en los que, burlándose de los poderes de los dioses egipcios, a los que llamaban bestias por su aspecto zoomorfo, acabaron sus días bajo las arenas del desierto.

Los pretextos de los dioses

Las tormentas de arena que se producen en el desierto egipcio pueden generar catástrofes como las que acabamos de contar. El prestigioso egiptólogo egipcio Ahmed Fakhry cuenta en su monografía sobre el oasis de Siwa a colación del misterio del ejército de Cambises, que en el año 1805 una caravana de 2.000 personas con sus camellos sucumbió a los efectos de la arena cuando estaban en ruta desde Darfur, al oeste del Sudán, hacia la ciudad de Asiut, en el Egipto Medio.

El espléndido viajero y perfecto conocedor del desierto líbico, Ladislaus E. Almasy, el mismo que inspiró la novela El Paciente Inglés llevada recientemente al cine, fue uno de los pioneros en buscar el ejército de Cambises. Este Padre del Desierto, tal y como era llamado por los beduinos egipcios, avezado especialista de todo lo que sucedía entre las espectaculares dunas del desierto, también aportó varias explicaciones a lo que podía haber sucedido al desafortunado despliegue persa. En sus diarios, escritos durante las largas noches de exploración por el Gran Mar de Arena, Almasy comentaba sorprendido si en ese mismo instante él no estaría descansando sobre alguna parte de las huestes sepultada. El explorador húngaro achacaba a la virulenta acción del quibli, el viento sur del desierto la formación de tormentas que eran capaces de acabar con todo lo que se interpusiera por medio. El quibli consiste en una serie de fortísimas e inesperadas ráfagas de viento acompañadas de una ola de calor insoportable. Algo que los antiguos egipcios muy bien pudieron haber interpretado como el aliento destructivo del dios Amón del oráculo de Siwa.

El rastro de Cambises

Existe un documento llamado el Manuscrito de Siwa en donde se recogen algunos de los acontecimientos más extraordinarios ocurridos a lo largo de la historia de este oasis. En él se puede leer cómo lo mismo que sucedió a Cambises pasó años después a dos ejércitos distintos. El primero era una tropa que salió del lugar con el fin contrarrestar la acción de los invasores musulmanes. Sin embargo, nunca pudo llegar a su destino porque, al igual que sucedió en el año 525 a. C., una tormenta de arena se tragó a todos los soldados.

El segundo hecho sucedió a un grupo de soldados de la tribu Tibbu, habitantes de los gigantescos oasis que se extienden al sur del Gran Mar de Arena, en el desierto occidental, y que se dirigían hasta Siwa con las mismas intenciones que Cambises: destruir el lugar y hacer prisioneros a todos sus habitantes. Pero al final corrieron la misma suerte que el rey persa. Los Tibbu perdieron todas sus huestes entre las dunas del tórrido desierto egipcio. El egiptólogo Ahmed Fakhry defiende que estos dos casos pueden ser perfectamente ciertos, si bien hayan recibido alguna influencia de lo sucedido con el ejército de Cambises a la hora de ambientar la historia.

A la caza del tesoro

La desaparición del ejército de Cambises ha desatado durante siglos la fantasía de los buscadores de tesoros quienes no ponen en duda el hecho de que bajo algún lugar del desierto puede encontrarse un tesoro arqueológico fascinante y sin precedentes que no solamente pondría fin al misterio de la venganza de Amón sino que aportaría una valiosa información sobre el ejército persa. Ahmed Fakhry en su monografía del oasis de Siwa cuenta cómo desde comienzos del siglo XX han sido numerosos los exploradores que se han acercado a las inmediaciones del Gran Mar de Arena, al sur del oasis, con coches o avionetas para intentar encontrar un tesoro incalculable de armas, trajes, mobiliario y demás enseres típicos del ejército persa que pudieran ser vendidos a las colecciones de los museos más importantes.

El que más cerca ha estado de descubrir el ejército ha sido Ladislaus E. Almasy. Éste aventurero y explorador llegó a encontrar al norte de Kharga (ciudad a la que Heródoto llamaba Oasis) una serie de alamat, es decir unos hitos de piedra que habían sido colocados allí por el ejército persa de Cambises. Pero nunca llegó a dar con el propio ejército, ni siquiera con sus restos.

La batalla de Poitiers.

La Batalla de Poitiers (conocida por la historiografía europea como Batalla de Tours para no confundirla con la Batalla de Poitiers de 1356) tuvo lugar el 10 de octubre de 732 entre las fuerzas comandadas por el líder franco Carlos Martel y un ejército islámico comandado por el valí (gobernador) de Al-Ándalus Abderrahman ibn Abdullah Al Gafiki cerca de la ciudad de Tours, en la actual Francia. Durante la batalla, los francos derrotaron el ejército islámico y Al Gafiki resultaría muerto. Esta batalla frenó la expansión islámica hacia el norte desde la Península Ibérica y es considerada por muchos historiadores como un acontecimiento de importancia macrohistórica, al haber impedido la invasión de Europa por parte de los musulmanes y preservado el cristianismo como la fe dominante durante un periodo en qué el islam estaba sometiendo los restos de los antiguos imperios romano y persa.

Los musulmanes, partiendo del noreste de la Península Ibérica habían sometido fácilmente Septimania, establecido Narbona como su capital (denominándola Arbuna), otorgando unas condiciones honorables a sus habitantes arrianos, y pacificado rápidamente el suroeste de lo que hoy es Francia, amenazando durante unos años los territorios francos. El Duque Odon de Aquitania (también conocido como Eudes el Grande) había derrotado decisivamente una importante fuerza de invasión musulmana en 712 en la denominada batalla de Tolosa, pero las razias árabes continuaron, llegando el año 725 a la ciudad de Autun en Borgoña. Amenazado por los árabes por el sur y por los francos desde norte, el 730 Eudes se alió con Uthman ibn Naissa, denominado «Munuza» por los francos, el emir bereber de lo que más tarde sería Cataluña. Como tributo, Eudes dio su hija Lampade en matrimonio a Uthman para sellar la alianza, y las razias árabes a través de los Pirineo (la frontera sur de Eudes) terminaron.

Aun así, el año siguiente Uthman se sublevó contra el valí de Al-Ándalus Al Gafiki. Sin embargo, éste acabó rápidamente con la revuelta, dirigiendo después su atención contra el antiguo aliado del traidor, Eudes. Según una fuente árabe no identificada, «Aquel ejército pasó por todas partes como una tormenta devastadora». El duque Eudes (denominado rey por algunos), reunió su ejército en Burdeos, pero fue derrotado y Burdeos saqueada. La matanza de cristianos en el río Garona fue especialmente terrible; según las crónicas de Isidoro Pacense (Incipit Epitome Imperatorum, Vel Arabum Ephemerides, Atque Hispaniae Chronographia Sub Uno Volumine Collecta) «solus Manantiales numerum morientium velo pereuntium recognoscat» (sólo Dios conoce el número de muertes). Las tropas musulmanas procedieron entonces a devastar totalmente aquella parte de la Galia, y sus propias crónicas afirmaron: «los creyentes atravesaron las montañas, arrasaron el terreno abrupto y el llano, saquearon hasta bien adentro el país de los francos y lo castigaron todo con la espada, de forma que cuando Eudes trabó batalla con ellos en el río Garona, huyó». Eudes pidió ayuda a los francos, una ayuda que Carlos Martel sólo le concedió después de que Eudes aceptara someterse a la autoridad franca. La derrota de Eudes le dio a Carlos Martel una oportunidad ideal para atacar a Al Gafiki, que había sufrido pérdidas en Burdeos.

En 732, una fuerza incursora árabe se dirigía en dirección norte hacia el río Loira, encontrándose fuera del alcance de sus líneas de suministro. Un posible motivo, según el segundo continuador de la Crónica de Fredegar, eran las riquezas de la Abadía de San Martín en Tours, la más prestigiosa y sagrada de aquel tiempo en el oeste de Europa. Al tener noticias de esta incursión, el Mayordomo de Palacio de Austrasia, Carlos Martel, reunío a su ejército, de unos 15.000 a 75.000 veteranos, y marchó hacia al sur.

Pese a la gran importancia asignada a esta batalla, el lugar exacto dónde tuvo lugar es desconocido. Muchos historiadores asumen que los dos ejércitos se encontraron en el punto dónde los ríos Clain y Vienne confluyen, entre Tours y Poitiers.

Carlos situó a su ejército en un lugar por dónde esperaba que pasara el ejército musulmán, en una posición defensiva. Es posible que su infantería conjuntada, armada con espadas, lanzas y escudos formaran una formación del tipo falange. Según las fuentes árabes, se dispusieron formando un gran cuadro. Ciertamente, dada la disparidad entre los dos ejércitos ?los francos eran casi todos soldados de infantería en tanto que los musulmanes eran tropa de caballería, ocasionalmente con armadura? Carlos Martel desarrolló una batalla defensiva muy brillante. En un lugar y en un tiempo escogidos por él, disponía de una fuerza muy superior a la de sus adversarios, derrotándola.

Durante seis días, los dos ejércitos se vigilaron con sólo escaramuzas menores. Ninguno de los dos ejércitos quería atacar. Los francos estaban bien equipados para el frío y tenían la ventaja del terreno. Los árabes no estaban tan bien preparados para el frío, pero no querían atacar a un ejército franco superior en número. La batalla empezó el séptimo día, puesto que Al Gafiki no quería posponer la batalla indefinidamente.

Al Gafiki confió en la superioridad táctica de su caballería, y la hizo cargar repetidamente. Sin embargo, esta vez la fe de los musulmanes en su caballería, armada con sus lanzas largas y espadas, que les había dado la victoria en batallas anteriores, no estaba justificada. En una de las raras ocasiones en las qué la infantería medieval resistió cargas de caballería, los disciplinados soldados francos resistieron los asaltos, pese a que, según fuentes árabes, la caballería árabe consiguió romper el exterior del cuadro franco varias veces. Pero a pesar de esto, la fuerza franca, numéricamente superior, no se rompió.

Según una fuente franca, la batalla duró un día ?según las fuentes árabes, dos. Cuando se extendió entre el ejército árabe el rumor de que la caballería franca amenazaba el botín que habían tomado en Burdeos, muchos de ellos volvieron a su campamento. Esto, al resto del ejército musulmán le pareció una retirada en toda regla, y pronto lo fue. Mientras intentaba frenar la retirada, Al Gafiki fue rodeado y finalmente muerto, y los musulmanes volvieron a su campamento.

Al día siguiente, cuando los musulmanes no volvieron a la batalla, los francos temieron una emboscada. Sólo tras un reconocimiento exhaustivo del campamento musulmán por parte de los soldados francos se descubrió que los musulmanes se habían retirado durante la noche.

El ejército árabe se retiró al sur, más allá de los Pirineos. Carlos se ganó su apodo Martel (martillo) en esta batalla. Continuaría expulsando los musulmanes de Francia en los siguientes años. Volvería a derrotar los moros en batalla cerca del río Berre y en Narbona.

La importancia de estas campañas, de la batalla de Poitiers y de las últimas campañas en 736-7 para eliminar las bases musulmanas en la Galia y eliminar la capacidad inmediata para ampliar influencia islámica en Europa, no puede ser menospreciada. Edward Gibbon y su generación de historiadores, así como la mayoría de expertos modernos convienen en que fueron indiscutiblemente decisivos en historia del mundo. Parece incuestionable que Martel dominó esta era de la historia de una manera pocos hombres hicieron. Sin embargo, a pesar de esta batalla, los árabes conservaron Narbona y la Septimania durante otros 27 años. Los tratados firmados anteriormente con la población local se mantuvieron firmes y se consolidaron incluso en 734 cuando el gobernador de Narbona, Yusuf ibn Abd al-Rahman al-Fihri, llegó a acuerdos con varias ciudades de la zona para defenderse contra las intromisiones de Carlos Martel, que se había expandido hacia el sur brutal y sistemáticamente a fin de ampliar sus dominios. Carlos falló en su intento de tomar Narbona en 737, cuando la ciudad fue defendida tanto por tropas musulmanas como por sus habitantes cristianos visigodos.

Contemporáneos cristianos, desde Beda el Venerable hasta Teófanes, el cronista bizantino, registraron cuidadosamente la batalla y fueron rápidos en extraer el que veían como sus implicaciones. Estudiosos posteriores tales como Edward Gibbon opinaron que, si Carlos hubiese sido derrotado, los árabes hubieran conquistado fácilmente una Europa dividida. Gibbon escribió que “Una marcha victoriosa se había extendido mil millas desde el peñón de Gibraltar hasta las orillas del Loira; la repetición de un espacio igual hubiera llevado a los sarracenos a los confines de Polonia y a las Tierras Altas de Escocia; el Rin no es más infranqueable que el Nilo o el Éufrates, y la flota árabe podría haber navegado sin una batalla naval hasta las bocas del Támesis”.

Algunas estimaciones modernas del impacto de la batalla se han apartado de la posición extrema de Gibbon, pero su conjetura recibe el apoyo de otros muchos historiadores. Aún así, dada la importancia que los registros árabes de la época dieron a la muerte de Al Gafiki y a la derrota en la Galia, y a la consiguiente derrota y destrucción de las bases musulmanas en los que ahora es Francia, es muy probable que esta batalla tuviera una importancia macrohistórica al frenar la expansión del islam en Occidente. Esta derrota fue el último gran esfuerzo de la expansión islámica mientras hubo todavía un califato unido, antes de la caída de la dinastía de los Omeyas en 750, sólo 18 años tras la batalla de Poitiers.