La venganza del Tiempo (Tiempo de oráculos)

Hoy le voy a dedicar una entrada al primer, y espero que no último, libro escrito por mi hermana. Se titula “La venganza del Tiempo”, y es parte de una futura saga llamada “Tiempo de oráculos”.

La página web se puede encontrar aquí: Tiempo de oráculos. De momento, como el tema económico está muy mal, lo ha publicado solo en formato digital y se puede adquirir a través de la página web de Amazon.

Está ambientado en la época actual pero tiene necesarias conexiones con la Grecia clásica, los dioses a los que adoraban en aquella época y los oráculos a través de los cuales se comunicaban con los humanos. Pero mejor que hace yo un resumen del libro os pongo el que ha hecho ella para la venta.

El Orden estaba establecido y las divinidades que surgieron del Caos debían mantenerlo. Pero ni siquiera los dioses estaban a salvo de la seducción del poder. Los dioses Primigenios cedieron el poder a la siguiente generación y Urano ocupó el trono. Sin embargo, el mal uso del poder que se le había concedido provocó que su propio hijo Crono, dios del tiempo, se lo arrebatara ayudado por la generación de los Titanes. Urano fue encerrado con sus seguidores en el Tártaro, el dantesco infierno griego, tras profetizar a Crono que él también sería traicionado por uno de sus hijos y perdería el cetro divino. Para evitar que su destino se cumpliera, Crono devoraba a sus hijos en el mismo momento en el que Cibeles, su esposa, los traía al mundo. Pero la diosa no pudo soportar aquel tormento y al nacer Zeus, el último de sus hijos, engañó a Crono entregándole una piedra envuelta en una manta. El dios del tiempo, perdido en su locura, no advirtió el engaño de Cibeles y devoró la piedra. Su hijo Zeus fue escondido en la isla de Creta y protegido por las sacerdotisas de Cibeles. Cuando tuvo edad para comprenderlo, Zeus conoció su historia y decidió rescatar a sus hermanos y terminar con el dominio delirante de su padre. Ayudado por Mantis consiguió que Crono bebiera una pócima que le hizo expulsar a todos sus hermanos, así como la piedra y la manta. Los dioses encerrados en el Tártaro fueron liberados y ayudaron a Zeus a derrotar a Crono y los suyos, y encerrarles en el infierno. A partir de aquel momento Zeus reina desde el Monte Olimpo y el Orden mantiene su equilibrio. Pero el descubrimiento fortuito de un santuario antiguo en Grecia, en la isla de Hydra, va a poner en peligro el Orden. Las puertas del Tártaro se han abierto y Crono ha sido liberado junto a los dioses que le apoyaron en sus guerras anteriores.

Para recuperar el poder, Crono tiene que recobrar la piedra que devoró como si fuera uno de sus hijos y la manta que la envolvía, porque esa piedra se convirtió en el omphalos, el ombligo del mundo, el centro de todo lo que existe. Acudió a buscarla a Delfos, pero la que encontró no era la auténtica. Necesitaba saber en qué lugar de la Tierra estaba escondida.

Viaje a Grecia, junio de 2009

Espero equivocarme al asegurar que este será mi último viaje en el presente año, y no puedo quejarme realmente porque a principios de 2009 ni siquiera esperaba salir del país, y sin embargo, 6 meses después, he podido visitar Florida y Grecia, una vez más, aunque esta vez tocaba el Peloponeso.
Lo primero que debo decir es que a uno le genera cierto miedo el hecho de ver que 2 días después de volver de Miami, un Airbus de la compañía Air France desaparece en mitad del Atlántico y poco después se confirma que ha sufrido un accidente. Es obvio que las estadísticas están ahí y que es más probable morir alcanzado por un rayo que en un accidente de avión, pero… ¿qué control tenemos nosotros sobre algo así? Pensemos que en un solo día hay miles de vuelos en todo el mundo y apenas hay algunos accidentes a lo largo del año. Parece obvio que esto es como la lotería, las probabilidades son escasas pero siempre están ahí. Y para más inri, el avión siniestrado era de la compañía Airbus, el mismo en el que volé yo en ambas ocasiones: A340 para Florida (a la ida y a la vuelta), A321 para Atenas y A320 para Madrid (el mismo modelo que el del accidente de Air France). No creo que podamos ser fatalistas, hay que confiar en que todo saldrá bien, y que en el mismo momento en el que escribo estas palabras hay cientos de aviones surcando los aires de este planeta. Si tiene que tocarme, me tocará, al igual que la lotería (ojalá sea pronto esto último).
Bien, me centro en el viaje. Lo primero que uno debe hacer es el check in online, bastante útil para ahorrar tiempo de espera en el aeropuerto pues uno puede llegar casi a la hora del embarque. Valga decir que a la vuelta llegué a la puerta de embarque y ya habían empezado a subir gente al segundo autobús… Aproximadamente, el vuelo hasta Atenas dura unas 3 horas y media. Iberia tiene a bien dar una comida a la hora y media de haber despegado, algo que se agradece al aterrizar en el destino. Allí me esperaba mi amiga Dora, que no se había quedado dormida Ojos en blanco

Desde el aeropuerto internacional de Atenas, el Eleftherios Venizelos, nos dirigimos hacia Cabo Sounio, donde podemos encontrar el Templo de Poseidón (4 euros la entrada). Este cabo se encuentra al sureste de Atenas, no muy lejos.

Templo de Poseidón (Sounio)
El día 22 no daba para mucho más, así que después de ver el templo nos dirigimos de vuelta a Atenas, concretamente a Gerakas. Dejé mi maleta en casa de Dora y nos fuimos a un sitio bastante bueno para cenar, situado en el parque Alsos Papagou. Yo pensé que sería una zona bastante pija, por lo que vi al entrar, pero luego no resultó ser así, sobre todo por el precio. Así que nos metimos en un restaurante italiano con una terraza muy buena y yo me comí unos macarrones carbonara que estaban muy buenos. De ahí volvimos a casa de Dora para dormir. Al día siguiente empezaría realmente nuestro viaje por el Peloponeso.

El día 23 salimos desde Atenas en dirección a Corinto. Aproximadamente hay una en coche, pero en Grecia son un poco acelerados y se puede llegar en 45 minutos, peajes incluídos. ¿Qué se puede ver allí? Básicamente 2 cosas: Antigua Corinto y Acrocorinto. No hay un orden lógico de visita, pero lo primero que podemos encontrar es la antigua ciudad griega de Corinto, que dista a pocos kms de la actual ciudad. El estado de conservación es razonablemente bueno y hay que pagar 6 euros por entrar. Si no queremos pagar, siempre podemos optar por echar un pequeño vistazo desde fuera, aunque nunca será lo mismo, y podemos ver gratuitamente los restos del Odeón y del teatro romano, aunque de éste apenas se conserva nada. Muy diferente de esto es lo que podemos ver en Acrocorinto, lo cual exige coger el coche para desplazarnos hasta allí. El acceso es gratuito, y me parece que el motivo no es otro que su dificultad para ser visitada. Se trata de una fortaleza que fue pasando por varias manos (francos, otomanos, etc) y que la única forma de ser visitada es a pie. Las piedras son resbaladizas, el calor era insoportable y la ascensión demasiado larga. Nos quedamos a media altura, era imposible llegar hasta arriba del todo sin morir en el intento, y si uno va de vacaciones prefiere tomarse las cosas con cierta calma. Así que bajamos, no sin ciertos apuros, y nos fuimos hacia la playa más cercana, a unos 10 minutos en coche, con el objetivo de comer. Después, tranquilamente, cogimos el coche y nos fuimos hasta Trípoli, donde íbamos a pasar la noche. El hotel elegido fue el Anaktorikon, situado en buena zona pero con algunos incovenientes: tiene un parking fuera del hotel y tan solo para 6 coches (minimalista), así como el hecho de que algunas habitaciones dan al exterior y la música de los locales cercanos puede ser molesta.

Antigua Corinto Acrocorinto

El día 24 fuimos desde Trípoli hasta Esparta, la ciudad del rey Leónidas, famoso por la película de 300 y más famoso por la batalla de las Termópilas contra el ejército persa de Jerjes. A 5 kms de allí se encuentra Mystras, una ciudad de origen bizantino que fue fundada por los francos en el año 1249. Digamos que la ciudad se divide en dos partes según la altura, la ciudad alta (donde está el castillo) y la ciudad media. A ambas se puede llegar en coche hasta cierto punto. En la parte de abajo es donde podemos encontrar la mayoría de las cosas, como muchas de las iglesias y la Metropolis. Arriba podemos visitar, principalmente, los restos del castillo. El acceso al recinto son 5 euros y, en mi opinión, merece la pena hacer el esfuerzo (porque requiere algo de esfuerzo físico, hay que andar bastante y sobre todo subir y bajar muchas cosas, especialmente en el caso del castillo). La visita puede durar, aproximadamente, unas 2 horas. Después de eso, fuimos a nuestro hotel, el Byzantion, en la ciudad moderna de Mystras. Muy bien este hotel, muy tranquilo, no muy moderno pero con wifi, buen desayuno, una piscina muy bonita y, en nuestro caso, unas vistas geniales. Sin embargo, como el clima no acompañaba demasiado, nos fuimos a pasar el resto de la tarde a Esparta. Esta ciudad es algo bulliciosa, sobre todo la zona que está cerca de la avenida principal. Además de poder tomar algo en Spartis Square, podemos ir andando hasta el Ethniko Sparti, un polideportivo donde había mucha gente corriendo o practicando fútbol y que destaca por estar presidido por una estatua de Leónidas. Un poco más lejos, y andando, podemos encontrar la antigua Acrópolis de Esparta, que apenas conserva nada interesante, y el teatro de la antigua ciudad, que está en un estado bastante bueno. Después de cenar, y como el día ya tocaba a su fin, nos fuimos de nuevo al hotel para dormir.

Mystras Leónidas (Esparta)

El día 25 fuimos en coche hasta Monemvasia, un pueblo dividido en 2 partes: la moderna y la antigua. La moderna ha crecido en el lado peninsular y la antigua se asienta en una pequeña isla que está unida a la península a través de un puente. Pero algo que queríamos hacer antes de ver la ciudad era disfrutar un poco de la playa… Y es que unas vacaciones en junio, en un sitio así, son probar la playa es una locura. No recuerdo el nombre de la playa en la que estuvimos, pero sí creo recordar dónde estaba, en dirección al sur desde Monemvasia, a unos 5 kms. De hecho, me atrevería a decir que es esta. Una playa muy tranquila, con poca gente y buenas vistas. Tras pasar bastante calor y comprobar, para mi gusto, que el agua estaba un poco fría, nos fuimos a ver la ciudad antigua, situada dentro de la isla. Para llegar allí lo mejor es usar el coche y dejarlo lo más cerca posible de la entrada a la ciudad, aunque pueda no resultar sencillo. Lo primero que se ve es unas pequeñas calles, estrechas y bastante bien conservadas o restauradas, llenas de pequeñas tiendas, hoteles, bares y restaurantes. Es muy bonito, y desde los restaurantes las vistas son muy buenas, merece la pena comer allí. Lo único realmente malo, y vuelvo a acordarme de Acrocorinto y Mystras, es que para subir al castillo o lo que queda de él, hay que ir a pie. No es un problema del esfuerzo físico, sino del calor que hace en verano. Pienso que si el visitante pudiera elegir entre un medio de subida automático (un ascensor o un funicular) el sitio sería más rentable de explotar, turísticamente hablando. No sé, como ejemplo me vale la Cueva de los Vientos, en las cataratas del Niágara. En el lado americano, para bajar a este sitio, existe un ascensor que va por dentro de la roca y que facilita mucho el acceso a un lugar tan bonito de ver. Todo llegará, supongo. El caso es que las vistas desde arriba son muy buenas, y para una vez que voy… pues hay que subir, ¿no? Después del descenso, fuimos hacia el coche porque necesitábamos una ducha en el hotel, el Panorama (muy buenas vistas, internet, desayuno y no muy caro). Por la tarde-noche nos fuimos de nuevo a la ciudad antigua porque el ambiente es algo diferente. Pero sin duda me quedo con una cosa que no muchos son capaces de apreciar, creo yo. Cuando salimos de la ciudad antigua e íbamos al coche, lo espectacular estaba sobre nuestras cabezas, y es que un cielo sin contaminación lumínica ni de otro tipo ofrece unas vistas increíbles del firmamento, así como la posibilidad de ver la Vía Láctea, nuestra galaxia. Es la segunda vez en mi vida que la veo con tanta claridad y es muy bonito.

Monemvasia Monemvasia Monemvasia

El día 26 no había gran cosa que hacer, pero aún así aprovechamos para estar por la mañana en la playa y tomar algo el sol, que a mí me hacía bastante falta. Después de eso nos fuimos a Gythio, un pueblo situado al sur de Esparta y donde comimos y nos tomamos algo para luego coger la carretera y volver a Atenas.

Gythio
El día 27 ya tocaba volver a Madrid…

Viaje a Grecia, junio de 2008

Grecia ha sido el país número 14 que visito (es el tercero de 2008, creo que el año que más viajes he hecho fuera de España), y debo confesar que me ha gustado. En total he pasado allí 6 días, aunque no completos. Llegué el miércoles 4 de junio por la tarde y me fui el lunes 9 de junio por la tarde. Creo que los horarios de los vuelos fueron perfectos, y tanto el vuelo de ida como el de vuelta también. Salí de la maravillosa T4 de Madrid – Barajas a las 12 del mediodía. Creo que no me cansaré de decir que es la terminal aeroportuaria más bonita que he visto nunca, y eso que he estado en muchos aeropuertos. No deja de resultar curioso que el aeropuerto de Atenas, el Eleftherios Venizelos, construido para los Juegos Olímpicos de 2004, es un edificio vulgar, pequeño y poco amplio, funcional pero simple… Comparado con el aeropuerto que ha construido Sir Norman Foster para Beijing, es feo y aburrido. El caso es que me encanta la T4, todo un acierto para el aeropuerto más importante del sur de Europa y uno de los más importantes del mundo por volumen de pasajeros.

Volviendo al viaje en sí, fue la primera vez que usé el check-in on line y creo que lo usaré siempre que pueda. Poder escoger el asiento antes de llegar al aeropuerto y tener la posibilidad de ir tranquilamente al aeropuerto con menos de una hora de antelación no tiene precio. A la ida pude escoger la fila 12, asiento D, un buen sitio para luego no perder mucho tiempo a la salida del avión. Curioso me resultó también la distancia entre los asientos, más amplia de lo habitual (al menos para mí, que suelo ir siempre muy comprimido). Además, nos dieron de comer, cosa que yo pensaba que había suprimido Iberia de todos sus vuelos no intercontinentales. Teniendo en cuenta mi experiencia en el viaje a Praga, con todos los niñatos (ojalá se pudran), o mi viaje a Dublín, que iba algo apretado en el asiento, estos vuelos han sido maravillosos.

Llegué a Atenas el día 4 por la tarde, a la hora prevista. Al no llevar una maleta grande, uno se ahorra la espera en el aeropuerto para que salgan las maletas del avión. Directamente va a la salida, mientras que muchos viajeros tienen la necesidad de esperar unos minutos (a veces pocos, a veces muchos). Así fue que salí para encontrarme con mi amiga Dora, aunque no estaba seguro de si estaría allí, por cosas de su trabajo… ¡¡Sin embargo allí estaba, esperándome!! Qué amiga tan guapa tengo, ¿verdad? El caso es que fuimos a buscar el coche de su hermana (y digo “buscar” porque no se acordaba de dónde estaba exactamente). Qué decir del coche… un poco cascajo, viejo, un Opel Corsa sin aire acondicionado, dirección asistida… esas comodidades que tienen los coches hoy en día, pero que nos llevó sin problemas cerca de su casa. Ahí pudimos coger el Metro, concretamente la línea 3, parada Doukissis Plakentias, en dirección al centro de la ciudad, parando en la estación de Syntagma. Siendo ya por la tarde, lo que hicimos fue dar una vuelta por la zona, ver la Acrópolis de cerca (pero sin subir), tomar algo… En cuanto empezó a refrescar, decidimos volver a la parada de Metro para ir a casa de Dora. Curiosamente, allí cenamos mientras veíamos una de las peores películas que hay: The fast and the furious. Sinceramente, es un bodrio patatero, infumable y penoso, pero teniendo en cuenta que mi nivel de griego es muy bajo, y allí las películas se emiten en inglés con subtítulos en griego, era la mejor opción para ambos. Debo reconocer que fue gracioso, porque la película tiene puntos muy graciosos aunque no sea esa la intención, y nos reímos mucho.

Al día siguiente, teníamos nuestra primera excursión: Nafplio. Se trata de un pueblo costero situado al suroeste de Atenas y que destaca especialmente por el castillo de Palamidi, construido por los venecianos en el siglo XVII. Así que alquilamos un coche en Atenas (un Polo) y nos hicimos los 150 kms (aprox.) que hay hasta allí en un rato largo (porque nos perdimos). Aparcamos el coche en un parking y dimos un paseo por el centro del pueblo, muy bonto, todo sea dicho, pero nosotros íbamos primero a la playa de Arvanitia, “debajo” del castillo, es decir, que el castillo estaba en una loma junto a la playa y nosotros, desde abajo, podíamos ver una de las murallas del mismo. Me gustó la playa porque había poca gente y el sitio estaba muy bien, pero que fuese de piedras me rompió un poco… ¿Por qué? Pues porque tenía el tobillo hecho polvo, me hice un esguince 4 días antes jugando al fútbol y lo tenía bastante jodido, y pisar piedras en esas condiciones era realmente doloroso. Pero como yo soy un machote (y un imprudente), me metí en el agua hasta los tobillos y luego me fui otra vez a la tumbuna, porque el agua estaba congelada. Por lo menos ese día me sirvió para coger algo de color, porque estaba más blanco que la leche (casi como ahora, 2 semanas después). Después de estar un buen rato en la playa, fuimos en coche hasta el castillo Palamidi, porque se podía subir andando pero no estaba el horno para bollos. Lo malo fue que, al llegar hasta la entrada, comprobamos que habíamos llegado tarde, porque ya estaba cerrado. Hicimos algunas fotos, porque las vistas eran muy buenas, y luego cogimos el coche para volver a Atenas. Llegamos ya de noche, pero reconozco que fue un buen día y no me quemé la piel con el sol, por suerte.

Para el viernes teníamos pensado ir a una isla, porque creíamos que habría poca gente y sería un buen día para ir, pero al final nos pilló el toro (es lo que tiene despertarse tarde) y decidimos que ese día era mejor visitar Atenas, el plan para el sábado, y dejar la isla para el fin de semana. Así que nos fuimos otra vez al Metro y esta vez nos paramos en la parada que hay “junto a” la Acrópolis, porque donde aparece uno es junto al nuevo museo de la Acrópolis (el viejo se encuentra arriba, junto al Partenón). Está todavía por terminar, pero merece la pena darse un paseo por fuera porque está encima de unas ruinas griegas, al parecer parte de la antigua ciudad. Es raro ver que para conservar esa parte de su patrimonio tengan que hacer un museo justo encima, estropeando partes de esas ruinas, pero supongo que es mejor así… Fue curioso, no obstante, ver llegar a un grupo de yanquis, de mi edad, más o menos, diciendo “What shit is this??”, o lo que es lo mismo, “¿Qué mierda es esta?”. En fin, son una panda de ignorantes con mucho dinero. Como no había tiempo, nos fuimos de allí en dirección a la Acrópolis, que estaba relativamente cerca. Pagué religiosamente mis 12 euros y vi con asombro que Dora entraba por la patilla porque tiene un carnet de arqueóloga. El caso es que, subiendo un poco (porque queda en un pequeño promontorio), lo primero que se puede ver es el odeón de Herodes Atico, construido en el siglo II a.C. por Herodes Atticus en memoria de su mujer. Fue usado para conciertos de música y contaba con una capacidad de 5.000 espectadores. Fue restaurado con mármol en la década de los 50 y actualmente se usa para teatro, conciertos y danza en el Festival de Atenas. Subiendo un poco más, uno llega al meollo de la cuestión. Lo primero que se puede ver cuando uno llega a la parte de arriba es el Propileos, la puerta de acceso occidental a la Acrópolis, y fueron diseñadas por el arquitecto Mnesicles. A la derecha de las puertas se podría ver el templo de Atenea Niké si no fuera porque estaba cubierto totalmente por unos andamios y unos plásticos. Antes de seguir, debo aclarar que toda la Acrópolis está sometida a un profundo proceso de restauración, que básicamente supone reforzar aquellos puntos más débiles de los edificios que hay en la zona, todo a base de mármol, sin añadir más cosas de las necesarias (desde luego, el friso del Partenón lo pondrán el día que los ingleses cabrones decidan devolverlo, porque robar no está bien). El caso es que el tempo de Atenea Niké no pudimos verlo, pero no está de más saber un poco más de esta obra de arte. Fue construido en el siglo V a.C. según el proyecto de Calícrates, quien diseñó un templo de estilo jónico en contra del orden dórico del resto de edificios de la Acrópolis. Cerquita del tempo se puede ver el Partenón, aunque rodeado de grúas y andamios por las razones que dije anteriormente. Se trata de un templo dedicado a Atenea, diosa protectora de la ciudad de Atenas, y fue construido en estilo dórico durante el siglo V a.C. La obra fue iniciada por Pericles y los arquitectos fueron Ictino y, nuevamente, Calícrates. Desde los alrededores de la Acrópolis, las vistas de Atenas son muy buenas y muy bonitas. Se puede ver el teatro de Dionisio, Filopapos, el templo de Zeus, el estadio Panathinaiko, el tempo de Hefesto y otras cosas. Tras dar una vuelta, llegamos al Erecteión, un templo erigido en honor a Atenea, Poseidón y Erecteo, mítico rey de la ciudad de Atenas. Es de orden jónico y fue construido a finales del siglo V a.C. presuntamente bajo las órdenes de Mnesicles, el autor del Propileos. Destaca por uno de sus lados, donde se encuentran las Cariátides (figura femenina esculpida), lugar donde se encontraba la tumba del mítico rey Cécrope. Desde allí nos dirigimos de nuevo al Propileos para salir en dirección al Aeropagus o monte de Marte. Luego bajamos un poco para ver el Agora Antigua, el Palacio de los Gigantes y el templo de Efesto. De ahí fuimos a comer, que ya había hambre, y esta vez tocó el turno en un restaurante italiano (donde comí muy bien, pero mucho). Y ya por la tarde, estuvimos dando una vuelta por Plaka, un barrio cercano a la Acrópolis, con calle estrechas y en su mayoría peatonales, con tiendas, mercadillos, cafeterías, heladerías, terrazas… Y por la noche, vuelta a casa.

El sábado hicimos lo que no hicimos el viernes, así que cogimos el metro hacia el Pireo, el puerto de Atenas (donde se puede montar en barco, claro está) y vimos qué opciones teníamos, porque islas hay muchas, pero el tiempo no nos sobraba. Así que la mejor opción por hora de salida y duración del trayeto era Aegina. Como teníamos algo de tiempo antes de que saliera el barco, fuimos a dar una vuelta por el actual campo de fútbol del Olympiakos y vimos también el pabellón de la Paz y la Amistad. Aprovechamos también para tomar algo y luego nos fuimos de nuevo al puerto, para coger el barco. Tardamos 40 minutos desde el puerto del Pireo hasta la isla, un viaje bastante tranquilo y rápido. Una vez allí, en el pueblecito donde atracaba el barco, comimos un poco antes de ir a la playa. Después, como el tema de los autobuses estaba jodido (porque ya no había autobuses que se movieran por la isla), cogimos un taxi y nos fuimos a una playa relativamente cercana. Un sitio realmente tranquilo, con unas vistas muy bonitas, y el agua estaba un poco más caliente que la vez anterior, porque me atreví a llegar hasta el cuello… Volver desde la playa al pueblo fue algo más complicado que la ida, porque había una carretera cerca pero los autobuses no iban a pasar y necesitábamos un taxi. Antes de recurrir al teléfono, estuvimos esperando unos 20 minutos y justo cuando íbamos a llamar… llegó un Mercedes clase E y nos recogió, a pesar de que iba con gente dentro. Se supone que uno puede decirle al taxista, desde dentro, que pare a recoger a más gente, y eso fue lo que pasó. Mis agradecimientos desde aquí a esas dos “bellas” señoritas. Una vez en el pueblo, dimos una pequeña vuelta por las calles del interior, las que no estaban pegadas al mar, y ya nos fuimos al muelle para entrar en el barco que nos llevaría de vuelta al Pireo. De ahí hasta el Metro para llegar de nuevo a casa de Dora.

El domingo por la mañana, después de despertarnos (tarde), fuimos a ver la Villa Olímpica que se construyó para los Juegos Olímpicos de 2004. No sé si el 100% es obra de Calatrava, pero está claro que la zona de los accesos, el estadio olímpico y el velódromo son cosa suya. Su estilo es evidente, me encanta lo complejo de sus obras y creo que el conjunto que se puede ver en la Villa Olímpica es impresionante. Entrar es gratis, aunque no se pueden visitar los edificios por dentro, aunque tal vez no se podía por ser domingo. De ahí fuimos a un centro comercial que había cerca, aunque estaba todo cerrado menos los restaurantes y bares. Allí comimos tranquilamente, hacía un día perfecto y las vistas eran muy buenas, porque teníamos la Villa muy cerquita, pero desde mayor altura que el suelo (importante), y más al fondo se podía ver la ciudad de Atenas. Una vez terminamos, cogimos el Metro y nos dirigimos nuevamente al centro de la ciudad. Cerca de la Acrópolis habíamos olvidado ver el Agora Romana, de la que apenas quedan unas pocas columnas y muchas piedras. Lo más impresionante del sitio, no obstante, es la Torre de los Vientos, construida en el siglo I a.C. y que no tenía más uso que un reloj. Curioso, ¿no? Desde allí fuimos andando hasta el estadio Panathinaiko, pasando antes por delante de la casa del presidente griego, donde pude ver de cerca, por primera vez, a los militares griegos vestidos con el uniforme clásico. Lo más impresionante fue pasar por delante de ellos y ver que no movían ni los ojos, eran lo más parecido a unos muñecos de cera con vida. No sé cuánto tiempo pasan así, pero yo sé que no aguantaría ni 10 minutos (sobre todo si por delante pasa gente, coches, animales, etc.). Desde allí al estadio tardamos unos 5 minutos andando. Este estadio es famoso porque fue el que se utilizó para los primeros juegos olímpicos de la era moderna, los que tuvieron lugar en Atenas en 1896. Fue construido un año antes y, como en aquella época no estaban definidos los estándares del atletismo moderno, tiene esa característica forma de U, uno de los fondos no está cerrado y la cuerda tiene una medida diferente a la de los estadios modernos. Ya se hacía de noche, y teníamos mesa reservada en un restaurante español (El Sueño), que sobre todo destaca por tener unas vistas maravillosas sobre la Acrópolis de Atenas. La comida en sí… bueno, queda lejos de ser la típica comida que uno puede degustar en España, pero estaba bien, y el precio no era demasiado alto. Lo malo vino a la hora de pagar, pues no admitían tarjeta por no tener línea fija, así que tuvimos que pagar con dinero y luego nos vimos con la obligación de ir a un cajero a sacar dinero. Así que, con toda la ilusión del mundo, metí mi tarjeta de Openbank y vi el mensaje en griego que ponía en la pantalla, pero no me pedía mi pin… ¿por qué no? Dora me dijo que el cajero había dado un error y ¡¡se había quedado con mi puta tarjeta!! Se me tuvo que quedar una cara de lelo… Llamó Dora al teléfono del banco (Eurobank) y le dijeron que ellos no podían bloquear la tarjeta y que era posible que el cajero devolviera la tarjeta en cualquier momento. ¡¡Alucinante!! Me tocó llamar a mi madre para que ella pudiera bloquear la tarjeta, y con la tontería, se nos pasó mucho el tiempo y casi no llegamos a coger el Metro.

Al día siguiente solo había tiempo para hacer la maleta e ir al aeropuerto con Dora. Espero verte pronto, ¿eh? Tenemos cosas pendientes :P