La venganza del Tiempo (Tiempo de oráculos)

Hoy le voy a dedicar una entrada al primer, y espero que no último, libro escrito por mi hermana. Se titula “La venganza del Tiempo”, y es parte de una futura saga llamada “Tiempo de oráculos”.

La página web se puede encontrar aquí: Tiempo de oráculos. De momento, como el tema económico está muy mal, lo ha publicado solo en formato digital y se puede adquirir a través de la página web de Amazon.

Está ambientado en la época actual pero tiene necesarias conexiones con la Grecia clásica, los dioses a los que adoraban en aquella época y los oráculos a través de los cuales se comunicaban con los humanos. Pero mejor que hace yo un resumen del libro os pongo el que ha hecho ella para la venta.

El Orden estaba establecido y las divinidades que surgieron del Caos debían mantenerlo. Pero ni siquiera los dioses estaban a salvo de la seducción del poder. Los dioses Primigenios cedieron el poder a la siguiente generación y Urano ocupó el trono. Sin embargo, el mal uso del poder que se le había concedido provocó que su propio hijo Crono, dios del tiempo, se lo arrebatara ayudado por la generación de los Titanes. Urano fue encerrado con sus seguidores en el Tártaro, el dantesco infierno griego, tras profetizar a Crono que él también sería traicionado por uno de sus hijos y perdería el cetro divino. Para evitar que su destino se cumpliera, Crono devoraba a sus hijos en el mismo momento en el que Cibeles, su esposa, los traía al mundo. Pero la diosa no pudo soportar aquel tormento y al nacer Zeus, el último de sus hijos, engañó a Crono entregándole una piedra envuelta en una manta. El dios del tiempo, perdido en su locura, no advirtió el engaño de Cibeles y devoró la piedra. Su hijo Zeus fue escondido en la isla de Creta y protegido por las sacerdotisas de Cibeles. Cuando tuvo edad para comprenderlo, Zeus conoció su historia y decidió rescatar a sus hermanos y terminar con el dominio delirante de su padre. Ayudado por Mantis consiguió que Crono bebiera una pócima que le hizo expulsar a todos sus hermanos, así como la piedra y la manta. Los dioses encerrados en el Tártaro fueron liberados y ayudaron a Zeus a derrotar a Crono y los suyos, y encerrarles en el infierno. A partir de aquel momento Zeus reina desde el Monte Olimpo y el Orden mantiene su equilibrio. Pero el descubrimiento fortuito de un santuario antiguo en Grecia, en la isla de Hydra, va a poner en peligro el Orden. Las puertas del Tártaro se han abierto y Crono ha sido liberado junto a los dioses que le apoyaron en sus guerras anteriores.

Para recuperar el poder, Crono tiene que recobrar la piedra que devoró como si fuera uno de sus hijos y la manta que la envolvía, porque esa piedra se convirtió en el omphalos, el ombligo del mundo, el centro de todo lo que existe. Acudió a buscarla a Delfos, pero la que encontró no era la auténtica. Necesitaba saber en qué lugar de la Tierra estaba escondida.

Cazadores de nazis

“Cazadores de nazis” es un documental de varios capítulos producidos por Discovery Channel y que últimamente estaban siendo emitidos en La 2 de Televisión Española.

Esta serie cuenta la historia de los llamados “cazadores de nazis”, un extraordinario y tenaz grupo de gente que buscó sin descanso a algunas de las personas más odiadas y rechazadas de la Tierra. En algunas ocasiones lo hicieron por grandes motivos pero en otras utilizaron métodos que podrían horrorizar incluso a todos aquellos que los apoyaban.

Buscaban a hombres cuyos crímenes de guerra habían sido tan horrendos que exigían una retribución. De hecho, muchos de ellos estaban totalmente preparados para perseguir a los autores de estos crímenes hasta que la justicia hiciese su trabajo. Estas historias de búsqueda y de lucha que intentaban balancear las escalas de la justicia, están llenas de drama, intriga y tragedia. ¿Quién debería ser perseguido? ¿Debería la muerte ser la única pena infringida a los acusados de crímenes de guerra nazi? En algunos casos se alegó que los perseguidores habían perdido su sentido de la decencia y de la proporción. He aquí algunas de las grandes historias de venganza de los últimos cien años.

Es muy recomendable para aquellas personas que, como yo, sienten gran interés por todos los acontecimientos que tuvieron lugar antes y especialmente durante la Segunda Guerra Mundial.

Más información aquí: http://www.tudiscovery.com/web/cazadores-de-nazis/

El ejercito perdido de Cambises.

Nada menos que 50.000 soldados del ejército de Cambises fueron devorados por las arenas del desierto egipcio. Su delito: haber subestimado el poder del oráculo de Amón en Siwa. Veinticinco siglos después, un grupo de arqueólogos parece haber descubierto restos de las milicias, comenzando a vislumbrar los entresijos de este enigmático suceso.

Los griegos poseían dos grandes divinidades relacionadas con el mundo de los oráculos. Se trataba de Zeus y de Apolo. Junto a ellos existían otros oráculos presididos por divinidades secundarias. Incluso Apolo era considerado un simple instrumento del poder de predicción de Zeus. Los principales oráculos de Zeus fueron los de Olimpia, el de Dodona, y sobre todo el de Amón (versión egipcia del Zeus griego) que se levantaba de forma espectacular sobre una colina rocosa del Aghurni en el oasis de Siwa. Este lugar se encuentra en pleno corazón del desierto libio de Egipto, a poco más de 560 kilómetros al oeste de la capital, El Cairo. Su máximo valuarte es el popular oráculo del dios Amón, el mismo lugar en donde Alejandro Magno fue reconocido en el año 332 a. C. por esta divinidad egipcia como sucesor de los persas en el trono de las Dos Tierras. Desde el siglo VI a. C. el oráculo de Amón en Siwa (la antigua tierra de Skhet-imit o Ammonium) desempeñó un papel de vital importancia para la historia de Egipto y de Grecia. No en vano los propios helenos prefirieron emplear los servicios de este oráculo durante las guerras del Peloponeso y que enfrentó a atenienses y espartanos entre el 431 y el 404 a. C.

El valor de sus predicciones no era puesto en duda por ningún mortal, y quien lo hacía, acababa sucumbiendo al poder de la venganza de la divinidad. Y aunque suene a leyenda, los hechos históricos así lo demuestran. En las últimas semanas un grupo de arqueólogos egipcios de la universidad de Helwan (El Cairo) acaba de descubrir lo que a todas luces parecen ser los restos del ejército de 50.000 hombres que el rey persa Cambises perdió en el famoso Gran Mar de Arena que se extiende al sur de Siwa. Un misterioso desastre cuya explicación está mucho más cerca y que hasta hace bien poco se había tomado como una simple superchería: la venganza del oráculo de Amón.

La conquista de Siwa

Cuando el rey persa Cambises II, hijo de Ciro II el Grande, decidió conquistar Egipto en el año 525 a. C., no calculó o no supo valorar las catastróficas consecuencias que esta campaña podían acarrear en su ejército. Tras la conquista de Asia por su padre, el único país que quedaba por caer dentro del saco persa era, precisamente, Egipto. Por ello, Cambises no tardó en planear una expedición hacia el Valle del Nilo. Y la verdad es que los hechos demuestran que no le costó mucho deshacerse del faraón que por entonces reinaba en Egipto, Psamético III, y llegar hasta Nubia, al sur del país. Pero Cambises anhelaba poseer hasta el último grano de arena del desierto faraónico. Fue entonces cuando el rey persa oyó hablar del oráculo que desde Ammonium lanzaban contra él. La estatua del dios era transportada sobre una barca dorada y dependiendo de la pregunta que se le hiciera movía la cabeza en un sentido o en otro, gesto que se encargaban los sacerdotes de interpretar. Según el vaticinio, el trágico final de Cambises estaba al llegar, así como la terminación de su gobierno sobre Egipto.

Haciendo gala de su carácter despótico y sacrílego, Cambises se rió del pronóstico del oráculo y, furioso, mandó un ejército de 50.000 hombres para destruir y someter a los habitantes del oráculo de Amón. El historiador Heródoto (s. V a. C.) relata con pelos y señales lo que le ocurrió al ejército de Cambises. Una vez conquistadas las grandes ciudades de las riberas del Nilo, Cambises mandó una triple expedición: contra los cartagineses, contra los amonios (lo habitantes del oasis de Siwa) y contra los etíopes. En concreto, Heródoto nos dice que hizo enviar contra los amonios lo más selecto de su infantería. Una expedición de casi 50.000 hombres que jamás llegarían a su destino debido a que el propio dios Amón vino desde su reino celestial para aplastarlos.

Marcha hacia la muerte

El historiador griego relata que “las tropas que habían sido enviadas para atacar a los amonios, después de haber partido de Tebas, poniéndose en camino con unos guías, llegaron, sin ningún género de dudas, a la ciudad de Oasis (la actual Kharga), ciudad que ocupan unos samios que, según cuentan, pertenecen a la tribu Escrionia y que distan de Tebas siete jornadas de camino a través de una zona desértica (…) Según cuentan, hasta ese lugar llegó, pues, el ejército; pero, a partir de allí, a excepción de los propios amonios y de quienes se lo han oído contar a estos últimos, nadie más sabe decir nada sobre su suerte, pues las tropas no llegaron al territorio de los amonios ni regresaron a su punto de partida. En concreto, la versión que, a título personal, dan los amonios es la siguiente: resulta que, cuando, desde la mencionada ciudad de Oasis (Kharga), se dirigían contra ellos a través del desierto y estaban, más o menos, a mitad de camino entre su país y Oasis, se desató sobre los persas, mientras estaban tomando almuerzo, un viento del sur sumamente violento, que, arrastrando torbellinos de arena, los sepultó, y así fue como desaparecieron” (Hdt. 3, 26, 1-3).

Recientemente, mientras realizaba prospecciones en busca de petróleo, el equipo geológico de la Universidad de Helwan descubrió en el desierto oriental, cerca de Siwa, fragmentos textiles perfectamente conservados, trozos de metal de armas antiguas y numerosos restos humanos. Tras avisar del increíble hallazgo al Dr. Mohammed al-Saghir del Consejo Superior para las Antigüedades de Egipto, de inmediato se organizó una expedición arqueológica. Según la ubicación del hallazgo y el relato de Heródoto, repetido siglos después por Plutarco en la Vida de Alejandro (26), todo parece indicar que se trata de los restos del ejército de Cambises. Un hecho que abandona el mundo de la leyenda para convertirse en realidad.

La maldición continúa

Sin embargo, los infortunios de Cambises no acabaron con el desastre de Siwa. Según relató el geógrafo griego Estrabón, que visitó Egipto en el siglo I antes de nuestra Era, el ejército que Cambises mandó para conquistar a los etíopes tampoco tuvo un buen final. El contingente en realidad estaba compuesto por un pequeño grupo de espías que pretendía encontrar la misteriosa Mesa del Sol, una extraña reliquia que se levantaba en el interior de un santuario cerca de la capital de Kush (la Etiopía de los autores clásicos), ciudad que podríamos identificar bien con Meroe o bien con la antigua Napata. Y hasta ese lejano lugar llegó la maldición de Amón.

Estrabón al hablar de las circunstancias que rodearon a las legiones romanas de Elio Galo en el sur de Egipto contra la mítica reina etíope Candace, una insólita mujer tuerta de comportamiento varonil, cuenta que “desde Pselchis fue hasta Premmis (dos poblaciones de Etiopía), una ciudad fortificada, después de pasar por las dunas de arena, en donde el ejército de Cambises fue aplastado cuando les sorprendió una tormenta de arena” (17, 1, 54).

Además, los persas no solamente tuvieron problemas con los oráculos egipcios sino que también se vieron derrotados por su soberbia al enfrentarse a los dioses griegos. Por ejemplo, en la antigua ciudad de Delfos existía el emplazamiento del famoso oráculo del dios Apolo, el segundo en importancia después del de Amón. Se encontraba en un lugar estratégico de la ladera suroccidental del monte Parnaso, en la región de Fócida, a casi 10 kilómetros del golfo de Corinto. Heródoto cuenta que los persas de Jerjes quisieron destruir el oráculo del dios griego, por lo que emprendieron el camino hasta el Parnaso. La razón era idéntica a la que les había llevado a destruir el oráculo de Siwa: un oráculo anunciaba la destrucción de los persas. Heródoto dice que (8, 35, 2) al llegar los persas al monumento se encontraron estupefactos que las armas sagradas de Apolo habían sido depositadas de forma sobrenatural frente a las puertas del templo. Además, “a la altura del santuario de [Atenea] Pronaia, de repente (estando el cielo totalmente despejado) unos rayos procedentes del cielo cayeron sobre ellos (…) aplastando a gran cantidad de soldados”. Los pocos efectivos del ejército persa pudieron contar que al mismo tiempo “dos hoplitas de una altura sobrehumana se lanzaron a por ellos y estuvieron matándolos y persiguiéndolos”.

No son casos únicos. La propia historia de las legiones romanas está plagada de acontecimientos similares en los que, burlándose de los poderes de los dioses egipcios, a los que llamaban bestias por su aspecto zoomorfo, acabaron sus días bajo las arenas del desierto.

Los pretextos de los dioses

Las tormentas de arena que se producen en el desierto egipcio pueden generar catástrofes como las que acabamos de contar. El prestigioso egiptólogo egipcio Ahmed Fakhry cuenta en su monografía sobre el oasis de Siwa a colación del misterio del ejército de Cambises, que en el año 1805 una caravana de 2.000 personas con sus camellos sucumbió a los efectos de la arena cuando estaban en ruta desde Darfur, al oeste del Sudán, hacia la ciudad de Asiut, en el Egipto Medio.

El espléndido viajero y perfecto conocedor del desierto líbico, Ladislaus E. Almasy, el mismo que inspiró la novela El Paciente Inglés llevada recientemente al cine, fue uno de los pioneros en buscar el ejército de Cambises. Este Padre del Desierto, tal y como era llamado por los beduinos egipcios, avezado especialista de todo lo que sucedía entre las espectaculares dunas del desierto, también aportó varias explicaciones a lo que podía haber sucedido al desafortunado despliegue persa. En sus diarios, escritos durante las largas noches de exploración por el Gran Mar de Arena, Almasy comentaba sorprendido si en ese mismo instante él no estaría descansando sobre alguna parte de las huestes sepultada. El explorador húngaro achacaba a la virulenta acción del quibli, el viento sur del desierto la formación de tormentas que eran capaces de acabar con todo lo que se interpusiera por medio. El quibli consiste en una serie de fortísimas e inesperadas ráfagas de viento acompañadas de una ola de calor insoportable. Algo que los antiguos egipcios muy bien pudieron haber interpretado como el aliento destructivo del dios Amón del oráculo de Siwa.

El rastro de Cambises

Existe un documento llamado el Manuscrito de Siwa en donde se recogen algunos de los acontecimientos más extraordinarios ocurridos a lo largo de la historia de este oasis. En él se puede leer cómo lo mismo que sucedió a Cambises pasó años después a dos ejércitos distintos. El primero era una tropa que salió del lugar con el fin contrarrestar la acción de los invasores musulmanes. Sin embargo, nunca pudo llegar a su destino porque, al igual que sucedió en el año 525 a. C., una tormenta de arena se tragó a todos los soldados.

El segundo hecho sucedió a un grupo de soldados de la tribu Tibbu, habitantes de los gigantescos oasis que se extienden al sur del Gran Mar de Arena, en el desierto occidental, y que se dirigían hasta Siwa con las mismas intenciones que Cambises: destruir el lugar y hacer prisioneros a todos sus habitantes. Pero al final corrieron la misma suerte que el rey persa. Los Tibbu perdieron todas sus huestes entre las dunas del tórrido desierto egipcio. El egiptólogo Ahmed Fakhry defiende que estos dos casos pueden ser perfectamente ciertos, si bien hayan recibido alguna influencia de lo sucedido con el ejército de Cambises a la hora de ambientar la historia.

A la caza del tesoro

La desaparición del ejército de Cambises ha desatado durante siglos la fantasía de los buscadores de tesoros quienes no ponen en duda el hecho de que bajo algún lugar del desierto puede encontrarse un tesoro arqueológico fascinante y sin precedentes que no solamente pondría fin al misterio de la venganza de Amón sino que aportaría una valiosa información sobre el ejército persa. Ahmed Fakhry en su monografía del oasis de Siwa cuenta cómo desde comienzos del siglo XX han sido numerosos los exploradores que se han acercado a las inmediaciones del Gran Mar de Arena, al sur del oasis, con coches o avionetas para intentar encontrar un tesoro incalculable de armas, trajes, mobiliario y demás enseres típicos del ejército persa que pudieran ser vendidos a las colecciones de los museos más importantes.

El que más cerca ha estado de descubrir el ejército ha sido Ladislaus E. Almasy. Éste aventurero y explorador llegó a encontrar al norte de Kharga (ciudad a la que Heródoto llamaba Oasis) una serie de alamat, es decir unos hitos de piedra que habían sido colocados allí por el ejército persa de Cambises. Pero nunca llegó a dar con el propio ejército, ni siquiera con sus restos.

La batalla de Poitiers.

La Batalla de Poitiers (conocida por la historiografía europea como Batalla de Tours para no confundirla con la Batalla de Poitiers de 1356) tuvo lugar el 10 de octubre de 732 entre las fuerzas comandadas por el líder franco Carlos Martel y un ejército islámico comandado por el valí (gobernador) de Al-Ándalus Abderrahman ibn Abdullah Al Gafiki cerca de la ciudad de Tours, en la actual Francia. Durante la batalla, los francos derrotaron el ejército islámico y Al Gafiki resultaría muerto. Esta batalla frenó la expansión islámica hacia el norte desde la Península Ibérica y es considerada por muchos historiadores como un acontecimiento de importancia macrohistórica, al haber impedido la invasión de Europa por parte de los musulmanes y preservado el cristianismo como la fe dominante durante un periodo en qué el islam estaba sometiendo los restos de los antiguos imperios romano y persa.

Los musulmanes, partiendo del noreste de la Península Ibérica habían sometido fácilmente Septimania, establecido Narbona como su capital (denominándola Arbuna), otorgando unas condiciones honorables a sus habitantes arrianos, y pacificado rápidamente el suroeste de lo que hoy es Francia, amenazando durante unos años los territorios francos. El Duque Odon de Aquitania (también conocido como Eudes el Grande) había derrotado decisivamente una importante fuerza de invasión musulmana en 712 en la denominada batalla de Tolosa, pero las razias árabes continuaron, llegando el año 725 a la ciudad de Autun en Borgoña. Amenazado por los árabes por el sur y por los francos desde norte, el 730 Eudes se alió con Uthman ibn Naissa, denominado «Munuza» por los francos, el emir bereber de lo que más tarde sería Cataluña. Como tributo, Eudes dio su hija Lampade en matrimonio a Uthman para sellar la alianza, y las razias árabes a través de los Pirineo (la frontera sur de Eudes) terminaron.

Aun así, el año siguiente Uthman se sublevó contra el valí de Al-Ándalus Al Gafiki. Sin embargo, éste acabó rápidamente con la revuelta, dirigiendo después su atención contra el antiguo aliado del traidor, Eudes. Según una fuente árabe no identificada, «Aquel ejército pasó por todas partes como una tormenta devastadora». El duque Eudes (denominado rey por algunos), reunió su ejército en Burdeos, pero fue derrotado y Burdeos saqueada. La matanza de cristianos en el río Garona fue especialmente terrible; según las crónicas de Isidoro Pacense (Incipit Epitome Imperatorum, Vel Arabum Ephemerides, Atque Hispaniae Chronographia Sub Uno Volumine Collecta) «solus Manantiales numerum morientium velo pereuntium recognoscat» (sólo Dios conoce el número de muertes). Las tropas musulmanas procedieron entonces a devastar totalmente aquella parte de la Galia, y sus propias crónicas afirmaron: «los creyentes atravesaron las montañas, arrasaron el terreno abrupto y el llano, saquearon hasta bien adentro el país de los francos y lo castigaron todo con la espada, de forma que cuando Eudes trabó batalla con ellos en el río Garona, huyó». Eudes pidió ayuda a los francos, una ayuda que Carlos Martel sólo le concedió después de que Eudes aceptara someterse a la autoridad franca. La derrota de Eudes le dio a Carlos Martel una oportunidad ideal para atacar a Al Gafiki, que había sufrido pérdidas en Burdeos.

En 732, una fuerza incursora árabe se dirigía en dirección norte hacia el río Loira, encontrándose fuera del alcance de sus líneas de suministro. Un posible motivo, según el segundo continuador de la Crónica de Fredegar, eran las riquezas de la Abadía de San Martín en Tours, la más prestigiosa y sagrada de aquel tiempo en el oeste de Europa. Al tener noticias de esta incursión, el Mayordomo de Palacio de Austrasia, Carlos Martel, reunío a su ejército, de unos 15.000 a 75.000 veteranos, y marchó hacia al sur.

Pese a la gran importancia asignada a esta batalla, el lugar exacto dónde tuvo lugar es desconocido. Muchos historiadores asumen que los dos ejércitos se encontraron en el punto dónde los ríos Clain y Vienne confluyen, entre Tours y Poitiers.

Carlos situó a su ejército en un lugar por dónde esperaba que pasara el ejército musulmán, en una posición defensiva. Es posible que su infantería conjuntada, armada con espadas, lanzas y escudos formaran una formación del tipo falange. Según las fuentes árabes, se dispusieron formando un gran cuadro. Ciertamente, dada la disparidad entre los dos ejércitos ?los francos eran casi todos soldados de infantería en tanto que los musulmanes eran tropa de caballería, ocasionalmente con armadura? Carlos Martel desarrolló una batalla defensiva muy brillante. En un lugar y en un tiempo escogidos por él, disponía de una fuerza muy superior a la de sus adversarios, derrotándola.

Durante seis días, los dos ejércitos se vigilaron con sólo escaramuzas menores. Ninguno de los dos ejércitos quería atacar. Los francos estaban bien equipados para el frío y tenían la ventaja del terreno. Los árabes no estaban tan bien preparados para el frío, pero no querían atacar a un ejército franco superior en número. La batalla empezó el séptimo día, puesto que Al Gafiki no quería posponer la batalla indefinidamente.

Al Gafiki confió en la superioridad táctica de su caballería, y la hizo cargar repetidamente. Sin embargo, esta vez la fe de los musulmanes en su caballería, armada con sus lanzas largas y espadas, que les había dado la victoria en batallas anteriores, no estaba justificada. En una de las raras ocasiones en las qué la infantería medieval resistió cargas de caballería, los disciplinados soldados francos resistieron los asaltos, pese a que, según fuentes árabes, la caballería árabe consiguió romper el exterior del cuadro franco varias veces. Pero a pesar de esto, la fuerza franca, numéricamente superior, no se rompió.

Según una fuente franca, la batalla duró un día ?según las fuentes árabes, dos. Cuando se extendió entre el ejército árabe el rumor de que la caballería franca amenazaba el botín que habían tomado en Burdeos, muchos de ellos volvieron a su campamento. Esto, al resto del ejército musulmán le pareció una retirada en toda regla, y pronto lo fue. Mientras intentaba frenar la retirada, Al Gafiki fue rodeado y finalmente muerto, y los musulmanes volvieron a su campamento.

Al día siguiente, cuando los musulmanes no volvieron a la batalla, los francos temieron una emboscada. Sólo tras un reconocimiento exhaustivo del campamento musulmán por parte de los soldados francos se descubrió que los musulmanes se habían retirado durante la noche.

El ejército árabe se retiró al sur, más allá de los Pirineos. Carlos se ganó su apodo Martel (martillo) en esta batalla. Continuaría expulsando los musulmanes de Francia en los siguientes años. Volvería a derrotar los moros en batalla cerca del río Berre y en Narbona.

La importancia de estas campañas, de la batalla de Poitiers y de las últimas campañas en 736-7 para eliminar las bases musulmanas en la Galia y eliminar la capacidad inmediata para ampliar influencia islámica en Europa, no puede ser menospreciada. Edward Gibbon y su generación de historiadores, así como la mayoría de expertos modernos convienen en que fueron indiscutiblemente decisivos en historia del mundo. Parece incuestionable que Martel dominó esta era de la historia de una manera pocos hombres hicieron. Sin embargo, a pesar de esta batalla, los árabes conservaron Narbona y la Septimania durante otros 27 años. Los tratados firmados anteriormente con la población local se mantuvieron firmes y se consolidaron incluso en 734 cuando el gobernador de Narbona, Yusuf ibn Abd al-Rahman al-Fihri, llegó a acuerdos con varias ciudades de la zona para defenderse contra las intromisiones de Carlos Martel, que se había expandido hacia el sur brutal y sistemáticamente a fin de ampliar sus dominios. Carlos falló en su intento de tomar Narbona en 737, cuando la ciudad fue defendida tanto por tropas musulmanas como por sus habitantes cristianos visigodos.

Contemporáneos cristianos, desde Beda el Venerable hasta Teófanes, el cronista bizantino, registraron cuidadosamente la batalla y fueron rápidos en extraer el que veían como sus implicaciones. Estudiosos posteriores tales como Edward Gibbon opinaron que, si Carlos hubiese sido derrotado, los árabes hubieran conquistado fácilmente una Europa dividida. Gibbon escribió que “Una marcha victoriosa se había extendido mil millas desde el peñón de Gibraltar hasta las orillas del Loira; la repetición de un espacio igual hubiera llevado a los sarracenos a los confines de Polonia y a las Tierras Altas de Escocia; el Rin no es más infranqueable que el Nilo o el Éufrates, y la flota árabe podría haber navegado sin una batalla naval hasta las bocas del Támesis”.

Algunas estimaciones modernas del impacto de la batalla se han apartado de la posición extrema de Gibbon, pero su conjetura recibe el apoyo de otros muchos historiadores. Aún así, dada la importancia que los registros árabes de la época dieron a la muerte de Al Gafiki y a la derrota en la Galia, y a la consiguiente derrota y destrucción de las bases musulmanas en los que ahora es Francia, es muy probable que esta batalla tuviera una importancia macrohistórica al frenar la expansión del islam en Occidente. Esta derrota fue el último gran esfuerzo de la expansión islámica mientras hubo todavía un califato unido, antes de la caída de la dinastía de los Omeyas en 750, sólo 18 años tras la batalla de Poitiers.

La batalla de las Termopilas.

Con motivo del próximo estreno de “300“, basada en el cómic de Frank Miller, he querido poner una referencia histórica de qué sucedió en aquella batalla de la antigüedad. La película tiene pinta de ser un poco rara, pero si reflejan lo que de verdad sucedió en las Termópilas, merecerá la pena verla.

En primer lugar, conviene ponerse en antecedentes. Nos encontramos en plenas Guerras Médicas, pues así llamaban los griegos tanto a persas como a medas. Las fases más duras de las mismas se produjeron durante 11 años, entre el 490 a.C. y el 479 a.C., años en los que los persas invadieron los territorios griegos en dos ocasiones. Eso provocó la unión de la mayor parte de los estados griegos y lograr así la expulsión de los persas de Aqueménides de las principales ciudades-estado griegas de la costa occidental de Anatolia.

En el año 482 a.C. y tras haber sufrido una serie de derrotas a manos de los ejércitos griegos, el imperio persa volvió de la mano de Jerjes, sucesor de Darío, con un enorme ejército (de varios millones de hombres, según Heródoto, cifra desestimable) que forzosamente avanzó con lentitud y permitió preparar la defensa griega. Ante el avance de este poderoso ejército, los griegos discutieron si la defensa inicial por tierra debía situarse en el estrecho istmo de Corinto (fácil de defender, pero que abandonaba el Ática y la Grecia central al enemigo) o en el desfiladero de las Termópilas, como deseaban los Estados más norteños. En primer lugar, se decidió defender el desfiladero de las Termópilas, en tanto que la escuadra aliada se establecería en el extremo de la isla de Eubea. Fue el espartano Leónidas el elegido para defender dicho desfiladero, mientras que Temístocles protegería Atenas.

La batalla tuvo lugar del siguiente modo… Al salir el sol, el rey Jerjes hizo sus libaciones y, dejando pasar algún tiempo a la hora que suele la plaza estar llena de gente, ordenó lanzar el ataque contra los helenos en el paso de las Termópilas. Epialtes, un desertor de los griegos, le indicó al rey persa un atajo por el que podía sorprender a los helenos por la retaguardia. Los persas tomaron esa senda y se encontraron con los espartanos, con su rey Leónidas al frente. El choque fue brutal y la defensa de los espartanos desesperada. Los helenos eran conscientes de que, tal y como estaban las cosas, y situados en una mala posición, iban a morir a manos de los persas, pero hacían el último esfuerzo de su brazo contra los bárbaros, despreciando la vida y peleando desesperados.

En el calor del choque, rotas las lanzas de la mayor parte de los combatientes, los espartanos van con la espada desnuda haciendo carnicería en los persas. En esta refriega cae Leónidas peleando como varón esforzado, y con él juntamente muchos famosos espartanos, y muchos que no eran tan celebrados, de cuyos nombres como valientes campeones había que acordarse, de los 300 espartanos que defendieron el paso.

Perseveró el furor de la acción hasta el punto de que se acercaron los persas, que venían con el desertor Epialtes. Los pocos espartanos y otros combatientes helenos que quedaban con vida retrocedieron, entonces, al paso estrecho del camino; llegaron a un cerro y, juntos allí, todos menos los tebanos, se sentaron apiñados.

Peleando allí con la espada, los que todavía la conservaban, y todos con las manos y a bocados defendiéndose de los enemigos,fueron sepultados bajo los dardos de los bárbaros, quienes acometían de frente, echando por tierra el parapeto de la muralla, dando la vuelta, cerrándoles en derredor.

Y siendo así que todos aquellos espartanos se portaron como héroes, es fama que el más bravo de ellos fue el soldado Dieneces, de quien cuentan una anécdota admirable. Oyó decir a un compañero que al disparar los persas sus arcos cubrirían el sol con una espesa nube de saetas, pues tanta era su muchedumbre. A lo que Dieneces replicó, en tono de burla: “Tanto mejor, así lucharemos a la sombra”.

La batalla de las Termópilas
La batalla de las Termópilas.

La batalla de Hastings.

Sin duda alguna, la historia del mundo se escribe con sangre. Mucha más de la necesaria, eso es obvio, pues la mayoría de las heridas son causadas por las guerras, por las ansias de poder, y aunque creamos haber evolucionado mucho, no hay más que echar la vista atrás para ver que esto no es así. En el siglo XI d.C. tuvo lugar una de las guerras más importantes de la Edad Media europea, pues los normandos instalados al norte de Francia (mezcla de franceses con vikingos, que llegaron de los territorios escandinavos en los siglos VIII y IX d.C., y que también ocuparon territorios en Sicilia, por ejemplo) comenzaron la invasión de las islas británicas, dominadas por aquel entonces por el rey Harold II, último rey sajón de Inglaterra. A todo esto, sajones y anglos, anglos y sajones, invadieron las islas británicas allá por el siglo V d.C. y echaron de las mismas a los bretones, que se instalaron en lo que hoy conocemos como Bretaña francesa. Resulta curioso, llegados a este punto, que los muy payasos hayan salido independentistas, además de payasos (como todos los independentistas), pues son unos míseros “okupas”.

Harold llega a Londres
Harold salió de York temprano el 1 de octubre de 1066. Tomó a todos los caballeros que podían montar y a algunos voluntarios, llegando en Londres el 5 de octubre. Al mismo tiempo, reunió a las tropas que viajaban a pue para que se dirigieran al sur a paso más lento. Harold formuló un plan para tomar su caballería y el resto de tropas que pudo reunir, marcharan rápidamente a la península de Hastings, ocupando la colina de Caldbec. Esto aislaría la península y contendría a Guillermo y a su ejército. Además, se enviaron naves al sur de la isla para contener la flota de Guillermo. Finalmente, con la llegada de suficientes tropas, Harold sería bastante fuerte atacar y derrotar Guillermo.
El martes 10 de octubre, Harold sentía que tenía suficientes tropas para ocupar la colina de Caldbec y para contener Guillermo. Salió de Londres, probablemente el miércoles 11 de octubre, y llegó a la colina de Caldbec la tarde del viernes 13 de octubre, con 4.000 hombres aproximadamente. De estos, 1.500 pertenecían a la caballería y 2.500 eran hombres de a pie. Una vez allí, se unieron a sus tropas unos 3.500 hombres más, reuniendo así más de 7.500 hombres. Nada más llegar a la colina de Caldbec, Harold comenzó a desplegar a su ejército a lo largo de Sentlach, en el lado meridional de la colina. Este terreno tenía aproximadamente 1.000 yardas de largo y a ambos lados estaba limitado por pantanos, y el único camino que conducía a Hastings cruzaba este camino. La única forma que tenía Guillermo para llegar al resto de la isla fue bloqueada. Harold continuó desplegando a su ejército hasta las 9 de la mañana del día siguiente, sábado 14 de octubre.

Guillermo reúne a su ejército y se mueve a la colina de Telham
La aparición repentina de Harold en la colina de Caldbec con su ejército cogió a Guillermo totalmente por sorpresa. Sus hombres estaban dedicados al pillaje cuando llegó el ejército de Harold y él tuvo que reunirlos rápidamente para enfrentarse al inglés. Harold tuvo noticias de que Guillermo reunía a su ejército con la intención de atacarle al día siguiente, algo que sorprendió a Harold porque no contaba con esto. Pensó que Guillermo sería reticente aceptar batalla tan pronto y que se replegaría al extremo marítimo de la península. Poco después del amanecer, a las 5:30 mañana del 14 de octubre de 1066, Guillermo comenzó a mover a su ejército seis millas hacia la colina de Telham. Montando difícilmente, Guillermo y un pequeño grupo de su guardia alcanzaron la colina de Blackhorse, el punto más alto en la colina de Telham. En este punto, Guillermo estaba a una milla del prado de Sentlach, que estaba fuera de vista (después de la batalla, Sentlach vino a ser conocido como Sanguelac, que significa el “lago de la sangre” en francés, y esto fue modificado más adelante a Senlac, en inglés, el nombre por el cual es conocido hoy. Por lo tanto, para el resto de este texto, el prado será referido como Senlac). Después de 9 días, los dos ejércitos estaban preparados completamente para la batalla.

El campo de batalla y los ejércitos
Usando su caballería, Harold formó una pared protectora desde un extremo de Senlac al otro. Puso en la fila delantera a la caballería, mientras que los nobles fueron puestos entre la caballería y los soldados de a pie. Todas las tropas en esta primera fila formaron la pared protectora. Había seis o siete filas de tropas cuya capacidad que variaba. La caballería y los nobles eran predominantemente armados con hachas pesadas, justo como sus oponentes normandos. Los soldados de a pie, por otra parte, fueron armados con espadas, mazas, lanzas, jabalinas, dagas y, probablemente, las herramientas y los utensilios hechos las granjas. La armadura consistía generalmente en paja debajo de sus camisas. Los soldados peor armados estarían en las filas tras las defensas de Harold. Como el terreno hacía imposible que la infantería y la caballería maniobrasen, Harold no tuvo que preocuparse de un ataque contra sus flancos. Todos los ataques debían venir de frente. La distancia entre la pared protectora de Harold y los arqueros de Guillermo era de unos 300 pies. Por lo tanto, la cuesta que el ejército de Guillermo tuvo que subir para alcanzar al ejército inglés era apreciable.

Fue irónico el uso de los arqueros. Mientras que Guillermo tenía un contingente fuerte de arqueros, Harold no tenía ninguno, o tenía tan pocos que no supusieron ninguna diferencia en la batalla. En los ejércitos continentales, los arqueros eran un brazo estándar. Además, en cualquier batalla con arqueros en ambos bandos, las flechas que se usaban en la batalla eran siempre reutilizadas por ambos bandos. Sin embargo, en la batalla de Hastings, los arqueros de Guillermo comenzaron a agotar sus flechas y no fueron aprovisionados de nuevo porque Harold no tenía ningún arquero para realizar esa función. Por lo tanto, la superioridad de Guillermo en arqueros casi le hizo perder la batalla.

El ejército de Guillermo tenía cerca de 8.000 hombres, divididos en cerca de 1.000 arqueros, 4.000 soldados de infantería 3.000 caballeros. Él formó al ejército en tres divisiones:

 

  • La división de la izquierda estaba compuesta por cerca de 2.500 bretones y tropas de Anjou y de Maine. Alan Fergent, era su comandante.
  • La división de la derecha estaba compuesta por cerca de 2.500 franceses y tropas flamencas. Fue dirigida por Roger de Montgomerie.
  • La división central estaba compuesta por cerca de 3.000 normandos y estaba bajo el mando personal de Guillermo. Sin embargo, puesto que Guillermo también tuvo que ordenar al ejército entero, él dio el control nominal de algunas de sus mejores tropas a sus dos hermanastros.

 

Cada división estaba compuesta de tres. Primero estaban los arqueros, luego la infantería y luego la caballería. Armaron a la caballería con las jabalinas, las espadas, las hachas y los mazos. Armaron a los soldados de infantería con las lanzas y las jabalinas, así como las espadas. Y, por supuesto, armaron a los arqueros con los arcos y cada uno tenía una aljaba completa de flechas.

Harold y los planes de batalla de Guillermo
Guillermo planeó un ataque coordinado que comenzaría con los arqueros enviando una lluvia de flechas contra los ingleses. Después, la infantería pasaría a través de las filas de arqueros y entraría en combate corto, mano a mano, contra el ejército inglés. Entonces caerían detrás de los arqueros y la caballería se estrellaría contra la parte delantera del ejército inglés. Además, cada una de las tres divisiones estaría atacando de forma casi independiente y, por lo tanto, podían estar en varias etapas del ataque al mismo tiempo. Guillermo razonó que una serie de dichos ataques coordinados, repetida en una sucesión rápida, desmoralizaría al ejército inglés.

Lo que sigue es un discurso de Guillermo sobre la batalla poco antes de morir.

 

 

“Luchas no simplemente por la victoria sino también por la supervivencia. Si obras valerosamente obtendrás la victoria, el honor y riquezas. Si no, te matarán despiadadamente, o bien ignominiosamente, conducido cautivo en manos del. No hay camino para la retirada. En frente, tu avance es bloqueado por un ejército y un campo hostil; detrás de ti, está el mar, en donde la flota del enemigo barre tu vuelo. Los ingleses han caído repetidas veces bajo la espada de un enemigo; a menudo, siendo vencido, han sometido a su yugo a los extranjeros. El valor vigoroso de algunos hombres armados en una causa justa y protegidos especialmente por el Cielo debe prevalecer contra un anfitrión de hombres inexpertos en combate”.

El primer ataque
La batalla comenzó el 14 de octubre de 1066, cuando los arqueros de las tres divisiones se trasladaron a cerca de 100 yardas del ejército inglés y lanzaron sus flechas directamente en la pared protectora, causando algunas muertes entre los ingleses.

El ejército de Guillermo se componía de 8.000 unidades, divididos en 1.000 arqueros, 4.000 soldados de infantería y 3.000 caballeros. Formó al ejército en tres divisiones:

  • La división de la izquierda estaba compuesta por cerca de 2.500 bretones y tropas de Anjou y de Maine. Alan Fergent, conde de Bretaña, estaba al frente.
  • La división a la derecha estaba compuesta por cerca de 2.500 franceses y tropas flamencas. Fue dirigida por Roger de Montgomerie.
  • La división central estaba compuesta por cerca de 3.000 normandos y estaba comandada por el propio Guillermo. Sin embargo, puesto que Guillermo también tuvo que dirigir al ejército entero, dio el control de algunas de sus mejores tropas a sus dos hemanastros: Roberto, conde de Mortain, y el obispo Odo.

Cada división estaba compuesta de tres filas. Primero estaban los arqueros, luego la infantería y después la caballería. La caballería iba provista de jabalinas, espadas, hachas y mazas. Los soldados de infantería iban armados con lanzas y jabalinas, así como con espadas. Y, por supuesto, armaron a los arqueros con arcos, y cada uno disponía de una aljaba completa de flechas.

Harold y los planes de batalla de Guillermo

El plan de batalla de Harold era resistir al ejército de Guillermo desde una posición ventajosa, pues sus hombres estaban a más altura que el ejército invasor, y además contaba con una oportunidad al contraataque con sus tropas.

Guillermo planeó un ataque coordinado. Comenzaría con los arqueros, que enviarían una lluvia de flechas sobre el ejército inglés. Después, la infantería pasaría a través de las filas de los arqueros enemigos y entraría en un combate mano a mano con el ejército inglés. Entonces se situarían detrás de los arqueros y la caballería entraría por delante. Guillermo pensó que una serie de ataques coordinados, en una sucesión rápida, supondría la eventual derrota del ejército inglés.

A continuación podemos leer un discurso que dijo Guillermo poco antes de morir, aunque es más probable que este discurso fuese inventado por un otra persona.

“Luchas no simplemente por la victoria, sino también por la supervivencia. Si actúas valerosamente, obtendrás la victoria, el honor y riquezas. Si no, te matarán despiadadamente, o bien serás ignominiosamente conducido cautivo en las manos del enemigo. No hay camino para la retirada. En frente, tu avance es bloqueado por un ejército y un campo hostil; detrás de ti, está el mar, en donde se encuentra la flota del enemigo. Los ingleses han caído repetidas veces bajo la espada de un enemigo; a menudo, siendo vencido, han sido sometidos a un yugo extranjero. El valor de algunos hombres armados en una causa justa y protegidos especialmente por el  Cielo debe prevalecer contra un invasor.”

El primer ataque

La batalla comenzó después de las 9 de la mañana del 14 de octubre de 1066, cuando los arqueros de las tres divisiones se trasladaron a unas 100 yardas del ejército inglés y enviaron sus flechas directamente en el muro protector, causando algunas muertes entre los ingleses. Los arqueros se movieron adelante para asaltar el muro protector y luchar mano a mano. Después, la caballería realizó su primer ataque del día, pero el resultado fue bastante negativo. Este primer ataque casi terminó en desastre para Guillermo. Hubo un gran número de bajas, lo cual estuvo a punto de generar el pánico en su ejército.

Los bretones, en la división izquierda, habían alcanzado al ejército inglés bien por el centro y por la derecha, aunque fueron repelidos ferozmente por sus adversarios. Fueron seguidos por los arqueros, los soldados de infantería y los caballeros. Así, la división bretona se había desintegrado completamente. El hecho de ver a los bretones caer de esa manera provocó que el ejército inglés se lanzara contra el ejército de Guillermo, especialmente contra sus dos divisiones que aún permanecían en pie, la centra y la de la derecha. Una vez restaurado el orden dentro de la división normanda, Guillermo ordenó rápidamente a sus caballeros atacar el flanco expuesto del ejército inglés, aplastándolo con facilidad.

En ese momento hubo una pausa en la batalla. Durante esta pausa, Guillermo fijó su atención a reagrupar la división bretona. Esta división era la menos experimentada de sus tropas, lo cual explica porqué huyó después de la primera incursión del ejército inglés. Guillermo insistió al comandante de la división para que, durante los siguientes ataques, su división permaneciese en línea con la división central durante el avance. Esta cohesión entre las dos divisiones serviría para proteger a la división bretona.

Harold aprovechó la calma para impedir que sus hombres cometieran un acto tan temerario otra vez. Movieron a los muertos ingleses a la parte trasera de la pared protectora y los vacíos fueron rellenados por tropas más experimentadas. Los muertos y heridos del ejército de Guillermo que estaban dentro de la pared protectora fueron colcados delante de ella para proporcionar un obstáculo más.

El segundo ataque

Guillermo comenzó el segundo día atacando un poco antes que el día anterior. Era una repetición del primer ataque; primeros, los arqueros encendieron sus flechas y las lanzaron contra la pared protectora; luego, los soldados de infantería avanzaron por la colina para luchar mano a mano contra el ejército inglés; después, la caballería, en un intento por romper la pared con su peso. Esta vez, sin embargo, la división bretona no retrocedió y el ataque salió tal y como estaba previsto. Guillermo mantuvo este ritmo toda la tarde. Los ataques repetidos causaban una gran cantidad de muertes entre sus hombres, pero él podía ver claramente que la línea inglesa se debilitaba y que sería solamente una cuestión de tiempo antes de que finalmente se crease un hueco y ganara la batalla. A medida que avanzaba el día, los combatientes se iban agotando. La única esperanza de Harold era la llegada del anochecer, aproximadamente a las 6 de la tarde, o la inutilidad de Guillermo a la hora de continuar la batalla debido a las pérdidas de su ejército.

El último asalto

Guillermo tenía una idea que quería probar, pues pensaba que sería el golpe definitivo. En vez de ordenar a sus arqueros que atacasen el muro defensivo del ejército rival, que había tenido poco éxito, ordenó apuntar muy arriba de modo que sus flechas formaran arcos sobre el muro defensivo y penetrasen entre las filas traseras. Esto provocó que el ejército de Harold tuviese muchas bajas. El muro defensivo empezó a caer y los hombres del ejército de Harold comenzaron a huir del campo de batalla. Aproximadamente a las 5 de la tarde, los caballeros normandos pasaron a través de las defensas inglesas, llegando hasta el puesto de mando de Harold y matándole. La muerte de Harold provocó la victoria de Guillermo.

La batalla de Maraton.

Primeros días de septiembre del 490 a.C. Un gran ejército persa, al mando de los generales Datis y Artafernes, desembarca en la bahía de Maratón, a 32 kms al nordeste de Atenas. Tienen un encargo muy concreto del rey Darío: conquistar la ciudad griega y volver con sus habitantes cargados de cadenas.
Los atenienses, viendo invadido su territorio, se dirigen a la llanura de Maratón con el grueso de su ejército y ocupan posiciones seguras. Ninguna otra ciudad-estado de Hélade se une a ellos para conjurar la amenaza asiática, con la sola excepción de Platea (Beocia). Ni siquiera la belicosa Esparta responde a la petición de ayuda de Atenas. Están verdaderamente solos ante el peligro. Ellos serán los únicos griegos que acabarán enfrentándose al invasor.
Aquél no era únicamente un choque entre dos ejércitos, sino también entre dos mundos antagónicos. Los bárbaros, como calificaban los griegos a los persas, frente a la democracia, Oriente frente a Occidente. El imperio persa era, entonces, la mayor potencia de Asia. Su creciente expansionismo amenazaba los intereses económicos y también la seguridad de los pueblos helenos. Grecia se encontraba en el centro de una enorme tenaza: las tropas persas dominaban el sur, tras la conquista de Egipto; el norte, tras la ocupación de Macedonia; y el este, al controlar la costa de Asia Menor y la ruta del Mar Negro. Habían ido cayendo distintas islas del Egeo y solo faltaba que los persas atacaran Atenas. Su superioridad militar era manifiesta. Darío disponía de una flota poderosa y lo que podríamos llamar “infantería de marina” para desembarcar y entrar inmediatamente en acción. Eran más numerosos que los atenientes (70.000 hombres transportados en 300 trirremes frente a solo 10.000) y contaban con su temible unidad de elite, los llamados inmortales.
Los primeros días, ambos ejércitos se dedicaron a reconocer el terreno. En las filas atenienses, las opiniones de los 10 generales que compartían el mando (y lo ejercían de forma rotatoria) se hallaban divididas entre quienes eran partidarios de aguardar acontecimientos y quienes propugnaban la acción inmediata. Milcíades, el más influyente de estos últimos, presionó al polemarco (o generalísimo), Calímaco, para que rompiese el desempate a favor de su propuesta de actuar cuanto antes. Lo consiguió con un argumento convincente: “Queda en tus manos, Calímaco, condenar Atenas a la esclavitud o liberarla…”. El jefe supermo votó entonces a favor del ataque inmediato.
El día que le correspondía a Milcíades el mando rotatorio de las tropas, ordenó al ejército que formara al alba en orden de batalla, procurando presentar un frente de una logintud similar al del ejército persa (unos 1.500 metros). Esto tenía un serio inconveniente: el centro de las fuerzas atenienses quedaba debilitado, pero a cambio le daba la posibilidad con los fortalecidos flancos. Es decir, que esa estrategia convertía al ejército heleno en los más parecido a un cangrejo de pinzas largas y poderosas. El truco estaba en saber moverlas para atrapar a los persas.
Pero los atenienses se enfretaban a dos dificultados adicionales: la caballería persa, que podía desbaratar cualquier ataque griego; y el papel de los arqueros, cuya lluvia de flechas podía impedir el avance ateniense. Milcíades aprovechó un momento en el que los jinetes de Darío aún no estaban presentes en la formación enemiga para lanzar su ataque. Respecto al riesgo de la lluvia de flechas, Milcíades optó por una decisión casi suicida: ordenó a sus infantes que avanzaran a paso rápido contra los persas para hacer a continuación una carga a la carrera, con lo cual reducía el tiempo en el que la falange griega servía de blanco a los arqueros persas.
Los infantes iniciaron el trote en dirección a las fuerzas enemigas. Los atenienses cubrieron en poco tiempo los dos kilómetros y medio que les separaba de la muralla de los soldados persas y el choque frontal fue especialmente violento. La debilidad del centro griego pronto se tradujo, tal y como estaba previsto, en su desmoronamiento; los persas iniciaron la persecución de los helenos y, en ese momento, las alas griegas, mucho más compactas, consiguieron imponerse a los flancos de Darío, iniciando así una maniobra envolvente sobre ellos y obligando a sus integrantes a una alocada huída hasta sus naves. La estrategia del cangrejo había funcionado.
Acto seguido, los atenienses fueron cerrando el cerco sobre el centro del ejército persa, que, sorprendido en una posición desfavorable (es decir, por los flancos y la retaguardia), fue duramente castigado antes de darse a la fuga. Perseguidos por los griegos, los persas sucumbieron a miles en las marismas que bordeaban la llanura de Maratón. Especialmente angustioso fue el reembarque en sus naves. Los griegos se hicieron con 7 barcos y dieron muerte a numerosos persas que trataban de llegar al resto de la flota.
Aquélla fue la primera gran derrota persa, que los escritores griegos se encargaron de magnificar, y supuso el principio del fin de la hegemonía asiática sobre el Mar Egeo.
Según los historiadores griegos, las bajas del ejército persa sumaron 6.400 hombres al menos, cuyos restos, despojados de todo objeto de valor, fueron enterrados en fosas comunes. Los atenienses perdieron menos de 200 hombres, entre ellos al polemarco Calímaco y al menos a uno de sus generales. Sus restos fueron enterrados en el campo de batalla y todavía hoy se yergue en el mismo lugar el túmulo que sus compatriotas construyeron sobre su tumba para celebrar su gloria.