Historias de Shakn: soy muy madura, no te rías del amor

A simple vista, leyendo el título de la entrada, cualquier persona empieza a sentir cómo la mandíbula se afloja y aflora una sonrisa, ¿verdad? Evidentemente la historia bien merece un desarrollo, pero como aperitivo no está mal. Y es que he sido uno de esos usuarios de Shakn, una aplicación para teléfonos móviles cuya finalidad es, en principio, conocer gente. Luego vendría el “quién sabe” después de ese “conocer gente”, y eso depende de quién lo interprete. En el caso de ellos, conocer gente y sexo; en el caso de ellas, conocer gente y tener una relación formal.

La historia que me concierne hace mención a una chica, cuyo nombre no revelaré (no lo he hecho anteriormente y no lo haré ahora), que conocí en Shakn. Ella vio mi perfil, le gustó lo que vio, a pesar de que tampoco había (sí, pasado) muchos datos, y me escribió un mensaje. La cosa comenzó fluyendo bien, luego nos empezamos a escribir por whatsapp y ahí comenzaron las “historias raras”. En un proceso que ha durado pocas semanas, hemos pasado del “jajaja” al “no te rías del amor” sin que yo apenas me haya dado cuenta.

Yo soy como soy, no voy a cambiar hasta el día en que me muera y si algo cambio será porque considero que me hace peor persona, pero sinceramente, reírme de absolutamente todo menos de las desgracias ajenas (muertes, enfermedades graves, etc) no creo que me convierta en un ser malvado. Y sí, me río del amor, y me río de las personas que, en los tiempos en los que vivimos, creen en príncipes azules o en relaciones parejas estables basadas en el respeto, el cariño, la comprensión y todas esas cosas. Más aún cuando esas personas tienen una formación profesional y laboral, tienen ya una edad (la chica en particular superaba los 40 años) y, además, alardean de madurez.

Hace ya cosa de 2 semanas tuvimos una conversación que terminó tarde en la que ella me hablaba de su deseo de ser madre, muy respetable por cierto y muy comprensible habiendo superado la cuarentena, pero también me hablaba de su deseo de formar una familia con un hombre que la quisiera, la respetara, la tratara bien, etc. Es decir, ideales que, en mi opinión, no dejan de ser cada vez más utópicos. Y la gente madura, la gente con dos dedos de frente, se da cuenta de estas situaciones. Una cosa es querer ser madre y otra encontrar a ese hombre ideal que, montando un corcel blanco, se presenta en la puerta de su casa para salvarla de los males que corrompen el mundo. Que mi sobrina de 5 años piense así tiene un pase, porque tiene pocos años, pocas experiencias en la vida y le gustan mucho las películas de Disney. Pero que una persona hecha y derecha (se supone), con trabajo y responsabilidades, con una formación académica y unas experiencias en la vida, hable de la pareja como una especie de tabla de salvación para su miserable vida es, sinceramente, patético.

Si algo me ha enseñado la vida sobre el tema de la paternidad/maternidad y de las familias, es que las cosas no suelen ser como queremos. Está bien querer ser madre o padre, pero tengamos en cuenta que si eso lo hacemos con otra persona y las cosas no salen bien, los que van a sufrir las consecuencias de nuestros miserables actos van a ser los niños. Peleas, disputas, custodias, acuerdos de visita, manutenciones… ¿No sería mejor intentar evitar eso? ¿Y cómo? Hoy en día se puede ser madre soltera o padre soltero sin problemas, y tener una relación formal con otra persona a sabiendas de que, si esa relación fracasa (cosa harto probable), nuestro hijo seguirá siendo nuestro. ¿Eso es tan difícil de entender? Pongo un ejemplo: Mónica Cruz. Por unas razones o por otras decidió ser madre soltera, evidentemente con unas posibilidades económicas que no todo el mundo tiene, pero el tema sentimental o emocional no le preocupó en exceso. Le dará a su hijo/a el cariño que necesita, la educación, la comprensión. Porque eso necesita un hijo, y da igual si viene de una madre, de un padre, de un padre y una madre, de dos padres o de dos madres. Lo que un hijo no necesita es que haya dos figuras paternas que discutan, peleen, estén de mal humor y le usen de escudo pensando únicamente en su propio beneficio (el de las figuras paternas, se entiende).

Y más allá de la formación de una familia, está el tema de la creencia ciega en el éxito de las relaciones de pareja. No sé, yo debo vivir en una realidad paralela en la que hombres y mujeres se pegan, se gritan, se maltratan e incluso se matan, donde los divorcios son cada vez más numerosos y donde los matrimonios duran cada vez menos. Frente a esa realidad hay otra en la que hombres y mujeres viven en paz y armonía, por supuesto en pareja (lo que ellas quieren), y así hasta la muerte de ambos a una avanzada edad. Hay que joderse, quien no se ría de estas cosas es que no tiene dos dedos de frente.

Allá cada cual con su vida, yo seguiré riéndome de quienes creen en una vida así, vida que llevaron nuestros abuelos, de la que ya muchos de nuestros padres dudaron o a la que renunciaron y de la que nuestros hermanos y amigos no son capaces de aguantar ni un mísero año.

Ah, por cierto, ¿qué pasó con esta pobre chica? El viernes pasado, cuando supuestamente íbamos a quedar pero ella alegó que hacía mucho frío (me meo de risa), me saltó con el tema de que le gustaría que un hombre le regalara cosas, como un anillo y esas memeces que tanta ilusión les hace a algunas, y yo me jacté una y otra vez. Se puso chula, lo que me faltaba, y la muy cría me dijo, en resumidas cuentas, que no me riera del amor. Yo aguanté hasta ahí, porque gente descerebrada en mi vida ha habido mucha y no quería una más, y le dije que ni se le ocurriera volver a escribirme o llamarme. Fin de la cita.

Tercera historia de Livemocha: exotismo de Bangladesh

Nunca habría pensado que alguien de un país tan remoto como Bangladesh querría aprender el idioma de Cervantes y se pusiera en contacto para que le ayudara en la tarea. Doctora titulada y trabajadora, ella estaba interesada en aprender español porque tenía intención de trabajar y vivir en EEUU, especialmente en Nueva York, ciudad plagada de hispanohablantes. Sin embargo, en año y medio apenas tuvimos unas pocas palabras en español, todo era inglés y yo, a título personal, lo agradecí mucho porque me daba la posibilidad de rodarme algo más con el idioma.

Digamos que forjamos una amistad profunda en muchos aspectos pero demasiado antagónica en otros. Creo que una persona con más de 30 años, licenciada en medicina, conocedora de 4 idiomas y aprendiendo un quinto, no puede pensar siquiera un solo segundo en el amor como un hecho ideal, en la pareja como una meta lógica, en la vida familiar armoniosa y en todas esas cosas que parecen más típicas de una película de Walt Disney. Y eso, siento decirlo, me cabrea. Cada uno tiene sus posturas, sus opiniones, sus puntos de vista, pero ha de saber defenderlos con razonamientos lógicos, y cuando no es así, cuando uno se enroca en A pero sin argumentos, yo me cabreo.

Que mi sobrina de 5 años hable de amor verdadero tiene un pase, le gusta Frozen, le gusta Rapunzel y le gusta Bella (la de la bestia), pero tiene 5 años, ¿qué otra cosa va a pensar? Con 30 años la mente tiene que estar mucho más abierta, no puede ser que alguien piense de manera infantil. Eso explica, en gran manera, y desde mi humilde punto de vista, el alto grado de fracaso en relaciones de pareja y matrimonios que vivimos actualmente.

En temas de religión también chocábamos, aunque menos. Ella musulmana no estricta, yo católico no estricto. A ella le escocía el tema de la raza, no sé si era complejo o si realmente había tenido alguna mala experiencia en la vida, pero más de una vez me echó en cara que yo pertenecía al “poder blanco” y que yo me creía superior por el simple hecho de tener la piel blanca. Pues en eso me pasaba igual que con lo del amor, las cosas hay que razonarlas y si no me cabreo. Yo, que tengo amig@s de todos los colores, me importa un bledo si la gente es blanca, negra, amarilla o marrón, y que llegue alguien a decirme que me creo superior por ser blanco me parece ofensivo. Del mismo modo que me cabreo cuando esa persona me dice que me creo superior por vivir en el primer mundo, como si fuese culpa mía haber nacido en la Europa “desarrollada”.

Todos esos roces provocaban que dejáramos de hablarnos durante días, y eso pasó en varias ocasiones. Yo tengo mi personalidad, mi carácter y mi genio, no me pliego ante nadie ni ante nada, soy de esos que prefiere morir de pie que vivir de rodillas, defiendo mis ideas hasta las últimas consecuencias y a quien no le guste, ya sabe dónde tiene la puerta de salida.

Sin embargo, por una razón o por otra terminábamos retomando el contacto, y tanto la apreciaba que llegamos a hacer videoconferencias. Sí, yo, que durante 7 años tuve ordenador portátil y nunca usé, porque no quise, la webcam.

¿Qué fue lo que dinamitó del todo esta amistad? Los celos. A mí me cuesta entenderlo, no soy capaz de asimilar cómo una amiga puede sentir celos de un amigo que es soltero y tiene amigos y amigas. No soy un ligón, no soy un playboy, no soy un… y precisamente el hecho de no tener pareja me da la posibilidad de hacer lo que yo quiera cuando yo quiera, ¿qué problema hay con eso? Cualquier cosa que yo dijera terminaba derivando en un comentario sobre mis amigas. Si yo le decía algo bonito no le gustaba porque también se lo decía a mis amigas. Si yo tardaba 5 segundos en responder por whatsapp es que estaba hablando con mis amigas. Eso era insostenible.

Así que finalmente dejamos de hablarnos y, la verdad, espero no volver a saber nada de ella por mucho aprecio que la tuviera.

Segunda historia de Livemocha: desde Rusia con amor

La segunda historia de Livemocha que voy a contar tiene que ver con una chica de Rusia, concretamente de Crimea. Tampoco es que yo tuviera muy claro si realmente ella era ucraniana o rusa, por ese conflicto geopolítico que ha tenido lugar en la zona durante los últimos años, pero no me pareció relevante. Al final ella demostró tener cierto (escaso) interés por aprender español y a mí me vino bien para practicar mi inglés, que fue el idioma que usamos casi todo el tiempo.

Desde el principio tuve la sensación de que esa amistad iba a ser efímera, y es que ella andaba obsesionada con tener un novio. Madre ya soltera antes de llegar a los 30, me contaba con frecuencia sus devenires con el padre de la niña, de tan solo 3 años de edad. Móviles rotos, gritos, discusiones… y eso ya separados. No quiero imaginar cómo era antes. A pesar de tan desafortunada experiencia, bastante cotidiana hoy en día, ella nunca perdió la (absurda) esperanza de encontrar un hombre bueno, que la tratara bien y solo la quisiera a ella. Sí, un hombre que solo quisiera a una mujer. Y no, que no viviera en Marte.

Me hablaba de sus amigos latinoamericanos y me decía cosas malas de ellos: machistas, engreídos, mentirosos… Yo le preguntaba: ¿qué es lo que quieres? Y ella me decía que no sabía. Aunque en realidad yo creo que lo tenía muy claro: quería un novio. Como esos chicos no encajaban con su estricto concepto de pareja, creo que terminó desistiendo y, durante un tiempo, quizás solo unos días o tal vez unas horas, abandonó la idea de tener pareja.

Crimea no es un lugar muy populoso, y el pueblo donde ella vivía apenas tendría 5.000 habitantes, siendo generosos. ¿Eso qué quiere decir? Que las opciones reales que tenía de encontrar un novio en ese sitio eran escasas o nulas. De ahí quizás su intención de aprender español, para tener un “mercado” más amplio al que acceder.

Yo le decía que eso que quería era un tanto absurdo, y me hacía a la idea de que cualquier día dejaría de hablarme porque habría encontrado el “amor”. Pasaron las semanas y hablábamos con regularidad, pero había días en los que me hablaba de su “depresión” por no tener pareja. Virgen santa, que alguien pueda sentirse mal por no tener pareja con lo mal que está el mundo es sencillamente vergonzoso. Pero hay gente que es así, no merece la pena darle más vueltas.

A finales de año (2016) llegó el momento que tanto había pronosticado. Iba a decir “temido” pero eso sería mentir, no se puede temer algo así. Me dijo sencillamente que la semana siguiente no podría escribirme, y yo pensé que estando en una zona tan conflictiva de Rusia, pues sería algún problema de cortes de señal, de luz o qué sé yo. A veces intento pensar bien de la gente. Mal por mí. Volvió a la vida una semana después y me contó, con toda la alegría del mundo, que había estado con un chico español en Kiev durante esa semana. A mí eso me daba un poco igual, como si el chico español se hubiese muerto en un accidente aéreo, mi vida habría seguido siendo la misma, pero que me hubiese dejado de escribir por esa razón me sentó muy mal.

Ella, no esperaba yo otra cosa, no lo terminó de entender. Y se lo expliqué de un modo sencillo. ¿Me has dejado de escribir por una causa de fuerza mayor? No. ¿Me has desplazado como amigo por un encuentro con un chico? Sí. ¿Crees que me puedo sentir bien si una amiga me trata así? Pues ver para creer, pero le costó decir que no. Y traté de que lo comprendiera del todo haciéndole sentir, harto complicado tratándose de “amor”, un poco de empatía. Es decir, ¿qué le habría parecido a ella si yo le hubiese hecho eso mismo? Anda, pues me dijo que mal, jajaja. Así de patética es la gente. Me pidió perdón, yo se lo negué, y me insinuó que yo tenía que perdonarla porque eso hacen los amigos.

Claro, eso me hizo efervescer la sangre. Los amigos no hacen lo que hizo ella, y si lo hacen es porque esa amistad vale cero, pero luego esa misma gente tiene la desfachatez de decir que los amigos perdonan. ¿Cómo te voy a perdonar si has dejado nuestra amistad pisoteada y hundida? Ella insistió y me preguntó que cuándo le iba a perdonar. Peor aún, ¡daba por hecho que la iba a perdonar!

Así que corrí un tupido velo, pasé página y no he vuelto a saber de ella, gracias a Dios.

Primera historia de Livemocha: samba brasileña

No recuerdo si fue la primera persona que conocí en Livemocha o no, la memoria no me da para tanto y no me parece un dato significativo. Es la primera historia porque, de las tres de las que voy a hablar, ha sido la primera en terminar. Tampoco quiero dar nombres porque no viene al caso y quizás pueda herir sensibilidades, así que ella será, de ahora en adelante, simplemente ella.

La verdad es que su caso era de los sencillos en cuanto al aprendizaje del español se refiere. No solo por el hecho de la similitud entre el portugués y nuestro idioma, sino porque su nivel era realmente alto. Quizás su mayor problema era de práctica, y eso siempre tiene fácil solución cuando uno dispone de algo de tiempo libre. En su caso, los traslados desde su casa a las afueras de Sao Paulo hasta su lugar de trabajo le proporcionaban dicho tiempo.

Fuimos fraguando poco a poco una buena y, en mi opinión, alegre amistad. Fluida, sobre todo, y natural. Primero unos mensajes en Livemocha, luego unos textos en Whatsapp y más tarde conversaciones de voz. Conocí a finales de 2015, poco después de ingresar en Livemocha, que ella tenía planes de pasar sus vacaciones de 2016 en España. Agosto era el mes elegido; Madrid, Barcelona y Valencia las ciudades a visitar.

Yo estaba encantado, verla en Madrid en pleno mes de agosto era una idea excitante, enseñarle mi ciudad a una persona extranjera siempre es agradable, hablarle de los monumentos, los parques y los museos que abarrotan la capital de España. Así, a principios de 2016 ella compró los billetes de avión para su viaje, y yo quedé a la espera de que desarrollara sus planes para poder verla, aunque solo fuese un día (no soy quién para abusar de la confianza de los demás).

Sin embargo, a partir de marzo algo cambió. Y como no soy creyente de las casualidades, estimé y sigo estimando que lo que pasó fue que su ex novio había vuelto a Brasil después de pasar un tiempo trabajando en Europa. Digamos que nuestra amistad se enfrió, ya no escribía con tanta frecuencia, era más escueta, más fría, menos… ella. Yo se lo comenté con franqueza, no es algo que a una persona normal le agrade, no creo que a nadie le guste sentirse desplazado, pero ella me dijo que ese no era el motivo sino que, de repente, tenía más trabajo del habitual. Ese hecho, su distanciamiento, no cambió con el paso de los días, y su ex novio ya se había asentado de nuevo en Brasil. Insisto, no fue casualidad.

Llegó mayo, ella ya sabía que su viaje empezaría el 3 de agosto, y yo empezaba a impacientarme un poco porque no sabía qué día podríamos vernos. Ya había definido cuándo estaría en cada ciudad y yo tan solo esperaba que me confirmara un día para poder vernos. Pero tal confirmación no llegaba. Y para más inri, empezó a contarme que había retomado el contacto con un amigo madrileño que tenía una novia brasileña y que jugaba en un equipo de fútbol regional.

Yo seguía esperando, pero mi paciencia se agotaba, y más aún cuando ella me dijo que un día iría con ese “nuevo” amigo a hacer puenting a la sierra de Madrid. Es ahí cuando empecé a sentir ese rechazo, que se incrementó cuando al poco me dijo que, además de esa excursión, también iría al teatro con el susodicho amigo. ¿Y para mí habría algún día? Ya estábamos en junio, faltaban menos de dos meses para que llegara y seguía sin fecha.

Ese mismo mes, entusiasmada, me dijo: “¿a que no sabes quién irá a verme a Barcelona durante 5 días y coincidiendo con mi cumpleaños?”. Ante semejante emoción, pensé que Barack Obama y el mismísimo Papa serían los elegidos, afortunados ellos, pero no. Mi enfado comenzó a hacerse palpable cuando me dijo que su ex novio era el afortunado. Para empezar, porque parecía que todo el mundo tenía prioridad para estar con ella y yo era, como le dije en su día, el último mono. Y para seguir, porque me pareció tan raro, extraño, incomprensible y una larga lista de sinónimos relacionados con la rareza, que le hiciese tanta ilusión que su ex novio fuese a verla, que no pude evitar comentarle si le parecía normal esa situación. Pensó, cosa que no entiendo, que yo me contagiaría de esa ilusión, como si a mí su ex novio me importase una mierda, y como si yo considerase normal tener una buena y sana relación con una ex pareja.

No sé, yo miro a mi alrededor y veo que la gente normal tiene una mala relación con su ex pareja o directamente no tiene relación alguna. ¿Pero llevarse tan bien y pasar X días juntos en una ciudad de otro país, pasando unas vacaciones? Eso, claramente, es enfermizo. Y en cierto modo, se lo hice saber. Quedó desiluisonada, pero está claro que no fue ese el motivo por el que siguió sin darme fecha porque hasta entonces no me la había dado y su ex novio no había saltado a la palestra.

¿Qué pasó después? Entramos en julio. Sí, queridos lectores, faltaba un mes para que viniera y seguía sin darme fecha. Pero sucedió algo que me tocó la moral definitivamente. El 4 de julio, el día de la independencia de los EEUU, fue mi cumpleaños. ¿Saben ustedes quién tuvo la desfachatez de no felicitarme? Sí, ella. Al día siguiente, ya cansado del tema, le canté las cuarenta. Sobre mi cumpleaños dijo que no se había acordado, pero las personas normales saben que, hoy en día, existen mil formas de recordar esas fechas tan señaladas. Por ejemplo, y para no ir muy lejos, Facebook envía una notificación y un email con los cumpleaños del día entre nuestras amistades. Es evidente y obvio que ella vio en su teléfono ambas cosas, pero no le dio la gana de felicitarme porque no le había felicitado por su futuro encuentro con su ex y porque yo aún insistía en quedar un día durante su estancia en Madrid.

Añadiré en este punto, poco antes ya de concluir, que le ofrecí alojamiento por si lo necesitaba, que en mi casa tendría una cama y una habitación para ella sola si lo consideraba oportuno (eso fue allá por febrero de 2016), y ella me lo agradeció… ya han visto ustedes cómo.

Avanzó julio y ya ni siquiera me escribía, así que opté por ser sensato y dejarla en el lugar que le correspondía. La bloqueé en Instagram, Facebook y Whatsapp y me quedé más ancho que largo.

Malditos cobardes

Imagino que el título de la entrada parecerá poco específico para quienes lo lean, puesto que la sociedad en la que vivimos está llena de cobardes. Pero voy a intentar ir acotando para que las personas que lean la entrada entiendan bien a quiénes me refiero. Porque en este caso en particular, la cobardía de la que hablo no tiene que ver con situaciones en las que nuestra vida está en peligro. Entiendo que en un momento así, una persona sienta miedo y pueda huir de una situación en la que podría perecer o sufrir algún daño físico de gran relevancia.

Me refiero a esas personas soberbias y chulas que alardean de lo magníficos que son, de lo bien considerados que están por la sociedad, no solo como personas sino muy especialmente por sus actos. Nadie vaya a pensar que estoy hablando de un bombero que salva vidas en un incendio o un policía que pone fin a un secuestro. Esa gente es valiente, no me cabe la menor duda.

Por aclarar un poco más, me refiero a esa gente que se cree moralmente intachable y luego se aprovecha de la bondad o la debilidad de los demás para cometer sus tropelías. Sé que cobarde es un término aplicable al caso, como también lo son ruin, miserable, canalla, bellaco y una serie de insultos que prefiero no poner aquí.

La gente así duele, causa malestar, ira, dolor, rabia e indignación, entre otras muchas cosas. Pero ese sentimiento se multiplica considerablemente cuando quien hace esas cosas es un familiar muy cercano, como un hermano o, peor aún, nuestro padre. Llegados a este punto, el lector se preguntará si me he visto recientemente en una situación así, y la respuesta es que sí. Hace dos días, sin ir más lejos. ¿Y voy a escribir sobre ello? Evidentemente, sí. Y como la historia es larga, intentaré abreviarla lo más posible.

El pasado domingo (hoy es martes) falleció mi abuela a los 93 años de edad. En 2007 mis padres se divorciaron porque mi padre (hijo de mi abuela recientemente fallecida) le era infiel a mi madre. Es decir, tengamos en cuenta que han pasado 9 años desde el divorcio y 10 desde que se descubre la infidelidad. Mi padre ha seguido durante estos 10 años manteniendo esa relación sentimental, distanciándose irremediablemente de sus hijos y de sus nietos, a los cuales casi no conoce. Durante esos 10 años, mi padre nunca tuvo el valor de decirle a su madre que tenía una relación con otra mujer. ¿Por qué? Bueno, opciones hay varias, como el hecho de que mi abuela era muy conservadora, o el hecho de que la novia de mi padre tenga 35 años menos que él.

Llegamos al sábado 21 de mayo de 2016 y mi abuela deja de recibir alimentos y es sedada, con lo que solo queda esperar el momento de su fallecimiento. Éste se produce al día siguiente, domingo 22 de mayo. Con un sentimiento de profunda tristeza, voy con mi madre y mi hermana mayor al hospital porque allí está la familia, destrozada, lamentando la muerte. Bueno, toda la familia no está destrozada. Hay un hijo que no llora la muerte de su anciana madre. Hay un hijo que, en un día tan duro y tan señalado, no ha tenido mejor idea que llevar a su novia, 35 años menor que él, al hospital. Esa novia de la que nunca tuvo noticia su madre, porque él no es más que un cobarde, un miserable, que no ha tenido mejor idea que presentar en sociedad a su pareja el día en que su madre abandona el mundo.

En ese momento la ira me sobrepasaba, y más aún cuando, después de abrazarme con varios primos y tíos, me lo encuentro a él, me da dos besos (ningún pesar en sus gestos) y me dice en voz baja algo así como: “Ha venido Soraya, a ver cómo lo arreglamos”. Esa frase, lapidaria y patética, me la suelta a un metro de la habitación del hospital donde yace el cadáver de su madre, de mi abuela. Cobarde. Miserable. Porque no tienes otro calificativo. Porque no sientes pena por lo que ha pasado ni por lo que están pasando los que están a tu alrededor. Vuelve a la cueva de la que has salido.

Pero aquí no acaba la cosa, por supuesto. Ella, su querida novia, está en una sala cercana pero invisible a los demás, porque también hay que tener valor o falta de cerebro para presentarse en una ocasión así ante toda la familia. Evidentemente, Dios los cría y ellos se juntan, porque un descerebrado no se va a juntar con una persona inteligente, ¿verdad que no? Yo no la veo, tengo cosas mejores en las que pensar. Llega el momento de sacar el cadáver de mi abuela y llevarlo al tanatorio, que está situado muy cerca, así que vamos todos saliendo a la entrada principal del edificio. Se hacen un par de corros en los que hablamos, tragando nuestras penas y nuestro dolor, cuando aparecen mi padre y su novia y sin mediar palabra ni gesto alguno, se van de allí. Y ahí empiezo a desahogarme, no contra él porque la situación habría sido demasiado desagradable, pero sí en voz alta, porque me puede la cólera, porque no entiendo que alguien pueda ser tan inmoral y tan indecente. Me piden que me calme, lo hago de mala gana, y vamos al tanatorio.

¿Cree alguien que aquí termina la historia? No… Porque a todo ésto hay que sumar un día más, el de la misa y posterior entierro, que fue ayer (lunes) y otro actor principal, mi hermano mayor, que es una copia bastante parecida a mi padre. Resulta que el caballero no se presentó en el hospital en todo el fin de semana, cuando mi abuela estaba sedada desde la mañana del sábado y podía fallecer en cualquier instante, y tampoco lo hizo el domingo una vez hubo muerto. ¿Dónde estaba? Apostaría mis manos a que estaba con su amante. Porque mi hermano está en proceso de divorcio por ponerle los cuernos a su mujer, igual que hizo mi padre, que también es suyo y al cual ha salido en muchos aspectos.

Volviendo al domingo, ya por la tarde y en el tanatorio, ya tarde apareció mi padre nuevamente con su novia. Esta vez si le vi la cara, otra sinvergüenza con menos capacidad mental que una ameba. Me pareció sencillamente fea, por dentro y por fuera, una mala persona. A mi padre ni le dirigí la mirada, mucho menos palabra o saludo alguno. Cuando nos fuimos a casa, tampoco me despedí de él. Creo que mi relación con él ha variado de escasa pero correcta a nula y desagradable.

Ya el lunes celebramos la misa y el posterior entierro. No saludé a mi padre, y ya comenzada la misa apareció, oh sorpresa, mi hermano, al cual no veía desde la incineración de mi tía, el pasado mes de febrero. Veía a mi tío llorando, a mi tía llorando, a la prima de mi abuela llorando, a mis primos llorando, a mis hermanas llorando, a mi madre llorando, a mi padre… no, el muy desgraciado no lloraba, y al lado estaba su novia, increíblemente. Ella cómo iba a llorar, si en 10 años no había conocido a su suegra porque el bellaco de su novio no tuvo valor para presentársela. Y salimos de allí, no saludé a mi hermano, mucho menos a mi padre, y fuimos al cercano cementerio, donde con bastante dolor (no todos, porque algunos pensaban en otras cosas) vimos bajar el ataúd de mi abuela hasta no volver a verlo.

De ahí salimos a la calle y nos despedimos de todos menos de dos personas: de mi padre y de mi hermano, el cual nos impide ver a sus hijos (mis sobrinos) porque no aceptamos a su novia (la de los cuernos), pero su ex mujer sí nos deja ver a los niños así que todos salimos ganando menos él. El karma, por cierto, existe y creo que aún no ha terminado de ajustar cuentas con mi padre y con mi hermano. No deja de resultarme curioso que mi padre no tenga relación alguna con sus hijos ni con sus nietos, mientras que su hermano mayor es adorado tanto por sus hijos como por sus nietos (y sobrinos, me atrevería a decir). En cuanto a mi hermano, no es más que un mentiroso con mucha labia y soberbia pero poco fondo de armario, un cobarde más.

A rey muerto, rey puesto

El refranero español es muy grande, no solo por la cantidad sino también por la calidad de los refranes que podemos usar a diario. No es que vaya a comentar el significado del que da título a esta entrada, sino que quiero aplicarlo a una cosa que me ha pasado recientemente con una amistad. Aunque quizás en este caso el rey se haya suicidado, pero lo mismo da que da lo mismo.

Creo que la facilidad que tenemos actualmente para conocer personas de cualquier parte del mundo hace que convirtamos a los amigos en meros objetos, los cuales desechamos una vez nos hemos cansado de ellos. No es mi caso, yo valoro mucho las amistades, aunque llega un punto en el que éstas no me valoran a mí y ahí poco o nada puedo hacer, salvo esperar y ser paciente. Ese hecho, esa cosificación que se hace, provoca que muchas de las amistades duren poco o nada, acaso unos meses. Raro es que tengamos una amistad que se prolongue en el tiempo, salvo aquellas que hayamos forjado en tiempos pasados, como las del colegio.

El ejemplo que quería explicar trata de una amistad femenina, situada en el continente Sudamericano, que hace pocos días decidió que yo ya no podía formar parte de su maravillosa (sarcasmo) vida. No es algo que me preocupe, no es la primera vez que me lo hacen y no será la última. No me siento culpable de ser cómo soy ni de tener una forma de ver las cosas diferente al resto, pero sí tengo claro que el mundo está lleno, abarrotado de gente con la que poder mantener sanas conversaciones. Así que no he tenido problema en echarle el ojo a otras personas de ese mismo país y entablar nuevas conversaciones que, espero, fructifiquen en buenas amistades, aunque asumo que serán temporales.

Sé que mi mentalidad al respecto puede parecer algo extraña, pero tengo claro que una cosa es lo que yo quiero y otra es lo que la otra persona quiere. Si yo quiero una amistad y la otra persona quiere algo distinto, aunque no sea específicamente conmigo ni en este mismo instante, lo más probable es que la amistad termine antes o después. Pero me gusta vivir día a día, porque mañana no sé si estaré vivo o muerto, la vida cambia mucho y en bastantes ocasiones esos giros no dependen de nosotros.

Hipocresía se escribe con H, como hiena, honesto y hereje

A priori parecen palabras poco o nada relacionadas, pero buscando un doble significado a las mismas podemos darnos cuenta de que no. Comencemos con la primera, que es la que realmente me ha llevado a escribir esta entrada.

Hipocresía: fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Esta definición, dada por el diccionario de la RAE, se aplica a aquellas personas que, por ejemplo, van diciendo lo que los demás tenemos que hacer o no hacer mientras ellas hacen todo lo contrario. Es decir, una persona te dice que defraudar a Hacienda es malo, o te dice que Rodrigo Rato es malo, pero esa misma persona se lleva su dinero a un paraíso fiscal sin que el Estado tenga constancia de ello. En ese sentido creo que cabe cierta persona que aconseja a otra que se busque una novia mientras ella no tiene y no hace sino demostrar lo asquerosa que puede llegar a ser, en este caso en particular, una novia. También cabría el caso de un padre que aconseja a su hijo formar una familia mientras él tiene varias aventuras extramatrimoniales.

La hiena es ese animal africano, carroñero por excelencia, que se asocia también a un tipo de persona poco agradable, demasiado voraz, demasiado arisca, poco alegre. Yo he conocido gente así. Poca, por suerte, demasiado miserable como para andar mucho tiempo rondando mi espacio vital. Pero la hay, y es bueno tenerla lejos, como a los hipócritas.

El honesto es aquel individuo honrado, sincero, de esos que tanto cuesta ver en estos tiempos que corren. Imaginemos un político honesto… parece difícil, ¿verdad? Los hay, claro que los hay, y seguramente sean mayoría, pues los corruptos, los que no son honestos, son precisamente como las hienas, gente hipócrita que se ha vanagloriado de luchar contra la evasión fiscal mientras él era el primero en ponerla en práctica (Rodrigo Rato, claro está).

Y finalmente queda la palabra hereje. En un sentido literal, se trata de aquella persona que niega alguno de los dogmas establecidos en una religión. Sin embargo, en nuestra sociedad un hereje no se relaciona tanto con la religión como con los dogmas de la sociedad en sí mismos. Una persona que, por ejemplo, tiene a bien destruir una amistad con las peores artes posibles. Para mí, esa persona es hereje.

Es aconsejable mantener lejos a este tipo de escoria social, pues lo único que harán será amargarnos la existencia, o al menos intentarlo, pues está en nosotros ponerles freno.