Viaje a Japón, julio de 2005. Día 7 y 8. Compras y vuelta.

El último día que realmente iba a pasar en Tokio lo dediqué a las compras. Para ello, no había mejor sitio que Akihabara, aunque esta vez fuimos directamente en tren, sin hacer parada antes e ir andando después. Yo tenía cosas que comprar, especialmente para mis hermanos y para mí. Además, algunos compañeros del trabajo me habían pedido alguna cosa pero solo si los precios eran realmente más bajos que en España, cosa que no fue así. Lo que sí tenía como encargo especial era una PSP, que por aquel entonces ya se vendía en Japón pero que aún tardaría 2 meses en salir en España. El caso es que yo me compré una camiseta donde ponía, en japonés e inglés, la palabra “Tokyo”, a mi hermano le compré una campana para la puerta hecha en bronce, a mi hermana pequeña le compré una especie de poster hecho con tela y con el dibujo de un pájaro, y a mi hermana mayor un juego de vasitos de té con decoraciones japonesas. Luego nos fuimos a Shinjuku, donde había algún centro comercial y donde Fernando había quedado con su amigo y otros japoneses para irse el fin de semana al monte Fuji, lo cual quería decir que la tarde del sábado y el viaje de vuelta al aeropuerto lo haría solo. Aproveché esa tarde para comprar la PSP, con un inglés más que correcto e interesado, principalmente, en si dicha consola podía manejarse en español, algo que comprobé que sí era posible, y luego me fui al hotel para preparar la maleta.
Akihabara Shinjuku

Al día siguiente, ya domingo, me fui por la mañana bien prontito hacia el aeropuerto de Narita usando el tren, y pensando que me quedaba en la estación donde tenía que cambiar de tren para llegar al aeropuerto, en Nishinippori, porque no conseguía pasar por la máquina que me permitía hacer el cambio de línea, y es que al final logré aclararme con un señor japonés que hablaba un poco de inglés y me dijo que tenía que pasar las dos tarjetas que había comprado previamente al mismo tiempo por el torno. Lo demás no tuvo mucha más historia, aunque la última media hora de vuelo entre Tokio y París la hice en clase business porque el vuelo iba con retraso y tenía que darme tiempo (a mí y a otros pasajeros, aunque yo era el único que volaba a Madrid) a coger la conexión. El problema fue que la maleta no llegó a tiempo y la enviaron a casa gratuitamente al día siguiente.

Viaje a Japón, julio de 2005. Día 6. Yokohama.

Más allá de Tokio, hay muchas otras cosas que ver, aunque como excursión de un día no hay tanto donde elegir. Decidimos ir a Yokohama (al sur de Tokio) porque se tardan unos 45 minutos en tren y porque hay unas cuantas cosas para ver. La estación de tren de esta ciudad que, por hacer una analogía, es como si fuéramos desde Madrid hasta Móstoles, se encuentra situada al norte. Para encontrar las zonas más turísticas de la ciudad, debemos dirigirnos al sur, hacia el barrio de Minatomirai, que podría considerarse como el distrito financiero de Yokohama. No hay grandes edificios salvo uno, que ostenta hasta el momento el récord de altura de Japón: la torre Landamark. Destaca por sus 295 metros y sus 70 plantas, y cuenta con un mirador (previo pago) en la planta 69, desde donde se puede observar en un día despejado el monte Fuji.


Minatomirai Torre Landmark 
En uno de los lados de la torre podemos encontrar una pequeña zona comercial, por la que uno puede darse una vuelta, y ver desde un pequeño muelle una de las norias más grandes del mundo. Pero sin duda alguna, lo más atractivo de la ciudad se encuentra dentro del barrio chino, que lo podemos encontrar en Yamashitacho. Lo más destacable de esta parte de la ciudad son las múltiples puertas que hay para acceder al barrio, todas parecen sacadas de la mismísima China, aunque cada una tiene su nombre y sus características particulares. La primera puerta que tuvimos la oportunidad de ver y cruzar fue la puerta de Choyo-mon, que como no puedo saber los nombres de las calles donde se localiza, pongo este enlace que lleva a Google Maps para que la gente pueda saber dónde se encuentra. Nosotros encontramos más de 5 puertas, y es posible que hubiese más por alguna parte, pues es una zona no demasiado grande pero con calles muy angostas y donde es fácil perderse si uno no va con un mapa o medianamente orientado. Encontramos, además, un templo chino, que a mí me pareció mucho más bonito que cualquiera de los templos japoneses que habíamos visto en Tokio. El motivo, básicamente, era la ornamentación, con mucho dorado en los techos, menos sobrio, menos frío.


Choyo-monTencho-monDori-monTemplo chinoZenrin-monEnpei-mon

Una vez salimos del barrio chino, nos dimos una pequeña vuelta más al sur, por donde había unas calles con muchas tiendas, con un marcado estilo occidental (incluso vimos una tienda de Zara que estaba en construcción), y luego nos volvimos de nuevo a la estación de tren, haciendo antes una breve parada en el parque Yamashita y llegando nuevamente a Minatomirai.


Yamashita parkTorre Landmark

Viaje a Japón, julio de 2005. Día 5. Tokio, Ginza y Roppongi.

Cuarto día del viaje y cuarto día de largas caminatas por Tokio. Ese día había vuelto a quedar con Fernando en la estación de Ikebukuro para coger la línea yamanote y hacer para, nuevamente, en Ueno. Lo primero que fuimos a ver es un mercadillo que se encuentra pegado al puente que lleva las vías del tren de la línea verde y que, llegado un momento, se bifurca. Para encontrarlo, lo que hicimos fue sencillo. Saliendo de la estación de tren, tenemos que coger Chuo Dori y dirigirnos al paso que hay bajo las vías del tren. Justo al pasar el túnel, a nuestra izquierda, encontraremos el inicio del mercadillo de Ueno, que termina cuando se cruza con Kasuga Dori. Como en tantos otros mercadillos, aquí se puede encontrar casi de todo, aunque yo no compré nada y tan solo hice algunas fotos, me pareció un lugar curioso. Anduvimos hasta llegar al final del mismo y, ya en Kasuga Dori, giramos a la derecha y llegamos rápidamente a Chuo Dori.
Mercadillo en Ueno

Nuestro próximo objetivo era llegar hasta la estación de tren de Tokio y los jardines del Palacio Imperial de Japón. Hicimos una nueva caminata hasta Yasukuni Dori y desde ahí nos dirigimos hacia Sotobori Dori, una calle que desembocaba en el barrio de Tokio. Lo primero que uno va viendo a medida que se acerca a dicho barrio es la mejora en la calidad de vida, y eso se ve especialmente en los edificios y en los coches. Pasamos de unos edificios bajos a unos rascacielos de cierta altura; pasamos de unos coches normales a unos coches de lujo. Además, al llegar a la estación de trenes de Tokio, parece que uno ha viajado rápidamente en el tiempo y que se encuentra en Europa, pues según parece, dicha estación fue construida tomando como ejemplo la estación de trenes que hay en Amsterdam, la cual no he tenido la oportunidad de visitar, aunque viendo las fotos es posible que tenga un aire.


Estación de Tokio y alrededores

Justo delante de la estación ya se pueden ver los jardines pertenecientes al Palacio Imperial de Japón, también llamado Kokyo. Es la residencia del emperador y de su familia y destaca por sus fosos, sus murallas de piedra y alguna garita blindada de policía.


Palacio imperial

De los exteriores del Palacio Imperial nos dirigimos hasta Uchibori Dori, y andando por esa calle llegamos hasta la zona próxima de Ginza, ya en la calle Harumi Dori. Cabe destacar un par de cosas que se pueden ver en la zona. La primera, es el edificio que tiene Sony en el cruce de Harumi Dori con Sotobori Dori, al cual se puede acceder de manera totalmente gratuita y donde se pueden ver (y probar y comprar) las últimas novedades de la compañía nipona. Los precios, nuevamente, no son excesivamente económicos, pero sí es seguro que se pueden comprar cosas que acaban de salir en Japón y que tardarán meses en llegar a las tiendas de Europa. La segunda, pero avanzando algo más por la citada Harumi Dori, es el Kabuki-za, un teatro fundado en 1899 aunque el edificio actual data de 1949. Los actores solo son varones y dista mucho del teatro que se pueda ver por aquí. Además, hay que pagar (y no poco) por entrar a ver una representación, que son por las tardes y por las noches.

Ginza Kabuki-za

Nuestro próximo destino era la Torre de Tokio. Para ir hasta allí andando, desde el Kabuki-za fuimos por Showa Dori hasta Daiichi-Keihin, y cogimos esa calle en dirección Onarimon, una estación de metro. Luego fuimos por Hibiya Dori hasta llegar al templo de Zojo-ji, situado junto a la Torre de Tokio.


Zojo-ji

A escasos metros de ahí, pudimos ir hasta la Torre de Tokio y verla desde abajo, pues sus 333 metros de altura ofrecen muchas cosas, incluso un mirador, pero en este caso hay que pagar y ya habíamos tenido buenas vistas desde el Ayuntamiento.


Torre de Tokio

Desde ahí fuimos por la Gaien Higashi Dori hasta llegar a Roppongi, donde se encuentra el edificio de Roppongi Hills, una torre de 238 metros de altura que cuenta con muchas atracciones, especialmente el centro comercial que hay en la parte baja.


Roppongi Hills

Y desde allí, ya para volver de nuevo al hotel, fuimos hasta Shibuya para coger el tren hasta Ikebukuro.

Viaje a Japón, julio de 2005. Día 4. Akihabara y Asakusa.

El tercer día en Tokio iba a tener un componente añadido muy interesante, y es que ese día iba a pasar por la ciudad un tifón de no mucha fuerza, pero un tifón al fin y al cabo. Así que, después de dormir otras 12 horas, algo poco frecuente en mí, me fui hasta la estación de tren de Ikebukuro porque esta vez habíamos quedado ahí para irnos hasta el barrio de Akihabara. Una de las cosas que aprendí del sistema nipón es que se paga por tramo, es decir, que uno paga una tarifa base por usar el tren y que, al salir de la estación donde se haya parado, pagará al salir una cantidad u otra. La distancia recorrida, según este sistema, sí es importante. Lo cual quiere decir que, por ejemplo, es más caro ir desde Ikebukuro hasta Akihabara que ir desde Ikebukuro hasta Nippori. Y otra cosa que aprendí es que yamanote significa verde, y es que la línea circular de tren que pasa por las principales zonas de Tokio es la línea yamanotePara llegar hasta allí, decidimos hacer la parada en Ueno, un poco antes de Akihabara, y desde allí fuimos andando hasta nuestro destino. El barrio de Akihabara se encuentra relativamente cerca del palacio imperial y lo que se considera como el centro de la ciudad de Tokio. Es conocido por ser el barrio “tecnológico” de la ciudad, y es que allí podemos encontrar cientos de tiendas dedicadas a la venta de aparatos de electrónica de todo tipo. Los precios no es que sean muy bajos en comparación con lo que vemos en Europa, aunque obviamente todo depende de cómo esté el cambio cuando uno va al país. Sin embargo, allí es posible regatear. Se pueden ver desde las tiendas más pequeñitas repletas de artilugios que, tal vez, nunca llegaremos a ver en España, hasta todo un edificio de varias plantas ocupado por una misma tienda que vende desde calculadoras hasta camisetas, pasando por frigoríficos, aspiradoras y abanicos típicos de Japón. Yo debo confesar que ese día no caí en la tentación, pues era el tercer día y todavía quedaban muchos más por delante, pero apetecía mucho comprar y comprar, la verdad es que todo entra por los ojos y uno no debe dejarse llevar.


Akihabara

La calle donde podemos encontrar la mayoría de tiendas es Chuo Dori, que es desde donde están tomadas estas fotos y que queda a la derecha de la estación si llegamos desde Ikebukuro. La calle que está a la izquierda de la estación, llamda Showa Dori, se queda más al margen porque está “invadida” por una autopista que pasa justo por encima. Por lo tanto, el objetivo del visitante es centrarse en esa calle, entrar en las tiendas, ver, curiosear, preguntar (en inglés, si hay suerte) y comprar si uno gusta.

Con el tiempo ya algo más revuelto por culpa del mencionado tifón, nos fuimos andando, una vez más, en dirección al río Sumida, en la zona de Asakusa. Llegamos hasta Edo Dori y giramos a la izquierda, yendo en paralelo al río y acercándonos a nuestro próximo destino, que era el templo de Senso-ji. Antes de llegar ahí, tuvimos la suerte (porque no lo íbamos buscando) de encontrar las oficinas centrales de Bandai (¡¡qué guay!!), y no pudimos evitar hacernos algunas fotos con los muñecos que tenían en la calle (estaban todos enteros, ni rotos ni pintados con grafitis ni nada por el estilo, son bastante respetuosos, no como aquí). ¿Cómo llegar a ese edificio? Está en Edo Dori con una calle pequeña cuyo nombre no puedo saber porque en Google Maps viene en japonés. Así que dejo el enlace aquí y quien quiera ir, que mire bien cómo llegar.


Doraemon y yo

Bajando un poco más por Edo Dori, nos encontramos un puente que atravesaba el río Sumida y que nos ofrecía unas vistas de la otra orilla, donde se puede ver un edificio curioso, el llamado Asahi Super Dry Hall, que no es otra cosa que la central de la empresa líder en Japón de producción de cerveza, y aunque Fernando se empeñase en decir que eso era un ñordo, se trata de una llama… aunque parece un ñordo. Ya sabemos cómo va esto de la arquitectura en algunas ocasiones: hay que innovar.


Río Sumida Super Dry Hall

Desde ese puente, y sin abandonar la orilla en la que estábamos, nos dirigimos por una calle pequeñita y diferente a Edo Dori hasta la entrada al templo de Senso-ji. Una de las cosas que llaman la atención antes de llegar al templo es que hay un camino rodeado de tiendas, a modo de mercadillo, donde uno puede comprar casi de todo (siempre pensando en el turista, claro está). Fue también curioso que la foto que nos hicimos junto a la entrada fuera tomada por un señor español que estaba hablando con otro señor español justo a nuestro lado, y es que no es fácil encontrar occidentales por allí y mucho menos españoles.


Entrada a Senso-ji Mercadillo

 


Tras atravesar el mercadillo y comprar alguna cosilla (recuerdo haber comprado un imán para mi madre, porque tiene la nevera repleta), llegamos a la entrada propiamente dicha del templo. A mí la verdad es que me pareció impresionante, sobre todo la pagoda que se puede ver a la izquierda, y esa combinación de colores, rojo y negro, con algunos techos en verde, también me gustó mucho. Nuevamente, repetimos el ritual de lavarnos las manos para purificarnos, y nos acercamos al edificio central del templo. El conjunto era realmente precioso, merece la pena visitarlo si a uno le gustan estas cosas, aunque yo creo que es cuestión de cultura visitar estos templos.


Templo de Senso-ji

Luego, y siempre a pie, fuimos hasta la estación de tren de Ueno y seguimos avanzando, en dirección a Kasuga Dori, que nos permitió pasar muy cerca del Tokyo Dome y ver una curiosa montaña rusa.



Y aunque siempre me ha parecido increíble, anduvimos durante horas hasta llegar a Ikebukuro, donde yo cogería el camino al albergue y Fernando se iría en tren hasta Saitama.

Viaje a Japón, julio de 2005. Días 1, 2 y 3. Shinjuku y Shibuya.

Ya se sabe que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, muchas veces hay que aprovechar las circunstancias para hacer cosas que no nos hemos planteado con anterioridad. Y eso fue lo que, en gran medida, sucedió con este viaje, pues Japón siempre me había llamado la atención pero tampoco como para hacer un viaje hasta allí. ¿Y qué circunstancias aproveché? Pues que mi amigo Fernando se encontraba haciendo un curso de 3 semanas de japonés, ese idioma tan complejo y que, al final, ha terminado por no aprender. En cualquier caso, fui allí durante 9 días, los que van desde un sábado hasta un domingo con toda su semana, pero teniendo en cuenta que en la ida se pierde un día y en la vuelta, prácticamente otro.

Así pues, el primer día lo empleé, básicamente, en ir de Madrid a París en avión, hacer una escala de un par de horas y volar desde ahí a Tokio. Saliendo sobre las 2 de la tarde, lo normal es llegar unas 24 horas más tarde, aunque el viaje en sí dura unas 15 horas: 2 horas de Madrid a París, 2 horas de escala y 11 horas de París a Tokio. Se hace algo pesado y tedioso, sobre todo teniendo en cuenta que JAL (Japan Airlines) apenas cuenta con clientes de habla hispana, o eso parece, pues las películas estaban en inglés o japonés, en chino con subtítulso en inglés o incluso en portugués (Constantine la vi en inglés y portugués, vaya). Ese tipo de experiencias son las que me han hecho replantearme cómo hacer los viajes, con qué tipo de tecnología viajar para hacerlos más amenos, y una consola es uno de esos aparatos. En cualquier caso, saliendo un sábado de Madrid, llegué un domingo a Tokio, al aeropuerto de Narita, que no está precisamente cerca de la ciudad (a unos 60 kms). Por suerte, y para evitar sorpresas, allí me estaba esperando Fernando, pues aunque el sistema de transportes japonés no sea excesivamente complicado, pues todo está en japonés e inglés, es preferible no arriesgar en la primera ocasión. Mi alojamiento estaba en el barrio de Ikebukuro, concretamente en este riokan, y es que Fernando se alojaba en casa de un amigo español a las afuertas de Tokio (en Saitama, concretamente) y yo no cabía. En cualquier caso, no podía quejarme porque el alojamiento estaba bien en cuanto a calidad, precio y situación. Así que fuimos al riokan, yo dejé mis cosas, con algo de desorientación temporal (el llamado jet lag) y nos fuimos a ver un poco la zona y a cenar, pues allí los horarios son algo diferentes a los españoles y, además, habíamos quedado con el amigo de Fernando y con un matrimonio japonés que, al parecer, se sentían atraídos por la cultura española. Yo no me negué, pero para mí había sido un día muy largo, así que aguanté lo mejor que pude en la postura tradicional japonesa para comer, es decir, sentado en el suelo, y luego me fui a dormir, no sin antes hacer alguna foto nocturna del lugar.

Ikebukuro
Ikebukuro 
Después de dormir 12 horas, distribuidas en dos tandas de 6 horas cada una (estos cambios horarios me afectan así), me levanté con ganas de ver la ciudad. Para eso, quedé con Fernando cerca de la escuela donde estudiaba español, que por suerte estaba cerca de la estación de tren de Ikebukuro, que a su vez quedaba cerca del riokan donde yo estaba alojado. Es decir, tenía que andar unos 15 minutos. El problema que me encontré y que no me esperaba (esta vez la vestimenta era la adecuada) fue el calor y, sobre todo, la terrible humedad de Tokio. Con razón entendí que hubiera tantas máquinas expendedoras de bebida en la calle, y es que uno se deshidrata fácilmente caminando por esa ciudad en verano. Además de ducharme 2 veces al día, una por la mañana y otra por la noche, yo hice el cálculo y creo que bebía unos 6-7 litros al día de agua, Coca Cola, Aquarius o cualquier cosa que se pudiese beber. El caso es que yo tenía que subir por Meiji Dori para llegar al cruce de calles en el que me esperaba Fernando. No sin cierto miedo, pues es una ciudad complicada por el idioma, avancé por esa calle y no tuve problema alguno en encontrarle, lo cual fue un alivio. La idea, como siempre, era ver la ciudad andando, porque es imposible ver nada si uno va en el metro. Y eso fue lo que hicimos, ir por Meiji Dori hasta el cruce con Koshu-kaido, muy cerca de la estación de tren de Shinjuku. Un poco antes, tuvimos oportunidad de ver un templo, el Hanazono jinja, bastante sencillo pero muy bonito en conjunto.

Hanazono jinja
Hanazono jinja

Una vez en Koshu-kaido, avanzamos por la calle y pasamos por encima de las vías del tren. Me llamó la atención que, justo ahí, encima de las vías, habían construido un centro comercial bastante grande, no me parecía la zona más adecuada, pero estaba lleno de gente. Ya en el otro lado, y para llegar al edificio del Ayuntamiento (también conocido como Tocho, jajajaja, y me río porque mide 243 metros de altura), hicimos un primer giro a la derecha y acto seguido un giro a la izquierda para tener la siguiente vista:


Ayuntamiento de Tokio

Esa zona de Tokio se caracteriza por sus edificios, la gran mayoría son oficinas ubicadas en grandes rascacielos. Lo peculiar del Ayuntamiento de Tokio, y la principal causa de la visita, fue que en la parte superior se encontraba un observatorio de acceso gratuito y desde el cual las vistas eran, sencillamente, espectaculares.



Desde el Ayuntamiento bajamos hasta Koshu-kaido y fuimos hasta Yoyogi por una calle que iba paralela a las vías del tren. Allí nos encontramos con uno de esos lugares que terminan resultando tan típicos gracias a las películas, y es un paso de peatones múltiple, por calificarlo de alguna manera, y que yo al menos no conozco en España.


Yoyogi

Nuestro siguiente objetivo era el parque Yoyogi, al cual pudimos acceder desde un punto cercano a la estación de Harajuku (hara, campo; juku, posada), que es el nombre de la zona donde se encuentra dicho parque, y en el cual cabe destacar el Meiji-jingu shrine, que es un templo sintoísta reconstruido en 1958 y que cada año visitan más de 3 millones de personas. Eso sí, antes de llegar a él, hay que atravesar una parte del parque y la puerta de Ichi-no-torii, realizada con cipreses de 1.700 años de antigüedad.


Ichi-no-torii

Tras andar un pequeño rato, llegamos a las puertas del templo, donde uno puede seguir las tradiciones o no, pero siempre con respeto. Eso me recuerda un episodio algo grotesco que sucedió en 2007 cuando yo trabaja en Rumbo, la agencia de viajes. Resulta que en la cena de empresa, allá por noviembre, fuimos a Sevilla y, antes de eso, al Rocío, el famoso pueblo. Camino del mismo, y en el autobús, el director general de la empresa, un rufián de cuyo nombre no quiero acordarme, y andaluz de pro, dijo por la megafonía las siguientes palabras (más o menos): “Si entráis en la ermita de la Virgen del Rocío, sed respetuosos porque allí son un poco talibanes”. Yo pensé inmediatamente en la visita que realicé 2 años a Japón, y sobre todo recordé cómo entré en el templo de Meiji-jingu, porque antes de acceder al templo propiamente dicho, a ambos lados hay unas pilas llenas de agua y con varios cazos colgando a disposición del público para que, quien lo desee, se limpie las manos y con ello purifique su alma. Yo no recuerdo tener a nadie a mi lado que me dijera que fuera respetuoso con las costumbres religiosas de los demás y menos aún en esos términos tan despectivos. Sin embargo, a sabiendas de que la mayoría de la gente que me rodeaba no había pisado un suelo sagrado en su vida, entendí que el aviso dado por dicho personaje tenía su fundamento.


Meiji-jingu shrine

Ya para terminar el día, porque estaba anocheciendo y había que volver, fuimos hasta la zona de Shibuya, un poco más al sur de Harajuku y nos dimos una vuelta por la zona, que como se puede ver en las fotos, estaba llena de gente y los edificios cubiertos de luces de neón y anuncios. Una de las cosas más peculiares que se pueden encontrar en esta zona es la estatua dedicada a Hachiko, un perro akita de pedigrí que acompañaba a su dueño todos los días a la estación de tren y allí lo esperaba a su regreso, pues era profesor de universidad. Sin embargo, un día su dueño sufrió un infarto mientras impartía clase y murió. A pesar de ello, y a pesar de que la familia del profesor se hizo cargo del perro, todos los días acudía a la estación de Shibuya a esperar a su amo. Esa historia de lealtad, que ya le gustaría a cualquier ser humano, fue traducida con una estatua hecha en bronce e inagurada con Hachiko aún vivo. Actualmente, el cuerpo disecado del perro se exhibe en el Museo Nacional de la Ciencia de Tokio.


Shibuya
Hachiko y yo